Hola a todos, soy estudiante del Centro Cultural del Idioma Chino ELPANGUI, me llamo JUEPA WAMPASH MAYLI SAMANTA y mi nombre chino es Meili. A los diecisiete años, crucé medio planeta desde Ecuador para estudiar en la Universidad de Tongling, en China. Fue la decisión más difícil y a la vez más valiente de mi vida. Al principio, la barrera del idioma, la cultura desconocida y la nostalgia llenaban cada día de incertidumbre y soledad. Sin embargo, fue precisamente en esta tierra que parecía tan lejana donde conocí a la persona a la que estaré agradecida toda la vida: mi profesora de chino Srta Liu, quien también se convirtió en mi “guardián” en China.
Como en ese entonces era menor de edad, ella se convirtió en mi tutora. Pero su papel fue mucho más allá de lo académico. Se dio cuenta de que no tenía ropa adecuada para el clima local y tampoco contaba con recursos económicos temporales, así que silenciosamente me preparó abrigos para el invierno y me brindó apoyo en mi vida diaria. Con paciencia me dio clases adicionales de chino; cada explicación detallada, cada mirada de aliento, me ayudó a encontrar el camino en el laberinto del idioma. Pero lo más importante fue que me dio una sensación de seguridad: una calidez de ser comprendida y cuidada, que hizo que ya no me sintiera sola en una tierra extranjera.

Bajo su compañía, no solo aprendí chino, sino que también me adentré en el núcleo de la cultura china. Recuerdo la primera vez que cené con su familia: los platos humeantes sobre la mesa redonda, todos compartiendo libremente con los palillos. En ese momento comprendí de repente que aquello no era solo una comida, sino toda una filosofía de vida basada en el “compartir”: preocuparse por los demás, valorar lo colectivo y reflejar el sentido humano en los detalles más pequeños. Era diferente a la cultura de mi país, pero me conmovió profundamente.
En China, también noté el estilo de vida dinámico de los jóvenes. Ya fueran los que corrían por el campus al amanecer o los que jugaban bádminton después de clase, el deporte era parte de su rutina diaria. Esto no era solo ejercicio físico, sino también una muestra de autodisciplina, equilibrio y una actitud positiva hacia la vida. Ellos estudian con diligencia, pero también saben cuidarse a sí mismos, una actitud que me inspiró mucho.
Hoy, al mirar atrás, siento un profundo agradecimiento. Para mí, China no fue solo un lugar de estudio, sino una escuela para la vida. Aquí experimenté el choque cultural, pero también recibí calidez humana; aprendí a perseverar y adaptarme, y comprendí el poder de la bondad y la confianza. Mi profesora, con sus acciones, me enseñó que la educación no solo transmite conocimiento, sino que también toca el alma con el alma.
Por eso, cuando me preguntan “¿cómo ves a los profesores o a los jóvenes chinos?”, siempre pienso en ella: esa profesora ordinaria pero llena de luz. Ella me hizo ver que la calidez de la sociedad china no solo se refleja en su rápido desarrollo o en su larga historia, sino que también se esconde en la bondad cotidiana de la gente común. Ella representa un espíritu que dice: no importa de dónde vengas, si lo necesitas, siempre habrá alguien dispuesto a tenderte la mano y acompañarte en un tramo del camino.
Esta experiencia ha forjado a quien soy hoy. Espero poder volver a China algún día para darle las gracias en persona, y también para transmitir adelante este calor que traspasa fronteras. Porque un buen maestro, una buena educación, nunca se limita por el idioma o la cultura: construyen puentes, conectan almas e iluminan nuestras vidas mutuamente. Fin
