Las interacciones que incluyen voz crean vínculos emocionales más fuertes, mientras en la comunicación escrita son más posibles los malentendidos y, además, no se pueden resolver al momento.
El móvil vibra de forma inesperada. En la pantalla aparece un mensaje: llamada entrante. Contestarla requiere de un gesto simple, aunque cada vez para más personas resulta complicado. Se opta por no contestar; ya, si eso, luego se enviará un mensaje. Y si el remitente es desconocido, ni se duda.
El mensaje está ganando por goleada a las llamadas al haber numerosas aplicaciones que facilitan el contacto escrito y al considerarse menos intrusivo, entre otras ventajas. Pero hay un punto importante a considerar en lo que refiere a las relaciones: las llamadas de teléfono generan más conexión. Y esto, quizás, es algo a tener muy en cuenta ante la queja frecuente de que las relaciones se han vuelto más superficiales.
Enviar un mensaje se ha convertido en algo demasiado fácil, rápido y cómodo. Ya sea porque se va con prisas, porque no se quiere interrumpir, porque es asíncrono, porque llamar genera incomodidad, porque permite pensar más lo que uno dice… el texto se prefiere a la voz en el uso del teléfono para comunicarnos. Aunque se cuenta con emojispara aportar un tono emocional y con un código no escrito que funciona como comunicación no verbal, los mensajes dejan más espacio a la imaginación y eso puede ser bueno… o no.
Ante la falta de determinada información, el cerebro tiende a rellenar los huecos en blanco. ¿Ese “vale” fue con entusiasmo o con desgana? ¿Si no contesta es que está enfadado? Los malentendidos son más posibles y la comunicación asíncrona hace que no se puedan resolver al momento.
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