El presidente de Chile, que dejará su cargo el 11 de marzo, es una ‘rara avis’ en su espacio político. Conversamos con él en tres encuentros. Trabajará desde la oposición y podría volver a presentarse en cuatro años.

Nada tienen que ver las finas paredes de las que habla Leonard Cohen en Paper Thin Hotel con estas que hoy escuchan el sonido de uno de los discos más caóticos del genio canadiense. El vinilo de Death of a Ladies’ Man gira en una oficina del palacio de la Moneda, a escasos metros del lugar desde donde, el 11 de septiembre de 1973, Salvador Allende se dirigió por última vez al pueblo chileno para anunciar que las grandes alamedas volverían a abrirse, antes de quitarse la vida en medio del golpe militar que supuso el inicio de la dictadura de Augusto Pinochet. 

Gabriel Boric nació 13 años después del bombardeo al palacio. Símbolo de una vanguardia de la izquierda en América Latina, tiene muy presente aquel dolor. En la misma pared donde conserva parte de su colección de discos cuelga una inmensa gráfica que recuerda a los desaparecidos de la dictadura militar. Todo esto ya no estará aquí el próximo 11 de marzo, cuando el que ha sido presidente de Gobierno de Chile desde 2022 termine su mandato con 40 años recién cumplidos. Boric traspasará esta oficina a José Antonio Kast. Y La Moneda, epicentro de la democracia chilena, dejará de ser el lugar de trabajo de un admirador de Allende para convertirse en el hogar del primer mandatario partidario de Pinochet desde el retorno de la democracia en 1990.

Boric es una rara avis en tiempos de megalomanía extrema. Se convirtió en el mandatario más joven de su país —llegó a La Moneda con 36 años—, lo que le acarreó el sambenito de referente de una nueva izquierda. De ambos estereotipos rehúye, porque llevan implícita una condescendencia de la que procura liberarse rápido: “Soy relativamente joven, ya no tanto, pero estoy en política hace mucho. La juventud no es una virtud, hay cosas viejas que valen la pena. Yo no busco ser nuevo. Yo lo que busco es ser coherente”.

Quienes conocen o han tratado de cerca con Boric, sean partidarios o adversarios, le reconocen una genuinidad que se constata a lo largo de las tres largas charlas que mantiene con El País Semanal, antes y después de las elecciones, y que comienza a percibirse desde su propio lugar de trabajo, donde se celebra el primer encuentro, a finales de octubre. Boric acaba de visitar en el Vaticano al papa León XIV —“el líder mundial de un partido de más de 2.000 años como es la Iglesia”—, y llega especialmente interesado en Dilexi te, la primera exhortación apostólica sobre el amor a los pobres.

Lee en voz alta algunos párrafos y luego, a petición nuestra, muestra las decenas de objetos que adornan su oficina. Regalos que le entregan en sus giras, fotografías, pósteres, libros apilados y discos —desde Silvio Rodríguez hasta Pink Floyd, y el Kolpez Kolpe, de Kortatu— conviven en este espacio. De entre toda la memorabilia hay algo que uno no esperaría en la oficina de una persona que se declara no creyente desde la adolescencia: una figura de la Virgen María. “Yo no tengo el don de la fe, soy agnóstico”, explica Boric.

Pero su madre, Soledad Font, sí es profundamente religiosa. Miembro del movimiento Schoenstatt y madre de acogida de niños que esperan ser adoptados por una familia definitiva, le dejó la imagen en una esquina luminosa del despacho, al lado de una ventana, con una carta manuscrita en la que Font pide por las principales reformas políticas que el Gobierno buscaba impulsar. “Pídele a la Mater, pídele”, le aconsejó en muchas ocasiones.

Fue aquí donde el pasado 15 de diciembre, un día después de las elecciones, Boric recibió a Kast, recién electo tras arrasar con un 58% de los votos a la comunista Jeannette Jara, exministra del actual Gobierno, que logró el 42%. Se reunieron a solas: una conversación “institucional y republicana”, describe el todavía presidente. Evidentemente, uno de los asuntos que primero llamaron la atención del futuro inquilino de La Moneda fue la Virgen: Kast, que junto a su esposa, María Pía Adriasola, tiene nueve hijos, son también miembros de ­Schoenstatt, y a buen seguro no esperaba encontrarla en el despacho de alguien ubicado en las antípodas políticas.

En las salas contiguas al despacho, cuatro días después de las elecciones, un niño de ocho años juega con una pelota. Es su hijastro, Vale, hijo de su pareja, Paula Carrasco, con la que el presidente tuvo a su primogénita, Violeta, hace medio año. En las oficinas secundarias se observan cunas y mecedoras que ocupa el bebé cuando visita a su padre.

Boric se ha hecho mayor en este cuatrienio. En lo personal: entró en 2022 a La Moneda con una novia, que puso fin a la figura de primera dama y con la que rompió a medio mandato, y dejará el Gobierno en 2026 convertido en padre y con una familia que pretende agrandar: “Me despierto todos los días con una señora de cinco meses de vida que balbucea a mi lado y me regala sonrisas. Independientemente de las circunstancias políticas, mi corazón y espíritu personal está a tope”.

Mucho más cambiado, incluso, está Boric en lo político.

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