Los grandes mitos, como Diego hace 40 años en México 86, nacen cuando una pelota obedece a un hombre predestinado.

Si en el Olimpo hay sentido de la proporción, Gardel y Maradona tendrán que estar cerca. El zorzal criollo seguirá cantando que “veinte años no es nada” y, en estos días, Diego le retrucará que tampoco 40 son nada.

Porque la emoción tiene mucha memoria, y hoy tengo la prueba. El Partido cumple 40 años el próximo lunes. Así, El partido, es como se llama un excelente libro de Andrés Burgo y un documental que mira aquello con perspectiva, de Juan Cabral y Santiago Franco. En singular el partido y en singular el autor del partido: Diego Armando Maradona. Aunque desde entonces se hayan jugado millones de partidos y aunque aquel día pasáramos por ahí otros veintitantos jugadores. Diego ya no está, pero aquel Argentina-Inglaterra que él desencadenó, ya mito excluyente de la historia del fútbol, crece un poco cada año.

Como sabemos, para la base de aquella gesta hizo falta astucia y virtuosismo en proporciones superlativas. Visto desde el 2026, para que eso ocurra no tiene que haber VAR ni esta vigilancia tecnológica de la que nada ni nadie puede escapar. Si aquel partido es hoy leyenda, es porque entonces había margen para el misterio, y el misterio activa la imaginación. La obsesión por la precisión trajo muchas cosas debatibles, pero se llevó esa magia que construía leyendas románticas.

En mi memoria siguen nítidos los pasajes más salientes. En los días previos, Carlos Salvador Bilardo veía una amenaza en la lectura política del partido. El exceso de emoción expulsó del campo a muchos jugadores en la historia del fútbol rioplatense, así que Bilardo se pasaba las horas recitando una corta oración: “Es solo fútbol, es sólo fútbol, es sólo fútbol”. La repetición era su forma favorita de convencer. En esta ocasión, cuanto más insistía en reducir el partido solo a fútbol, más evidente resultaba el tamaño de lo que intentaba esconder.

Maradona marca el conocido como ‘gol del siglo’ ante Inglaterra, tras sortear a medio equipo inglés.El Grafico (Getty Images)

También Diego, el día anterior, le contestaba a gritos a los periodistas que éramos futbolistas y no políticos. Pero llegó el día y el silencio sepulcral del vestuario hablaba de algo más que de un partido. Ahí dentro parecía estar personada la patria diciéndonos lo contrario de Bilardo: “No solo es fútbol”. En la tribuna no esperaron el comienzo del partido para que las dos hinchadas se cruzaran a puñetazos. Ni bombarderos como en Malvinas ni un balón de por medio como en México haciendo de intermediario apaciguador. A puñetazos. En cuanto a nosotros, gritamos el himno y aquello empezó.

Hay personas que, a pesar de tener una vida apasionante, parecen haber nacido para un día determinado. Diego eligió el 22 de junio de 1986. Para tener ese colosal sentido de la oportunidad, tuvo que llenar la inspiración de una rabia competitiva que iluminaba cada jugada. De las dos cosas iba sobrado. Jugaba con una musa dentro y, aquel día, a su energía futbolística le agregó una furia que era la de toda Argentina. La fuerza representativa fue de tal tamaño que el futbolista devino en prócer y yo creo, seguramente todos creemos saber, cuál fue el momento preciso en que ocurrió.

Fui testigo. No tuve ninguna duda de que dios había utilizado su mano en el primer gol. No me pregunten por la ética, ni es el día ni le conviene a este artículo. Sencillamente, los pueblos no construyen sus mitos con criterios jurídicos. Los construyen con emociones. Si no, Aquiles sería un asesino, Ulises un mentiroso y el Cid un mercenario. Lo cierto es que había urgencia por recomenzar el partido para que el gol fuera cosa juzgada. Tampoco había tiempo para que el instinto pusiera aquello en dimensión histórica.

Pero entonces llegó el segundo gol. Una sinfonía futbolística de 10 toques en 10 segundos. Diez segundos que llegan hasta hoy. Supe, de inmediato, que estábamos ante un antes y un después. Había acompañado la jugada como un travelling televisivo, renovando mi admiración. En el camino, el cerebro del genio iba aprovechando y desechando ideas. Los pies, divertidos, esquivaban piernas mostrando y escondiendo la pelota. Yo, como todos, seguía fascinado viendo cómo crecía la “jugada de todos los tiempos”, como dice el relato victorioso de Víctor Hugo Morales, ya banda sonora del gol.

El gol detonó y, a partir de ese momento, cada uno de nosotros tiene una cosa que contar, porque nadie que lo haya vivido se ha olvidado de ese grito. Yo tampoco. En vez de correr para abrazarlo, entré en el arco para sacar la pelota que Diego había metido. Por una sola razón. Aquella jugada fue una obra tan individual, tan suya, que, medio enojado, me dije: “Grítalo solo”. Ese fue, para mí, el preciso momento en que Diego dejó de estar con nosotros. Cuando pasados unos segundos llegué a abrazarlo, ya era tan universal como la pelota. Y tan mito como Gardel, y tan prócer como San Martín. El fútbol no es broma cuando se pone sociológico.

Ahora se cumplen 40 años y Diego, para recordarnos que también tuvo rasgos humanos, desgraciadamente no está para soplar las velas. Pero aquel día inolvidable sigue siendo memoria emocionada para todos los que amamos el fútbol. Lo que resulta increíble es cómo, desde entonces, aquel partido creció como una enredadera, alcanzando tal fuerza simbólica en Argentina que desde entonces hasta hoy se entiende como revancha de una guerra. Si lo despojamos de su dimensión patriótica y lo convertimos solo en fútbol, es el mundo entero, los que habían nacido antes de aquel día y los que nacieron después, los que siguen admirando aquello como una cima gloriosa del juego.

Todo gracias a un genio que eligió un día para elevar el fútbol a obra de arte, y lo convirtió en el día D de la historia del fútbol argentino. Así quedó demostrado que los grandes mitos nacen cuando una pelota, que obedece a un hombre predestinado, consigue explicar a un país entero. Y aliviar una herida.

Sobre la firma

Jorge Valdano

Jorge Valdano

Con información de EL PAÍS

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