Fernando Cerimedo, dueño del cincuenta por ciento de las acciones de La Derecha Diario (el otro cincuenta le pertenece a Javier Negre), ha sido acusado de intentar asesinar a su pareja sentimental Nadia Beller. Los posteriores allanamientos, declaraciones de la víctima y el desbloqueo del celular de Cerimedo, dejaron al descubierto y actualizaron la discusión sobre la estrategia comunicacional de las noticias falsas, en todas sus modalidades, alimentadas por granja de troles y el uso inescrupuloso de la inteligencia artificial, destinada a debilitar gobiernos, reventar elecciones o enlodar el debate cultural.

En 1984, de George Orwell, existe un Ministerio de la Verdad que propaga las tres consignas partidarias: «La guerra es la paz / La libertad es la esclavitud / La ignorancia es la fuerza». En Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, hay un Departamento de Incendios encargado de quemar libros porque causan desazón y es preferible conformarse con la verdad oficial de los medios. En la novela gráfica V for Vendetta, de Alan Moore y David Lloyd, existe un solo noticiero llamado La voz del destino (The Voice of Fate) que, copando todos los espacios, informa a la población, según el libreto del gobierno. En estas distopías hay un elemento común: la democracia liberal ha sido reemplazada por el régimen autoritario y el diálogo político es inexistente. En la novela de Bradbury la salvación reside en la preservación de la memoria de los seres humanos.
No se llegó por azar a tales sociedades distópicas. Se llegó por una destrucción sistemática del diálogo democrático y la entronización de lo que se ha dado en llamar posverdad, es decir, la justificación de la mentira en el debate público, esgrimida como una política comunicacional durante la primera administración de Trump y normalizada impunemente hasta hoy. Ya desde entonces, el diálogo democrático se vio enlodado por el uso sin autorización que hizo Cambridge Analytica de perfiles de Facebook, que luego utilizó para redireccionar propaganda específica, perfilada, y noticias falsas contra Hillary Clinton y los demócratas. Un ejemplo adicional de la manipulación de Facebook y Twitter es el el tristemente célebre Pizzagate, promovido por Michael Flynn Jr., asesor de su padre en el equipo de transición de la primera administración de Trump, quien tuvo el descaro de decir que «Mientras no se pruebe que el #Pizzagate es falso, seguirá siendo una noticia». Obviamente, el rumor de que había niños secuestrados en una pizzería de Nueva York por los demócratas era mentira.
El descubrimiento de una mini granja de troles en la vivienda de Cerimedo solo comprobó la forma de operar de estos sicarios digitales. La granja de troles alimenta las noticias falsas e insultos a partir de miles de cuentas administradas por un operador, de tal manera que se crea tendencias de manera artificial y se influye en la percepción ciudadana. Las redes sociales se llenan de lodo y vuelven imposible el diálogo democrático en la medida en que no se puede dialogar con cuentas con identidades falsas cuyo administrador es un ser clandestino al que no le interesa del debate público sino la implantación de una idea. Como en Inception (El origen), dirigida por Christopher Nolan, de lo que se trata es de sembrar una idea —sin la sofisticación de la película de Nolan— amplificada por la granja de troles de tal forma que parezca una ideal popular. La verosimilitud del rumor es lo de menos una vez que se convierte en tendencia. Así, los sicarios digitales asesinan la verdad.
El sistema está creado, como en 1984 o en V for Vendetta, para generar un mecanismo de dominación que reescriba la historia e implante las ideas convenientes para los intereses de los oligarcas que gobiernan el mundo. La granja de troles es uno de los más poderosos instrumentos utilizado para reventar cualquier proceso democrático y destruir el diálogo político. Así, los que contratan granjas de troles piensan como Adam Susan —Adam Sutler en la adaptación cinematográfica de 2005—, el líder en V for Vendetta que está obsesionado con Fate, el ordenador encargado de la vigilancia estatal: «Creo en la fuerza. Creo en la unidad. Y si esa fuerza, esa unidad de propósito, exige una uniformidad de pensamiento, palabra y obra, que así sea».
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