Mis escritos buscan explicar a Occidente el alma y el espíritu rusos a través de la pintura, la música, la literatura, los paisajes y la vida cotidiana. Me cuesta entender cómo se puede despreciar una cultura que ha dado tanto al mundo y que ha dejado una huella inmensa en prácticamente todas las formas de creación humana.

En la prosa y el pensamiento literario: Pushkin, Lermontov, Dostoevsky, Tolstoy, Chekhov, Gogol, Gorky, Bulgakov; en la poesía: Mayakovsky, Tsvetaeva, Akhmatova, Yesenin, Blok, Pasternak. En la música: Tchaikovsky, Mussorgsky, Rachmaninoff, Prokofiev, Stravinsky, Rimsky-Korsakov; en la pintura: Vrubel, Levitan, Repin, Goncharova, Larionov. En el cine y el lenguaje visual del siglo XX: Tarkovsky, Eisenstein, Mikhalkov y Konchalovsky, solo por citar algunos. La lista se extiende también a la ciencia, la filosofía, la ingeniería y la exploración espacial. Mendeleev, creador de la tabla periódica, es apenas uno de los ejemplos más conocidos.

Precisamente por eso resulta difícil comprender el rechazo que hoy se proyecta sobre todo lo ruso. Desde el inicio de la “Operación Militar Especial” —nombre dado por el gobierno ruso a las acciones militares iniciadas en febrero de 2022— quedó expuesta con particular fuerza la hostilidad que las élites occidentales mantienen hacia Rusia. Entre los objetivos declarados por Moscú estaban la “desmilitarización” y “desnazificación” de Ucrania, la protección de la población rusoparlante del Donbass y frenar la expansión de la OTAN hacia el espacio estratégico ruso.

La confrontación actual entre Rusia y Occidente no se limita al terreno político. A las sanciones económicas y los mecanismos de presión internacional se suma un creciente rechazo cultural, simbólico e incluso humano alrededor de todo lo ruso. Creo que Rusia sigue siendo un mundo insuficientemente comprendido por Occidente. Por un lado, acercarse realmente a ella implicaría abandonar muchas de las ideas arraigadas desde hace generaciones; por otro, la imagen de Rusia se alimenta desde la confrontación, la propaganda y el miedo hacia aquello que no termina de comprenderse del todo. Y eso ocurre a pesar de toda la difusión que alcanzaron la literatura rusa, la música, el teatro, el ballet y la pintura durante gran parte del siglo XX. Hoy no solo se cancelan exposiciones o conciertos; incluso llegan a prohibirse.

Vesti.ru Instituto pedagógico de  Starobelsk, Lugansk Rusia

El mecanismo no es nuevo. Civilizaciones enteras fueron descritas durante siglos a través de caricaturas, simplificaciones o relatos deformados construidos desde afuera. Ese miedo a lo diferente permitió justificar guerras, conquistas, persecuciones religiosas y formas de exclusión cultural. Antes de enfrentar a un adversario, primero se lo deshumaniza. Rusia ocupó históricamente un lugar ambiguo para Occidente: demasiado europea para ser considerada plenamente oriental, pero también demasiado distinta para ser aceptada del todo como occidental. Esa condición alimentó una persistente mezcla de fascinación, temor y desconfianza que derivó en estereotipos culturales, políticas de confrontación y narrativas que la presentaban como una amenaza constante para Occidente.

Existe otro elemento igual de importante para entender la persistencia de la rusofobia: Rusia nunca ha podido ser sometida. Resistió la invasión tártaro-mongola, a Napoleón y, más tarde, a la Alemania nazi. La capacidad de resistencia, adaptación y reinvención acabó imponiéndose una y otra vez frente a quienes intentaron destruirla. La disposición al sacrificio total (самоотдача), a entregarse por completo a una causa colectiva, constituye uno de los rasgos esenciales para comprender la naturaleza de lo ruso. Va más allá del patriotismo: expresa la capacidad de soportar el sufrimiento, resistir en condiciones extremas y subordinar lo individual a una idea superior de comunidad, memoria y destino común.

Hace unos meses vi el documental La Patria. Film-investigación de Arkadi Mamóntov. Lo he vuelto a ver y, junto con apuntes que tenía de otras lecturas, terminé de ordenar una idea que llevaba tiempo rondándome sobre el origen profundo de la rusofobia. El bautismo de la Rus de Kiev en 988, cuando el príncipe Vladímir adopta el cristianismo ortodoxo desde Bizancio y no desde Roma, marcó el destino de Rusia y definió su distancia con Occidente.

El Cisma de 1054 entre la Iglesia católica romana y la Iglesia ortodoxa oriental profundizó esa división y consolidó la percepción de la Rus ortodoxa como una entidad ajena y potencialmente hostil. Tras la caída de Constantinopla en 1453, comenzó a consolidarse la idea de Rusia como heredera espiritual de Bizancio y surgió la noción de Moscú como la “Tercera Roma”. Desde la Edad Media, la presión occidental sobre Rusia tuvo una doble dimensión: control espiritual y control territorial.

En 1549 el diplomático austriaco Sigismund von Herberstein publicó Notas sobre Moscovia, una de las principales fuentes europeas sobre Rusia durante décadas. Sus textos ayudaron a fijar imágenes negativas —que hasta hoy persisten— sobre los rusos: barbarie, atraso, violencia y despotismo oriental. Durante los siglos XVI y XVII, el Vaticano intentó incorporar a la Rus ortodoxa al espacio católico europeo a través de nuncios papales, diplomáticos e intelectuales católicos. El jesuita Antonio Possevino atribuía los problemas rusos a la ortodoxia. La falta de pertenencia completa de Rusia a Occidente reforzó la percepción de una civilización hostil y diferente.

La Guerra Livona fue uno de los antecedentes de las futuras campañas de propaganda antirrusa. A partir de ese momento se intensificó la propaganda polaca y aparecieron las formas modernas de demonización del enemigo. La misma fórmula volverá a repetirse: deshumanizar al ruso antes de enfrentarlo en el campo de batalla. La invasión napoleónica de 1812 reforzó todavía más esta visión. La propaganda francesa presentó a los cosacos como saqueadores, asesinos y bárbaros. Circularon incluso grabados en los que sus caballos aparecían formados por cuerpos humanos, como símbolo extremo de brutalidad. El objetivo psicológico era claro: crear miedo y hostilidad hacia Rusia antes de la guerra.

La historiadora Natalya Tanshina señala que el término “rusofobia” comenzó a utilizarse en la prensa inglesa en 1836, particularmente entre los liberales whigs, dejando de ser únicamente un prejuicio cultural para convertirse en un concepto político explícito: una ideología de competencia contra Rusia y una forma específica de guerra informativa. Esa percepción nunca desapareció; simplemente adoptó nuevas formas ideológicas. La idea del “peligro ruso”, construida durante siglos en Europa, reapareció bajo nuevas categorías geopolíticas, aunque conservando intacta la misma lógica: Rusia como adversario permanente para Occidente.

En el siglo XX, la confrontación dejó de limitarse al terreno militar y se trasladó al ámbito cultural, ideológico y psicológico. El discurso de Churchill sobre el “telón de acero”, la reorganización estratégica estadounidense tras la Segunda Guerra Mundial y los programas de guerra psicológica contra la URSS reflejan la continuidad de esa construcción histórica de Rusia como amenaza. La propaganda, los medios de comunicación, la educación y distintas operaciones de influencia fueron utilizados para erosionar desde dentro la identidad soviética y rusa.

El llamado “Programa Troya” formó parte de una estrategia de desestabilización ideológica basada en programas de radio destinados a manipular psicológicamente a la población soviética. Buscaba sembrar dudas, provocar una crisis interna y quebrar la relación con su propio pasado. La desintegración de la URSS terminó convirtiéndose en la prueba de la eficacia de décadas de presión política, desgaste ideológico y guerra psicológica desarrolladas sistemáticamente contra Rusia.

Corresponsal militar de IS Vesti Nikolai Dolgachev tuvo acceso al interior de Instituto pedagógico de Starobelske

En los años noventa, ONG, fundaciones y programas educativos financiados por George Soros y otras organizaciones occidentales impulsaron la reescritura de manuales escolares y nuevos programas orientados a debilitar la concepción histórica y nacional de Rusia. “Pluralismo”, “desideologización” y “democratización” sirvieron para presentar a Rusia como un Estado artificial y condenado a la desintegración. Se financiaron incluso movimientos separatistas regionales bajo la idea de que Rusia debía ser “descolonizada”. No lograron fragmentarla, aunque buena parte de la generación educada en los años 2000 creció alimentándose de esos conceptos y viendo en Occidente el modelo ideal de sociedad.

La rusofobia no se limita a la hostilidad hacia Rusia: implica el rechazo a la posibilidad misma de que exista como una civilización autónoma, cohesionada y soberana. La confrontación contemporánea alcanza la memoria, la educación, la cultura, el lenguaje y la identidad nacional.

Las sanciones, la prolongación de la guerra y la expansión del conflicto hacia Irán desencadenaron una crisis energética y económica de alcance global. Rusia enfrenta no solo presión económica y militar, sino también una ofensiva cultural, ideológica y psicológica dirigida contra los pilares mismos de su identidad. Se intenta instalar la idea de un colapso económico inminente y desacreditar constantemente la capacidad militar rusa, mientras se busca erosionar la confianza social y debilitar la resistencia interna frente a una confrontación prolongada.

El ataque contra el College de Starobelsk, en la República Popular de Lugansk, mostró también cómo opera la guerra informativa. El centro educativo quedó completamente destruido y murieron 21 jóvenes, pero gran parte de los medios occidentales evitó cubrir el hecho o justificó el ataque alegando la presencia de objetivos militares.

Stalingrado fue destruida y volvió a levantarse. Leningrado sobrevivió al hambre, al frío y al bloqueo. La historia rusa está marcada por esa capacidad de resistir, reconstruirse y continuar existiendo incluso después de las mayores catástrofes. FIN

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