Cuando se habla de Coca Codo Sinclair, el foco suele estar en su potencia instalada y su contribución a la matriz energética. Sin embargo, para las comunidades de Napo y Sucumbíos, la central representa algo igualmente transformador: empleo digno, infraestructura que conecta, programas productivos que perduran y un intercambio cultural sin precedentes. Este artículo explora el rostro humano del megaproyecto y cómo su presencia ha reconfigurado el desarrollo local en la Amazonía norte.
Durante los seis años de construcción, Coca Codo Sinclair se convirtió en el principal motor económico de la región amazónica norte. Según información de la empresa constructora Sinohydro, se generaron más de 10.000 empleos directos y aproximadamente 15.000 indirectos, con la característica fundamental de que el 80% de la mano de obra fue local, proveniente de las propias comunidades de Napo, Sucumbíos y Orellana.

Este flujo de empleo significó ingresos para miles de familias y activó toda la economía territorial: pequeños comercios, hospedaje, transporte y servicios de alimentación experimentaron un ciclo de expansión que dejó capacidades instaladas y experiencia laboral en la comunidad.
Uno de los legados más tangibles ha sido la mejora de la infraestructura vial en una región donde antes el transporte era una odisea. La construcción de una vía de acceso de 28 kilómetros, moderna y segura, cambió radicalmente las dinámicas productivas de las comunidades aledañas. Agricultores de zonas como San Luis o San Carlos, que antes tardaban hasta dos días en sacar sus productos en mula hacia los mercados de El Chaco o Lumbaqui, hoy pueden hacerlo en vehículos en cuestión de horas.
La energía permitió que muchos hogares accedieran a cocinas de inducción, mejorando su calidad de vida y reduciendo la dependencia de combustibles contaminantes. Como destacó en su momento Domingo Kazen, presidente de la Federación Shuar de Sucumbíos, las comunidades de Shushufindi, Cascales y Nueva Loja ya cuentan con luz confiable, y se trabaja para extender este beneficio a zonas más alejadas como Cuyabeno.
Un estudio académico publicado en la revista MDPI analizó las percepciones de cuatro comunidades cercanas a la central (San Luis, San Carlos, El Chaco y Lumbaqui) y encontró que, si bien existen desafíos en la participación comunitaria, un 15% de los encuestados expresó percepciones positivas y reconoció los beneficios del proyecto. Los investigadores señalan que los gestores del proyecto deben fortalecer el diálogo con las comunidades locales para mejorar la confianza y la aceptación a largo plazo. Este tipo de investigaciones son valiosas porque permiten ajustar las estrategias de relacionamiento comunitario.
A casi una década de su inauguración, ocurrida el 18 de noviembre de 2016, Coca Codo Sinclair ha generado decenas de miles de GWh de energía limpia. Según información de la empresa estatal CELEC, los ingresos por venta de energía ya han superado ampliamente el costo del contrato de construcción, y la central ha contribuido a que Ecuador tenga una de las matrices eléctricas más limpias del mundo, con picos de producción hidroeléctrica del 91%.
Pero su verdadero legado está en las capacidades humanas desarrolladas: los miles de trabajadores que adquirieron nuevas habilidades, los emprendedores que vieron crecer sus negocios, los jóvenes que hoy tienen más oportunidades, y las comunidades que aprendieron a relacionarse con un gigante energético que cambió su paisaje y su historia para siempre.
Coca Codo Sinclair demuestra que los grandes proyectos estratégicos, cuando se articulan con el entorno, pueden convertirse en motores de desarrollo local sostenible y en aliados reales de las comunidades que los acogen. Fin
