Más de 200.000 pasajeros al día se deslizan bajo tierra en la capital de Ecuador. Arriba, en la superficie, la ciudad vuelve a latir.

Natividad Domínguez se presenta con una sonrisa larga y franca: “Soy salchipapera”. Lleva cuatro décadas friendo papas y salchichas en el centro histórico de Quito y asegura que conoce cada esquina, cada sombra y cada atajo de este laberinto de piedra. Todo, menos el metro. “¡Es que me da cositas!”, dice entre risas, encogiendo los hombros con timidez. “Me da miedo… pero me ha cambiado la vida”.
No lo usa. Ni siquiera para acercarse a su casa, al sur, en el sector de Lucha de los Pobres. Pero desde que el metro empezó a operar, hace poco más de dos años, su negocio resiste. “La gente ha vuelto”, resume. Antes, el centro se vaciaba. Llegar en vehículo era un suplicio sin parqueo; en bus, una prueba de paciencia. “La gente dejó de venir”, dice, como si recitara la crónica lenta del abandono.

El centro histórico de Quito —declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la Unesco en 1978— no es solo un lugar; para muchos es la memoria viva de la ciudad. Caminarlo es retroceder en el tiempo. Las calles empedradas castigan los tobillos, las veredas son estrechas, y en el aire se mezclan el incienso de las iglesias, el sahumerio de los puestos ambulantes y el aceite recalentado de la comida callejera. Aquí se vende todo, incluso lo innombrable, esos objetos sin etiqueta ni categoría que, sin embargo, siempre encuentran comprador. Es un mercado sin fin, un inventario vivo de lo posible.
El corazón late en la Plaza de la Independencia, donde conviven los poderes: el palacio de Gobierno, la catedral, el municipio. Pero el pulso ha cambiado. Desde las medidas de seguridad del Gobierno, las bancas junto al monumento están cercadas con vallas metálicas. Los viejos ya no se sientan a ver pasar la tarde. A una cuadra, sin embargo, otro flujo ha tomado el relevo: la estación San Francisco, de donde salen pasajeros a cada minuto.
“El centro volvió a vibrar”, dice Natividad Domínguez. “Jamás había visto tanta gente como ahora. Hay fiestas, misas, música, teatro…” El renacimiento tiene, sin embargo, su propia competencia: “Ahora somos muchas más salchipaperas. Antes éramos cuatro, ahora hay al menos 18”.
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