Durante el siglo XIX la economía en América Latina fue una disciplina ligada a los estudios en las facultades de derecho. En su aplicación se sujetó a criterios jurídicos, políticos y a la dependencia cultural de las élites de la región, que veían a los países de Europa y a los Estados Unidos como modelos de modernidad, civilización y progreso. Además, las elementales herramientas sobre contabilidad, comercio, aduanas, tributos, moneda y deudas no despertaron capacidades gubernamentales para promover el desarrollo. Y, ante todo, las economías de la región dependieron de las dinastías terratenientes y las oligarquías de comerciantes y banqueros, incapaces de pensar en un desarrollo capitalista industrial.
En el siglo XX la situación cambió. Se fundaron las primeras escuelas o facultades de economía, como en la Universidad de Buenos Aires de Argentina (1913) aunque propiamente en 1958 se creó la carrera; en Chile, 1924; México, la UNAM (1929); en Brasil: UERJ (1930) y USP (1946); Colombia: Pontificia Universidad Javeriana (1931); Venezuela, Universidad Central (1931) o en Ecuador: Universidad Católica (1949) y Universidad Central (1950). Pero el paso histórico decisivo provino con la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), creada por las Naciones Unidas en 1948.
Para entonces, la consolidación de los Estados Unidos como potencia hegemónica, la expansión del socialismo en Europa del Este y enseguida el triunfo de la Revolución en China (1949), así como el despegue de las economías sociales de mercado con Estados de bienestar en Europa y el inicio de los procesos de descolonización e independencia en Asia y África, crearon el marco propicio para entender al mundo bajo una dualidad en la cual unos países demostraban estar “desarrollados” y otros se habían estancado en el “subdesarrollo”. Por primera vez aparecieron teorías que trataban de explicar ese subdesarrollo que, paradójicamente, provenían de países “desarrollados”. Encontraban el atraso latinoamericano en su geografía, la cultura, la “raza”, las costumbres o el tradicionalismo. A raíz de la Revolución Cubana (1959) se amplió la gama de expertos norteamericanos sobre el tema, entre los que destacó W. W. Rostow con su libro Las etapas del crecimiento económico. Un manifiesto no comunista (1960), que estableció un proceso sujeto a evolución lineal: sociedad tradicional, condiciones previas para el despegue, el despegue (Take-off), camino hacia la madurez, y alto consumo de masas, fase a la que solo habían llegado los Estados Unidos.
Además, como reacción a lo ocurrido en Cuba, el presidente John F. Kennedy lanzó su programa “Alianza para el Progreso” (ALPRO) en 1961, complementado con USAID y los Cuerpos de Paz. No era la primera vez que los EE.UU. se preocuparon por la región: F. D. Roosevelt lo hizo con la Oficina de Coordinación de Asuntos Interamericanos (OCIAA) en 1941; y D. Eisenhower apoyó la creación del BID en 1959. Pero con la ALPRO se inauguró un programa con visión estructural: reformas agrarias, industrialización, capital extranjero, integración económica, programas y servicios sociales e incluso “planificación”, para intentar la superación del subdesarrollo de América Latina.
En ese mismo marco histórico la CEPAL impulsó investigaciones inéditas y formuló otra perspectiva para lograr el desarrollo de América Latina. Bajo el liderazgo de Raúl Prebisch, su Secretario General entre 1950 y 1963, la CEPAL publicó El desarrollo económico de América Latina y algunos de sus principales problemas (1950), que constituyó un verdadero manifiesto de partida. Con el concurso de otros valiosos intelectuales latinoamericanos como Celso Furtado, Aníbal Pinto, Osvaldo Sunkel, Juan Noyola, Regino Boti y María Conceição Tavares, la CEPAL de los años 60 construyó una sólida teoría económica. Comprendió el origen histórico del subdesarrollo, que contradecía todas las teorías que buscaban explicar el atraso de América Latina por su geografía, raza o cultura. Dejó en claro que existía una relación de dependenciaestructural entre los países de la periferia y los del centro, y que de esa relación derivó el desnivel en los términos del intercambio. Creaban condiciones adversas la existencia del latifundio y del minifundio; la estrangulación del mercado interno por los ingresos insuficientes de la población e incluso la ausencia de relaciones asalariadas; el escandaloso “cuadro del subdesarrollo” producido por décadas de insuficiencia en educación, salud, vivienda y condiciones mínimas para la vida; la ausencia de industria. Postulaba la activa intervención del Estado para promover infraestructuras y servicios bajo el marco de la planificación, el cambio de estructuras, la industrialización por sustitución de importaciones (ISI), el proteccionismo relativo, la reforma agraria, el fortalecimiento de los mercados internos, el enfrentamiento al deterioro de los términos del intercambio mediante la integración regional. Los estudios de la CEPAL de aquella época se encuentran en la biblioteca electrónica de la institución.
El pensamiento cepalino fue tildado de “comunista” e incluso confundido como “keynesiano”. Lo paradójico es que una serie de conceptos y estrategias, aunque no en su contenido, coincidían con los planteamientos de la ALPRO. Pero eran visiones distintas. La ALPRO no consideró la dependencia, tampoco una reforma agraria que redistribuyera las tierras, o la industrialización vía ISI e incluso la planificación del Estado y la creación de un sector estatal de economía. Sin embargo, la misma ALPRO fue tildada de “comunista” por las élites tradicionales y oligárquicas latinoamericanas, como ocurrió en Ecuador.
La visión propia de América Latina inaugurada por la CEPAL sirvió de guía para la formación de los economistas, así como para la construcción de una teoría económica independiente de las concepciones de la teoría económica especialmente formulada en los EE.UU., que se presentaba como si tuviera un irremediable carácter universal y “técnico”. Un paso adelante se dio con el surgimiento, durante las décadas de los 60 y 70, de la teoría de la dependencia. Entre sus fundadores están: Celso Furtado, Fernando Henrique Cardoso, Enzo Faleto, Theotônio dos Santos, Eduardo Galeano y tantos otros seguidores en los distintos países. Su tesis central está basada en el estudio de la historia económica de la región. Concluye que desarrollo y subdesarrollo son dos caras de la misma moneda en la historia del capitalismo mundial, donde las relaciones de dependencia agudizaron el atraso e impidieron precisamente el desarrollo. De modo que los países latinoamericanos no podrán desarrollarse mientras no rompan con la dependencia frente al capitalismo central. Y esta concepción fue considerada como genial complemento a la teoría del imperialismo formulada por V. I. Lenin e inspiró largamente los estudios latinoamericanistas.
Desde luego este tipo de reflexiones, que marcaron los pioneros esfuerzos por impulsar la teoría económica desde las realidades de América Latina, han sido combatidos por todo tipo de derechas académicas. Sin embargo, los neoliberales no han podido crear una sola concepción con sentido latinoamericano, limitándose a extender y aplicar las teorías económicas del BM, el FMI y autores como F. Hayek, M. Friedman, W. Eucken. En los hechos, el neoliberalismo comenzó a imponerse con las dictaduras terroristas del Cono Sur. Actualmente el caso de los libertarios anarcocapitalistas es peor y resulta patético, pues se limitan a seguir a autores como L. Mises, M. Rothbard, D. Friedman, H.H. Hoppe (y en su estilo al presidente argentino Javier Milei), que crearon ideologías económicas basadas en especulaciones y en las realidades de los países centrales (especialmente EE.UU.), bajo el único propósito de enfrentar al “comunismo”, al marxismo y a los “zurdos”.
Artículo de Opinión firmado por Juan Paz y Miño Cepeda
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