Esta área protegida conecta las islas de Galápagos y Cocos a través de una de las rutas migratorias más importantes del mundo para tiburones, mantarrayas, tortugas y ballenas.
Durante 23 días, la embarcación llamada Yualka, un bote de pesca de 18 metros de largo, transportó a pescadores artesanales de la cooperativa Coopespromar y a científicos de tiburones de la Galapagos Science Center (GSC).

El recorrido fue de aproximadamente 1.900 kilómetros dentro de la Reserva Marina Hermandad, iniciando en la isla Isabela hacia el oeste y luego en línea recta hacia Costa Rica, para realizar el monitoreo de especies migratorias como tiburones, mantarrayas, tortugas y ballenas.
“Nos sorprendió ver especies endémicas de Galápagos como lobos marinos fuera de la Reserva Marina Galápagos. También un grupo de ballenas piloto nos acompañó en la primera mitad del viaje”, cuenta Alex Hearn, investigador de tiburones de GSC y cofundador de Migramar.
A bordo, cada integrante tenía un rol definido y las actividades estaban cuidadosamente planificadas. Muy temprano por la mañana, el equipo de pescadores desplegaba líneas de 400 metros, similares a las utilizadas para pescar, pero en este caso equipadas cada 200 metros con una carnada y una cámara BRUVS, una técnica poco invasiva que permite monitorear las especies y el fondo marino.
Al atardecer, recogían los equipos, observaban las grabaciones y luego se reunían tanto científicos como pescadores para salir nuevamente al mar y marcar tiburones. El marcaje de tiburones consiste en colocar etiquetas generalmente en la aleta, lo que permite rastrear las rutas y datos vitales, esenciales para gestionar áreas protegidas ante amenazas como la pesca industrial.
Manuel Yépez, pescador de la cooperativa Coopespromar, valora mucho que hayan tenido en cuenta la opinión de los pescadores en esta misión para blindar esta área protegida tan importante para Ecuador. “En esta expedición pudimos marcar tiburones y después monitorear sus movimientos. Nos alegra mucho cuando vemos un tiburón que marcamos con vida”, narra.
Durante el recorrido, científicos y pescadores trabajaron conjuntamente e intercambiaron conocimientos. Las comunidades pesqueras aportaron también su experiencia práctica sobre el mar, en especial en las maniobras de marcaje de tiburones, mientras que los biólogos contribuyeron con información científica para entender mejor las especies que habitan y transitan por la Reserva Marina de Galápagos.
Esta área protegida alberga cerca de 3.000 especies marinas, de las cuales aproximadamente un 25% son endémicas. Entre ellas se encuentran el tiburón ballena, el tiburón martillo, las tortugas marinas, los lobos marinos y el pingüino de Galápagos. Debido a esta riqueza biológica, fue declarada Patrimonio Natural de la Humanidad por la Unesco.

Trabajar juntos, científicos y pescadores, parecía impensable hace 20 o 30 años, señala Alex Hearn, investigador de tiburones del GSC, quien destaca que se ha superado esa antigua relación de confrontación. “La colaboración comenzó hace algunos años entre la comunidad científica dedicada a los tiburones y los pescadores artesanales, cuyo aporte ha sido fundamental: son expertos en las maniobras en el mar, la navegación y el conocimiento práctico del entorno”, explica.
Un caso claro es el de Manuel Yépez, quien participó en la expedición y es pescador de tercera generación en San Cristóbal. Su padre, su abuelo y su bisabuelo se dedicaron a esta actividad, que él ejerce desde los 12 años, cuando en Galápagos había apenas unos 50 pescadores registrados. Actualmente son cerca de 1.000, lo que ha incrementado la presión sobre los recursos. Antes bastaba con navegar distancias cortas para asegurar la pesca; hoy las jornadas son más extensas y exigen un mayor gasto de tiempo y recursos.
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