
La cooperación bilateral entre China y Ecuador en materia de infraestructura ha sido objeto de múltiples interpretaciones, muchas de ellas condicionadas por prejuicios ideológicos más que por análisis técnicos rigurosos.
En este contexto, la central hidroeléctrica Coca Codo Sinclair (CCS) ha sido blanco recurrente de críticas que omiten los fundamentos técnicos.
El impacto macroeconómico positivo del proyecto y su papel estructural en la seguridad energética del país ha sido fundamental. Coca Codo Sinclair, con una capacidad instalada de 1.500 MW, es la mayor central hidroeléctrica en operación en el Ecuador y ha sido determinante para sostener la demanda nacional desde su entrada en operación en 2016, permitiendo una significativa reducción del uso de combustibles fósiles para generación eléctrica.
Desde el punto de vista de política pública, Coca Codo Sinclair representa un hito en la transición energética ecuatoriana. Ha permitido al país alcanzar una matriz energética con más del 90% de generación renovable en condiciones normales de hidrología, posicionando a Ecuador como un referente regional.
Esta central no solo abastece una parte sustancial de la carga base, sino que además ha generado excedentes exportables que contribuyen positivamente a la balanza comercial y fortalecen la integración energética regional con Colombia y Perú.
En términos técnicos, el diseño de CCS responde a estándares internacionales y se basa en un aprovechamiento del caudal medio anual del río Coca, con una regulación operativa que maximiza la eficiencia del recurso hídrico disponible.
No obstante, el debate público ha sido desviado hacia elementos técnicos aislados, como las fisuras detectadas en los distribuidores de presión. Estas observaciones, lejos de comprometer la integridad estructural de la central, forman parte del ciclo natural de ajuste, verificación y reparación que toda infraestructura de gran escala requiere durante sus primeros años de operación. Las fisuras fueron identificadas antes del traspaso oficial y están cubiertas por garantías contractuales. De hecho, este proceso está siendo acompañado por estudios especializados, supervisión técnica continua y un régimen de operación precautorio que garantiza la confiabilidad del sistema.
Resulta metodológicamente inapropiado extrapolar este tipo de observaciones técnicas para deslegitimar la totalidad del proyecto o la cooperación con China en general.
La narrativa que presenta a Coca Codo Sinclair como una “obra fallida” ignora su operación sostenida durante más de una década, la ausencia de incidentes mayores, y el hecho de que, incluso en escenarios de estrés hídrico, ha continuado generando energía con niveles de eficiencia superiores al promedio de las plantas del sistema. Esta selectividad interpretativa también pasa por alto que muchos proyectos financiados por multilaterales tradicionales han enfrentado problemas similares —o peores— sin haber generado reacciones públicas de la misma magnitud.
A nivel geoeconómico, la participación de China como socio estratégico en el desarrollo de infraestructura ecuatoriana ha permitido diversificar las fuentes de financiamiento y reducir la dependencia de organismos multilaterales con lógicas condicionales que históricamente han limitado la soberanía de los países del sur global. Lejos de constituir una forma de dependencia, la relación con China ha ofrecido condiciones más flexibles, financiamiento no atado, y una transferencia tecnológica relevante, especialmente en sectores como energía, telecomunicaciones y transporte. Esta cooperación debe ser analizada desde una perspectiva de desarrollo soberano, no desde marcos ideológicos exógenos que distorsionan la realidad nacional.
El verdadero problema energético del Ecuador no radica en las obras ejecutadas con financiamiento chino, sino en la falta de continuidad en la inversión pública, la paralización de proyectos estratégicos como Cardenillo y Santiago, y la ausencia de una política energética sostenida. El actual déficit energético es producto de la inacción y de decisiones políticas que abandonaron la planificación de largo plazo. En este sentido, Coca Codo Sinclair ha sido más una salvaguarda que una amenaza: sin su capacidad instalada, los cortes eléctricos y el uso intensivo de térmicas hubiesen sido aún más severos y costosos.
Coca Codo Sinclair no es únicamente una central hidroeléctrica; es un activo estratégico para el desarrollo nacional. Representa una inversión de largo plazo que continúa generando valor, tanto en términos técnicos como económicos y geopolíticos. Defender su legado no implica negar los desafíos técnicos inherentes a su mantenimiento, sino comprender su rol sistémico dentro del ecosistema energético ecuatoriano. La cooperación con China ha permitido materializar infraestructuras que de otro modo no hubiesen sido viables, y su contribución al desarrollo del país debe evaluarse con base en evidencia empírica, no en discursos ideológicos.
FIN
