Me pregunto por qué impera el absurdo. Por qué nadie habla de paz, por qué se prolonga la guerra y, sobre todo, por qué hemos terminado aceptando como normal un estado de guerra permanente. ¿Para qué? ¿Cuál es el objetivo?
Es ilógico esperar que Rusia se divida o que caiga Putin. Sin embargo, después de más de cuatro años de guerra, gobernantes occidentales continúan hablando y actuando como si ese desenlace siguiera siendo posible. ¿Cuántos años más apoyarán a Ucrania para continuar la guerra? ¿Esperan que aparezca un nuevo Gorbachov o un nuevo Yeltsin? El pueblo ruso difícilmente permitirá que se repita lo que para muchos fue la humillación y el caos de aquellos años.
¿Son tan impopulares en sus propios países que necesitan una amenaza externa para sostener una gobernanza cada vez más precaria? Una parte de la explicación está en la utilidad política del enemigo. La amenaza consolida: la imagen de una Rusia expansionista genera miedo, cohesiona sociedades divididas, justifica sacrificios y permite presentar decisiones discutibles como inevitables.

La realidad no parece modificar el razonamiento. Las sanciones no provocaron el colapso de Rusia ni produjeron el cambio político esperado. La economía rusa resistió y se adaptó, mientras el Estado mantuvo la continuidad de sus políticas económicas y sociales. Rusia no está dirigida por incompetentes. Cuenta con una estructura estatal capaz de sostener sus decisiones y adaptarse a las circunstancias, algo que Occidente se ha empeñado en subestimar. A pesar de ello, se siguen preparando nuevos paquetes de sanciones. Se insiste en una política que no ha conseguido su objetivo, como si nuevas sanciones pudieran producir los resultados que las anteriores no consiguieron.
Irán vive bajo distintas formas de sanciones occidentales desde 1979. Durante décadas ha soportado presión económica y aislamiento, con la expectativa recurrente de que todo ello provocaría un cambio interno y finalmente la caída del régimen. No ocurrió. En 2026, Estados Unidos e Israel recurrieron directamente a la fuerza militar y atacaron Irán, también en zonas pobladas, causando un elevado número de víctimas civiles. Sin embargo, Irán resiste y responde militarmente. La guerra en torno al estrecho de Ormuz continúa hasta hoy y Teherán ha conseguido poner en jaque a Estados Unidos en un punto estratégico para la economía mundial: ha alterado la navegación, afectado el flujo de petróleo yelevado considerablemente el costo de una guerra que tampoco ha conseguido doblegarlo. ¿Por qué persiste entonces esa obsesión con provocar la caída de gobiernos considerados incómodos?
Cambian los tiempos, pero el mecanismo se mantiene. El miedo ha sido siempre un eficaz instrumento de movilización política. El miedo al comunismo continúa utilizándose; parafraseando a Marx, el viejo fantasma sigue recorriendo el mundo, aunque con nuevos discursos y bajo otras formas. A él se suman otros: el inmigrante, el «terrorista», Rusia o cualquier grupo convertido circunstancialmente en enemigo. Se señala un peligro y se lo utiliza para obtener respaldo social, justificar determinadas políticas, restringir derechos o excluir a quienes piensan diferente.
Una de las contradicciones de la sociedad moderna es que, mientras hace de la defensa de los derechos de las minorías una de sus banderas, cada vez le cuesta más aceptar la diversidad de pensamiento. Quien piensa diferente genera desconfianza y rechazo y, con demasiada facilidad, termina convertido en adversario. Algo similar ocurre con el inmigrante: problemas sociales y económicos mucho más complejos terminan atribuyéndose a un grupo fácilmente identificable.Buscar un responsable sigue siendo un recurso político extraordinariamente eficaz.
Una vez construido el relato, es difícil abandonarlo. Tendemos a aceptar aquello que confirma nuestras ideas y a rechazar lo que las contradice.
La guerra de Ucrania lleva estas contradicciones aún más lejos. Europa sufrió en su territorio la devastación del nazismo y convirtió la memoria de aquella tragedia en uno de los pilares de su identidad política. Sin embargo, apoya a un Estado donde la reivindicación de figuras y organizaciones vinculadas al nacionalismo radical ucraniano y al colaboracionismo de los años cuarenta ha dejado de ser un fenómeno marginal.Bandera y otros dirigentes de la OUN son homenajeados; existen monumentos y calles que llevan sus nombres; se celebran actos públicos y religiosos en su memoria. Organizaciones surgidas de movimientos de extrema derecha, como Azov, fueron incorporadas a las estructuras militares del Estado, mientras símbolos que en otros países europeos serían asociados inmediatamente con el nazismo aparecen allí con sorprendente normalidad.
A ello se suma el carácter cada vez más autoritario y represivo del régimen: partidos prohibidos, medios cerrados o restringidos, limitaciones a la actividad política y a la libertad de expresión, persecución de quienes son considerados colaboradores o enemigos y elecciones suspendidas bajo la ley marcial. Cada uno de estos hechos puede explicarse o justificarse por separado apelando a la guerra, y cualquier cuestionamiento suele ser descalificado como propaganda rusa. Pero, vistos en conjunto, resulta difícil ignorarlos simplemente porque contradicen el relato dominante. La pregunta entonces es inevitable: ¿cuántas pruebas hacen falta para reconocer el contenido ideológico y político de un régimen?
Estados Unidos y la Unión Europea continúan dando respaldo político, financiero y militar a Kiev. Quienes hicieron de la derrota del nazismo una parte esencial de su memoria aceptan hoy en Ucrania manifestaciones que condenarían si aparecieran en un país adversario. Al final, pesan más los intereses geopolíticos. La rusofobia, la iranofobia y el rechazo a quienes han sido convertidos en enemigos terminan pesando más que los principios que se dice defender.
No quieren la paz. Nadie habla seriamente de cómo terminar la guerra; se discute cómo continuarla, cómo financiarla y con qué armas. La paz no es rentable. Ucrania lleva sus ataques cada vez más al interior de Rusia, sobre todo contra objetivos civiles, y Rusia responde atacando fábricas, infraestructura y centros estratégicos en todo el territorio ucraniano. Sin el financiamiento, las armas, la inteligencia y el respaldo político de Estados Unidos y Europa, esta guerra difícilmente podría continuar. ¿Hasta cuándo podrán sostenerla? ¿Qué esperan? ¿Una respuesta nuclear? ¿Hasta dónde están dispuestos a llegar?
La pregunta más lógica apenas se escucha: ¿cómo terminar la guerra? Hablar de negociar resulta incluso sospechoso; quien lo propone corre el riesgo de ser acusado de favorecer al enemigo.La guerra se ha normalizado. Se discute cuánto dinero entregar, qué armas enviar, qué objetivos atacar y qué nuevas sanciones imponer, pero casi nunca cómo detenerla.
¿Cómo hemos llegado a aceptar todo esto sin exigir explicaciones? Parece que ya ni siquiera hacen falta.
En la actualidad, buena parte del discurso político apela más a los sentimientos que a la razón. Ya no importa tanto si una afirmación puede demostrarse; basta con que despierte miedo, indignación o rechazo. Cuando una idea consigue provocar una reacción emocional, los datos pasan a segundo plano.
Paradójicamente, en la era de la información cada vez tenemos menos elementos para conocer otras versiones. Nos alimentamos de aquello que los algoritmos seleccionan para nosotros y de lo que repiten los grandes medios, mientras las voces críticas o alejadas del discurso predominante tienen escasa presencia. El acceso a fuentes rusas es todavía más limitado: cuando aparecen, con frecuencia son descartadas de antemano como propaganda; muchas otras, simplemente, no llegan hasta nosotros. Es parte de la guerra informativa.
Aquello que desconocemos ya no despierta curiosidad ni nos lleva a dudar. Terminamos aceptando lo que confirma nuestras ideas y descartando lo que las cuestiona. Así, lo que escuchamos una y otra vez acaba convirtiéndose en verdad.
Yevgueni Zamiatin (Евгений Замятин) autor de la novela Nosotros, escribió hace más de un siglo:
«Сегодняшние истины — завтра становятся ошибками».
«Las verdades de hoy mañana se convierten en errores».
Zamiatin entendía el peligro de las verdades convertidas en dogmas, aquellas que ya no pueden cuestionarse. Hablaba de los «костыли достоверности», las «muletas de la certeza» que necesitamos para aferrarnos a verdades absolutas.
Ya no se debate: hay una verdad que debe ser aceptada y un enemigo al que culpar. Mientras tanto, las guerras continúan, sigue muriendo gente y aumenta el costo de la vida. Y, como siempre, quienes terminamos pagando las consecuencias somos quienes vivimos de nuestro trabajo.
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