Los blocos y las escuelas de samba fuerzan durante meses la creación de espacios peatonales y democráticos en una ciudad desigual donde el coche aún es el rey
Desde noviembre, la escena se repite prácticamente todos los días de la semana en buena parte de los barrios de Río de Janeiro: una calle cortada, una avenida sin coches, y miles de personas avanzando alegremente al son de los tambores.

Es la rutina habitual en los meses previos al carnaval, son los ensayos de las escuelas de samba que desfilarán en el Sambódromo. Cada ensayo reúne a unos 3.000 integrantes y otros miles de vecinos y espectadores espontáneos. Todo gratuito, en la calle y con el beneplácito de los agentes del tráfico.
Casi cada día de la semana durante unos tres meses, algo impensable en muchas ciudades. Cuando por unas horas los coches desaparecen, florecen espacios de convivencia: familias bailando, niños correteando, barbacoas improvisadas, y una sensación de vecindad y de espacio común que vale oro en una ciudad marcada por la desigualdad y muy carente de espacios peatonales.
Además de las escuelas de samba, en enero, a medida que se acerca la fiesta, en las calles va apareciendo también la otra vertiente de la fiesta: los ‘blocos’, las animadas comparsas callejeras, bandas de música con instrumentos de viento y percusión. Son las dos principales manifestaciones culturales de la ciudad y mueven a las masas, hasta el punto de que fuerzan cambios urbanísticos y ayudan a revitalizar zonas degradadas.
Desde comienzos de año hasta el punto álgido de la fiesta, (este 2026 es del 13 al 18 de febrero), Río acogerá en sus calles más de 460 desfiles de ‘blocos’ autorizados por el ayuntamiento que, se espera, arrastren por las calles a más de ocho millones de personas, entre residentes y turistas.
El ayuntamiento diseña un complejo rompecabezas logístico y moviliza a más de 300 agentes del tráfico apenas para administrar el paso de estas bandas. Pero además de los llamados blocos oficiales hay un número incontable de comparsas que no necesariamente tienen permiso y que desfilan igualmente. La burocracia no suele ser un impedimento.
La simple aglomeración de músicos y foliões (quienes acuden a divertirse) corta el tráfico y la policía, si es que está presente, suele limitarse a administrar el resultado: es un caos organizado.
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