La riqueza cultural, literaria y filosófica de la tradición rusa es tan vasta que, al intentar comprender los dilemas del presente, casi siempre termino encontrando en sus escritores alguna referencia que ayuda a iluminar los problemas de nuestro tiempo. No es casual que, al pensar en lo que ocurre hoy, vuelva a los hermanos Arkady Strugatsky (1925–1991) y Boris Strugatsky (1933–2012), considerados los grandes renovadores de la ciencia ficción soviética.
En sus novelas, el futuro no era solo un escenario tecnológico, sino un espacio de reflexión moral que exploraba las tensiones entre progreso científico, responsabilidad ética y fragilidad de la civilización humana. Sus historias desarrollaron conceptos de gran densidad filosófica sobre la sociedad contemporánea: imaginaron un mundo próspero y saturado de bienes, marcado por la comodidad, el entretenimiento permanente y la manipulación cultural, factores que erosionan el pensamiento crítico hasta normalizar la estupidez.
Lo resumieron con una frase que hoy se cita con frecuencia:
«Дурак стал нормой. Ещё немного — и дурак станет идеалом.»
«El estúpido se ha vuelto la norma; un poco más y será el ideal.»

La literatura y la lectura ocuparon un lugar central en la cultura soviética del siglo XX. Los hermanos Arkady Strugatsky y Boris Strugatsky convirtieron la ciencia ficción en un espacio de reflexión moral y crítica sobre la sociedad contemporánea. Fuente: Wikimedia Commons
En Las cosas depredadoras del siglo, describen una civilización donde el peligro no proviene de la escasez, sino de la degradación intelectual producida por el consumo masivo y la búsqueda insaciable de placer fácil. La abundancia material convive allí con una preocupante pobreza intelectual y moral.
Esa reflexión adquiere hoy una resonancia particularmente actual. El ataque contra Irán, que ha desencadenado una peligrosa escalada de consecuencias imprevisibles, parece responder precisamente a esa lógica de simplificación extrema: asumir que los problemas complejos pueden resolverse mediante la fuerza, mientras una narrativa cuidadosamente construida se encarga de justificarlos e imponer una única visión del mundo como norma universal.
La cultura rusa, así como Irán y las culturas del Medio Oriente, siempre han sido para mí referencias fundamentales. Los años de estudio y cercanía con Rusia junto con mis recorridos por las calles y paisajes de Irán, me permitieron comprender con mayor claridad la riqueza y diversidad de esas civilizaciones. Escuchar sus lenguas y reconocer en la vida cotidiana la presencia viva de sus poetas revela formas distintas de concebir el mundo. Se trata de tradiciones milenarias, mucho más antiguas que la modernidad occidental, que han tejido a lo largo de los siglos una cadena propia de valores: una manera particular de entender la dignidad, el conocimiento y el lugar del ser humano en el mundo.
Resulta significativo que, pese a la profundidad histórica y cultural de estas tradiciones, uno de los rasgos más persistentes de la política internacional contemporánea siga siendo la pretensión de imponer la visión occidental como si fuese la única forma legítima de organizar la sociedad humana.
El problema trasciende lo político y termina convirtiéndose en una forma de empobrecimiento intelectual y humano. El mundo ha sido históricamente plural. Existen tradiciones como la persa, la china, la india o la árabe, cuyas raíces milenarias preceden ampliamente a la modernidad occidental y que han desarrollado sus propios sistemas éticos, filosóficos y estéticos.
Cuando esas tradiciones se apartan de los parámetros políticos o ideológicos de Occidente, dejan de ser observadas como expresiones históricas con lógica propia y pasan a interpretarse desde categorías externas que simplifican su diversidad y complejidad. Así, culturas enteras terminan reducidas a estereotipos, asociadas al atraso o convertidas en obstáculos que deben corregirse. El resultado es una mirada cada vez más homogénea sobre el mundo, desde la cual se establecen los modelos culturales considerados aceptables y aquellos que deben transformarse.
Al combinarse esa negación con el poder militar, las consecuencias suelen ser devastadoras. En los últimos días hemos visto ataques contra población civil, destrucción de patrimonio histórico y agresiones sistemáticas contra infraestructura esencial para la vida social. Más allá de la destrucción material, estos hechos revelan hasta qué punto la vida humana y la memoria histórica pueden quedar subordinadas a intereses geopolíticos y relatos construidos desde el poder. Sin embargo, lejos de provocar una reacción moral proporcional, lo que termina predominando es la hipocresía, la evasión y el silencio.
Silencio de gobiernos que prefieren la ambigüedad diplomática.
Silencio de instituciones internacionales paralizadas por el cálculo político.
Silencio de muchos medios que relativizan lo que, en cualquier otro contexto, sería reconocido como una tragedia intolerable.
Ese silencio no es neutral. El silencio también puede convertirse en una forma de consentimiento.
Las consecuencias de estas guerras van mucho más allá del plano militar. En un mundo interdependiente, la violencia se propaga rápidamente hacia la economía global: mercados energéticos inestables, rutas comerciales alteradas, inflación y una creciente incertidumbre financiera. Los conflictos contemporáneos generan ondas de choque que alcanzan incluso a países muy alejados del campo de batalla.
Más inquietante que la guerra misma es el discurso que la legitima. El lenguaje político se llena de eufemismos, como “ataques preventivos”, “equilibrios estratégicos” o “amenazas indirectas”, que buscan convertir la violencia en una necesidad inevitable. Así, poco a poco, lo absurdo empieza a parecer razonable.

Sala principal de lectura de la Biblioteca Estatal Rusa, conocida históricamente como la “Leninka”, en Moscú. La tradición de lectura y formación intelectual continúa ocupando un lugar central en la vida cultural rusa contemporánea. Autor: Kirbase Vselensky – Fuente: Moscowwalks.ru / Biblioteca Estatal Rusa (RSL)
Los hermanos Arkady Strugatsky y Boris Strugatsky imaginaron una civilización marcada por la conversión de la estupidez colectiva en norma social. Nunca la humanidad había tenido acceso a semejante nivel de desarrollo tecnológico, abundancia material y entretenimiento. Y, sin embargo, pocas veces había resultado tan evidente el peligro de que esa abundancia conviva con una alarmante pobreza intelectual y moral.
A medida que la estupidez se normaliza, desaparecen el pensamiento crítico, la reflexión y la capacidad de cuestionar los discursos dominantes. La violencia pasa a asumirse como parte natural del orden del mundo, y la guerra deja de verse como una tragedia humana para convertirse en una decisión lógica, necesaria e incluso justificable.
Ese es, quizás, uno de los rasgos más inquietantes de nuestro tiempo: la expansión de la violencia, la deshumanización progresiva y el deterioro del pensamiento crítico, procesos que terminan volviendo aceptable aquello que debería conmover y horrorizar. Los hermanos Arkady Strugatsky y Boris Strugatsky advirtieron con lucidez el peligro de ese proceso: el momento en que la estupidez deja de ser una excepción y comienza a convertirse en ideal. FIN
