Bogotá, 21 jun (Sputnik).- El 9 de agosto de 1994, el senador colombiano Manuel Cepeda Vargas, integrante de la Unión Patriótica (izquierda), fue asesinado a manos de paramilitares en Bogotá. El crimen marcó a fuego la vida de su hijo Iván, que entonces tenía 31 años y llegó a ver el cuerpo de su padre baleado cuando viajaba en autobús rumbo a la universidad.
Tres décadas después, Iván Cepeda, quien construyó su carrera política intentando esclarecer los crímenes perpetrados por el Estado colombiano, sobre la base del trabajo de investigación que también realizó para conocer la verdad detrás del crimen que afectó a su propia familia, busca llegar a la presidencia y concretar un segundo ciclo progresista, tras el iniciado en 2022 por el actual presidente, Gustavo Petro.
El candidato del oficialista Pacto Histórico obtuvo el 40,9 por ciento de los votos en primera vuelta, quedando en segundo lugar detrás del abogado ultraderechista Abelardo de la Espriella, quien tuvo el 43,7 por ciento de los sufragios.
A diferencia de Petro, cuya figura política estuvo ligada a la insurgencia del M-19 y a un liderazgo confrontacional, Cepeda construyó su carrera desde la defensa de los derechos humanos y la denuncia de los crímenes cometidos durante el conflicto armado.
La política estuvo presente en su vida desde la infancia, pues creció en un entorno marcado por la militancia de izquierda, moldeado también por su infancia en Checoslovaquia y Cuba, destinos a los que se desplazó su familia debido a la actividad política de sus padres.
De regreso a Colombia se vinculó a la Juventud Comunista y creció en un ambiente donde la clandestinidad y las amenazas formaban parte de la vida cotidiana.
La muerte de su madre, víctima de cáncer cuando él tenía 17 años, representó uno de los primeros golpes personales que marcaron su trayectoria. Poco después viajó a Bulgaria para continuar sus estudios universitarios y cursó filosofía en la Universidad San Clemente de Ohrid, en Sofía.
Aquellos años coincidieron con un proceso de transformación política personal, dado que, aunque provenía de un entorno comunista, comenzó a acercarse a sectores más moderados de la izquierda y respaldó la candidatura presidencial de Bernardo Jaramillo Ossa, dirigente de la Unión Patriótica que intentó abrir una vía democrática para la izquierda colombiana.
El asesinato de Jaramillo en 1990 y, cuatro años más tarde, el de su padre, terminaron de moldear su visión política.
La muerte de Manuel Cepeda se convirtió en un punto de quiebre en la política colombiana, pues se trató de uno de los casos más emblemáticos del exterminio de la Unión Patriótica, una organización que perdió miles de militantes, dirigentes y simpatizantes en una campaña sistemática de violencia.
En 1994 creó una fundación que lleva el nombre de su padre y años después participó en la construcción del Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado (Movice), una de las organizaciones más influyentes en la denuncia de desapariciones forzadas, ejecuciones extrajudiciales, desplazamientos y persecución política.
A finales de los años noventa debió exiliarse en Francia, donde completó una maestría en Derecho Internacional Humanitario en la Universidad Católica de la ciudad de Lyon.
La persistencia de las denuncias impulsadas por Cepeda y otros familiares de víctimas produjo resultados judiciales. En 2010, la Corte Interamericana de Derechos Humanos concluyó que el Estado colombiano era responsable por el asesinato de su padre, una decisión que reforzó la relevancia nacional e internacional de su causa.
En ese mismo año fue elegido representante a la Cámara por Bogotá con el Polo Democrático e inició una carrera parlamentaria que lo llevó al Senado en 2014 y lo convirtió en una de las figuras más reconocidas de la izquierda en su país.
Gran parte de su capital político se construyó alrededor de las denuncias sobre paramilitarismo y de la defensa de las víctimas del conflicto.
Entre 2012 y 2016 participó además como facilitador en el proceso de paz entre el Gobierno y las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, convirtiéndose en uno de los principales defensores del acuerdo que puso fin a más de medio siglo de confrontación con la guerrilla.
Esa trayectoria también lo transformó en uno de los principales blancos del uribismo, pues la confrontación con el dos veces presidente Álvaro Uribe Vélez (2002-2010) marcó buena parte de la última década de su carrera.
En 2012, el expresidente denunció a Cepeda por presunta manipulación de testigos, pero la Corte Suprema de Justicia archivó el caso contra el senador y abrió una investigación contra el propio Uribe por presunto soborno y fraude procesal.
Aunque el proceso judicial tuvo múltiples giros posteriores, la disputa consolidó la imagen de Cepeda como uno de los principales adversarios políticos del expresidente.
Su salto definitivo hacia la carrera presidencial se produjo en octubre de 2025, cuando ganó la consulta interna del Pacto Histórico con más de 1,5 millones de votos y se convirtió en el sucesor escogido por la coalición que llevó a Petro al poder.
Sin embargo, el candidato también ha intentado ampliar su electorado más allá de la izquierda tradicional. Tras la primera vuelta moderó parte de su discurso y buscó acercamientos con sectores de centro, consciente de que los votos obtenidos por el progresismo no son suficientes para garantizar la victoria en el balotaje.
Uno de los movimientos más significativos de las últimas semanas ha sido precisamente ese esfuerzo por transmitir una imagen de estabilidad institucional. Su equipo ha buscado enfatizar mensajes dirigidos a empresarios, sectores moderados y votantes independientes preocupados por la polarización política.
Diversas encuestas publicadas antes del inicio de la veda mostraron a De la Espriella con ventaja, obligando al candidato oficialista a disputar cada voto fuera de su base tradicional.
En los últimos días, ambos candidatos han intercambiado denuncias y acusaciones que han trasladado parte de la disputa electoral a los tribunales y a los organismos de control.
Para sus seguidores, Cepeda representa la posibilidad de consolidar los avances alcanzados por la izquierda desde 2022 y profundizar la implementación de los acuerdos de paz. Para sus críticos, encarna la continuidad de un proyecto político que llega desgastado al final del mandato de Petro.
La elección de este domingo definirá no solo su futuro político, sino también si Colombia mantiene por un segundo mandato consecutivo una administración de izquierda o gira hacia un proyecto cercano a la derecha alternativa y radical que se está imponiendo en el mundo. (Sputnik)
