La coyuntura internacional de diciembre de 2025 revela un sistema internacional que avanza hacia una multipolaridad inestable, donde las potencias compiten por influencia estratégica, control tecnológico, poder militar y legitimidad simbólica. No existe un nuevo orden definido, sino un proceso de transición marcado por tensiones, reacomodos y el resurgimiento de lógicas propias de la Guerra Fría.

Estados Unidos, con la nueva Estrategia Nacional de Seguridad presentada por Donald Trump, adopta un enfoque basado en la “fortaleza nacional”: fronteras más cerradas, proteccionismo económico, control de tecnologías clave y un discurso de soberanía que se utiliza para justificar mayor presencia militar en su esfera de influencia. Esta estrategia reinterpreta la antigua doctrina Monroe, priorizando el control del hemisferio occidental y profundizando la confrontación con Europa y potencias rivales. Más que promover un orden multilateral, Washington busca reafirmar su liderazgo mediante un nacionalismo económico agresivo y una securitización ampliada que abarca migración, comercio y energía.

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En este marco, Venezuela se convierte nuevamente en un foco crítico. Tras la muerte del opositor Alfredo Díaz en prisión, Estados Unidos endurece sus denuncias contra el gobierno de Maduro, mientras mantiene un despliegue sostenido del Comando Sur en el Caribe. Sin embargo, pese a las presiones, una intervención militar directa resulta políticamente improbable: existe resistencia en el Congreso estadounidense, la presencia de alianzas disuasivas entre Caracas y potencias como Rusia, Irán y China altera el cálculo de costos, y un conflicto generaría una crisis migratoria y humanitaria de gran escala. En paralelo, la oposición venezolana muestra fracturas, con figuras como María Corina Machado apelando a respaldos externos y promoviendo una transición que desplaza los mecanismos institucionales tradicionales.

Rusia, por su parte, ha convertido las sanciones occidentales en un motor para su política de autosuficiencia. Con una economía de guerra orientada al control estatal, una fuerte industria militar y profundos vínculos con el Sur Global, Moscú ha logrado capear el aislamiento. Su anuncio de atraer entre 5 y 10 millones de inmigrantes para sostener su crecimiento industrial es reflejo de una estrategia de largo plazo que combina demografía, tecnología y geopolítica. De manera simultánea, la guerra en Ucrania se acerca a un punto de inflexión: la posible firma de un acuerdo de paz que implicaría la anexión rusa de amplios territorios representa una victoria estratégica para el Kremlin y una derrota diplomática para Europa, que enfrenta desgaste económico y falta de autonomía militar.

Mientras tanto, China consolida su presencia global mediante una diplomacia económica robusta. Los anuncios de más de 9.200 millones de dólares en créditos, cooperación tecnológica y proyectos de infraestructura a través de la China – CELAC demuestran que Pekín ha logrado posicionarse como un socio alternativo al FMI y al Banco Mundial. Su apuesta por sectores estratégicos —como energía, telecomunicaciones, ciberseguridad e inteligencia artificial— refuerza su influencia en América Latina y profundiza la competencia geopolítica con Estados Unidos. Además, su capacidad interna al sacar a 800 millones de personas de la pobreza extrema, sostiene una narrativa de éxito que fortalece su liderazgo en el Sur Global.

Un elemento distintivo de esta coyuntura es la creciente convergencia entre política internacional y legitimación simbólica. La entrega del “Premio de la Paz” de la FIFA a Donald Trump no responde a logros diplomáticos, sino a un intercambio de capital político entre la organización deportiva y el gobierno anfitrión del Mundial 2026. Este gesto refleja la transformación de la diplomacia: ya no se juega solo en cancillerías, sino también en ceremonias globales, plataformas mediáticas y espacios de entretenimiento que moldean percepciones y construyen liderazgo.

En conjunto, todos estos fenómenos muestran un mundo sin anclas claras, donde las viejas hegemonías se deterioran pero las nuevas aún no se consolidan. Las potencias utilizan herramientas híbridas —militares, económicas, tecnológicas y narrativas— para avanzar sus intereses en un escenario marcado por el conflicto prolongado, la competencia por recursos críticos y el reposicionamiento geopolítico. América Latina vuelve a convertirse en terreno de disputa, no como actor autónomo sino como espacio estratégico para proyectos de alcance global.

El resultado es un orden internacional más volátil, más fragmentado y profundamente incierto, en el que la disputa por esferas de influencia y la lucha por el control de tecnologías y recursos condicionará las decisiones globales durante los próximos años. Imagen (iStock)

Artículo firmado por Héctor Rodríguez Chávez, asambleísta

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