En la actualidad, la realidad objetiva ha dejado de tener valor por sí misma; es negada, desmentida o simplemente ignorada. Los hechos importan cada vez menos. Lo decisivo ya no es lo que ocurre, sino el relato que logra imponerse. Cuando la realidad contradice el relato, no se modifica esa versión para ajustarlo a los hechos; son los hechos los que se reinterpretan, se ocultan o se niegan.  Existe una presión permanente para aferrarse a determinados relatos hasta sustituir la realidad por una versión políticamente útil.

El fenómeno no es nuevo. En 1928, el político y escritor británico Arthur Ponsonby reprodujo, como epígrafe de su libro Falsehood in War-Time, la frase «Cuando se declara la guerra, la verdad es la primera víctima». En esa obra analizó los mecanismos de la propaganda utilizados durante la Primera Guerra Mundial.

En 1929, durante el debate en el Senado de Estados Unidos sobre la entrada en vigor del Pacto Kellogg-Briand, un tratado que proponía renunciar a la guerra como instrumento de política internacional, el senador Hiram Johnson afirmó: «La primera víctima cuando llega la guerra es la verdad».

Lo que sí ha cambiado desde entonces es la capacidad de la propaganda para difundirse de forma masiva y rápida. Los medios de comunicación, las plataformas digitales, las redes sociales y los algoritmos permiten imponer un relato hegemónico con un alcance sin precedentes. El monopolio occidental de las grandes plataformas de información y comunicación reduce el espacio para visiones alternativas. Al mismo tiempo, el deterioro económico del mundo occidental reproduce las condiciones que hicieron posible el ascenso del nazismo en la primera mitad del siglo XX. El relato hegemónico busca presentar a ese bloque como vencedor, aunque la realidad sea otra. Ni siquiera una victoria rusa en el campo de batalla bastará para modificarlo.

Se condena la respuesta o la reacción de Rusia, pero no los ataques contra la población civil por parte de Ucraniani el respaldo político, militar y logístico que recibe de Estados Unidos y de sus aliados europeos. En el caso de Irán, en cambio, Estados Unidos sí participa de manera directa en las acciones militares. El enemigo siempre es el malvado.

Occidente no está preparado para aceptar que una parte importante de la población pueda respaldar a gobiernos que considera enemigos. El caso iraní lo demuestra: la despedida masiva, multitudinaria y cargada de tristeza del ayatolá contradijo la imagen que durante años se había construido.

En el caso de Rusia, las provocaciones buscan empujarla a responder contra la población civil. Necesitan muertos para reforzar la imagen de un enemigo malvado y despiadado. Cada muerte serviría para confirmar el relato previamente construido.

¿Qué pasa? No hay espacio para el sentido común. Occidente abandonó hace tiempo la racionalidad y asistimos a un momento de absurdo colectivo. Cualquier intento de introducir matices o de comprender el conflicto más allá del relato dominante despierta de inmediato sospechas. Proponer un diálogo con Rusia basta para ser acusado de actuar en favor del Kremlin.

El problema va mucho más allá de Ucrania. Lo verdaderamente inquietante es lo que está ocurriendo en Europa. ¿Cómo puede la civilización que, después de la Segunda Guerra Mundial, hizo del rechazo al nazismo uno de los pilares de su identidad política, respaldar hoy a un gobierno que reivindica a colaboradores del Tercer Reich? ¿Cómo puede aceptar sin mayor cuestionamiento expresiones que, en cualquier otro contexto, provocarían una condena inmediata?

Petro Poroshenko, expresidente de Ucrania, declaró en un discurso pronunciado en Odessa el 30 de octubre de 2014:

«Nosotros tendremos trabajo; ellos no. Nosotros tendremos pensiones; ellos no. Nosotros tendremos apoyo para los niños y los jubilados; ellos no. Nuestros niños irán a las escuelas y a los jardines de infancia; los suyos estarán sentados en los sótanos. Porque ellos no saben hacer nada. Así, precisamente así, ganaremos esta guerra.»

La frase establece una oposición explícita entre la población de los territorios controlados por Kiev y la de las zonas del Donbás que permanecían fuera de su control.

Se ha perdido además la posibilidad de debatir con serenidad sobre un hecho incómodo: la presencia y la influencia de organizaciones que reivindican abiertamente a colaboradores ucranianos del nazismo, así como la rehabilitación de figuras vinculadas con crímenes cometidos durante la Segunda Guerra Mundial. A lo largo de estos años se han mantenido las marchas con símbolos nazis, los homenajes a Stepan Bandera y a otras figuras del nacionalismo radical, así como la presencia de grupos como el Regimiento Azov, cuyos integrantes utilizan simbología inspirada en las SS. Sin embargo, desde el inicio de la guerra estos hechos dejaron prácticamente de formar parte del debate público occidental. Mencionarlos pasó a considerarse una prueba de simpatía hacia Rusia, en lugar de un asunto que mereciera ser examinado por sí mismo.

¿Qué clase de degradación moral permite que aquello que durante décadas fue considerado inadmisible hoy deje de escandalizar simplemente porque sirve a un objetivo geopolítico?

La historia demuestra que las ideologías extremistas no se imponen de un día para otro. Avanzan cuando dejan de provocar rechazo, cuando se relativizan sus manifestaciones o se justifican por conveniencia política. Lo que en otro contexto habría sido motivo de condena termina aceptándose como un mal menor porque sirve a un objetivo geopolítico considerado prioritario.

A mi juicio, las fuerzas que hoy ejercen el poder en Ucrania representan una continuidad ideológica del nacionalismo radical que reivindica a colaboradores del nazismo durante la Segunda Guerra Mundial. La rehabilitación oficial de figuras como Stepan Bandera, la incorporación de organizaciones como el Regimiento Azov a las estructuras estatales y la tolerancia hacia la difusión de esa simbología me llevan a concluir que en Ucrania las fuerzas de inspiración nazi ocupan posiciones de poder

La cuestión de fondo no termina en Ucrania. Lo verdaderamente preocupante es la reacción de Occidente frente a esa realidad. Durante décadas, Europa sostuvo que la memoria del nazismo constituía un límite moral infranqueable. Sin embargo, cuando los hechos afectan a un aliado estratégico, ese límite tiende a desvanecerse. Lo que antes provocaba una condena inmediata hoy se relativiza, se justifica o simplemente desaparece del debate público. Occidente condena esas expresiones cuando aparecen en un adversario, pero guarda silencio cuando surgen en un gobierno al que brinda respaldo político, militar y económico.

Ese doble rasero es posible porque la realidad ha dejado de ocupar el centro del análisis. Los hechos ya no se evalúan por lo que son, sino por el lugar que ocupan dentro del relato previamente construido. Si contradicen el relato dominante, dejan de discutirse; se silencian, se reinterpretan o se desacredita a quien los menciona. Ese abandono de la realidad en favor del relato permite que una Europa que hizo del antifascismo uno de los fundamentos de su identidad política termine aceptando aquello que durante tanto tiempo afirmó combatir.

Las ideas nazis se abren paso gradualmente. Primero se relativizan sus manifestaciones, después se justifican como excepciones y, finalmente, dejan de provocar rechazo. Lo extraordinario se vuelve cotidiano y la excepción termina convirtiéndose en regla. Así, prácticas y discursos que antes resultaban moralmente inadmisibles pasan a aceptarse con naturalidad.

Aquella lógica no desapareció con la derrota militar del nazismo. Hoy reaparece bajo otros nombres, otros lenguajes y otros pretextos. La construcción permanente de enemigos, la división del mundo entre buenos y malos, la deshumanización del adversario, la persecución del disidente y la legitimación de medidas excepcionales forman parte de una lógica cada vez más común.

Si Europa hizo del «nunca más» uno de los pilares de su identidad política, ¿cómo explicar que hoy tolere o justifique expresiones que durante décadas consideró moralmente inadmisibles? Esa es la pregunta que debería inquietarnos. Los hechos siguen estando ahí. Lo que cambia es nuestra manera de mirarlos. Dejamos de cuestionar los hechos, aceptamos la versión que otros elaboran por nosotros y terminamos viendo la realidad a través de sus ojos. Cuando eso ocurre, lo inadmisible deja de parecernos inaceptable. Esa ya no es una advertencia sobre el pasado; es la realidad que vivimos en la actualidad.

Por: Inés Ortiz V

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