Recordó que la comunicación busca el entendimiento, que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos.

Cuando el jurado del Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales de 2003 encontró entre los candidatos el nombre de Jürgen Habermas, reconoció sin ambages que no entraría a formar parte de la historia en el futuro, sino que estaba ya en la historia, era ya una cumbre de nuestro tiempo. Y así ha sido.

Habermas ha mostrado con su extraordinaria obra, entre otras muchas cosas, que las humanidades y las ciencias sociales son imprescindibles para construir sociedades emancipadas, libres de ideología. Como miembro de la Escuela de Fráncfort intentó superar el triunfo de la razón instrumental, que todo lo mercantiliza, todo lo convierte en objeto, en medios para otros fines, de modo que a los seres humanos nos resulta imposible ponernos de acuerdo en fines últimos y construir juntos una mejor sociedad.

El camino para lograr esa superación fue la Teoría de la Acción Comunicativa, que descubre la entraña dialógica de los seres humanos, el mundo de la intersubjetividad, que —como bien decía Hannah Arendt—, nunca debería ser dañada.

Junto a Karl-Otto Apel, su maestro y amigo entrañable, Habermas recordará que la comunicación busca el entendimiento, la Verständigung. Que la razón es, en el fondo, voluntad de entendimiento entre quienes se reconocen como interlocutores válidos.

Sin ejercer ese poder comunicativo, que es también una forma de poder, la democracia es imposible, porque es imposible el ejercicio de la razón pública mediante una política deliberativa.

En estos tiempos en que la democracia se encuentra en horas bajas en el nivel mundial, no digamos ya la fortaleza de la Unión Europea, que parece incapaz de encontrar acuerdos, recordar este núcleo de la filosofía habermasiana y ponerlo en vigor se hace necesario.

Ese núcleo se amplía a una teoría crítica de la sociedad, una ética comunicativa, una teoría normativa de la democracia deliberativa, una reflexión sobre el Estado democrático de Derecho, necesario para proteger los derechos humanos e inevitablemente posnacional, el proyecto de una Europa vigorosa, comprometida con los derechos políticos y sociales a diferencia de China o Estados Unidos, y un futuro cosmopolita.

Ciertamente, Habermas es un humanista que dialoga con las propuestas relevantes de filosofía y de ciencias sociales, incluida la discusión sobre el papel de las religiones en un mundo postsecular. Pero también con las ciencias naturales en asuntos como las biotecnologías o la defensa de la libertad frente a corrientes neurocientíficas que hoy resucitan el positivismo de los sesenta y apuestan de nuevo por el determinismo, cuando la libertad es el núcleo de la sociedad abierta.

Desde ese humanismo apuesta por un cosmopolitismo incluyente a través de la vía europea, que sigue siendo la gran opción. De hecho, en el discurso de recepción del mencionado premio Príncipe de Asturias 2003 Habermas recuerda unas palabras de Krause de 1871: “Debes ver a Europa como tu patria mayor y más próxima, y a cada europeo como tu (…) compatriota en el nivel superior más próximo”. Un proyecto común de Europa —añadirá Habermas por su cuenta— “no puede ser derribado en el último momento por egoísmos nacionales”.

Y todo ello, ¿desde dónde? Según cuenta Habermas, Marcuse y él se preguntaban cómo explicar la base normativa de la teoría crítica, pero Marcuse no respondió hasta la última ocasión en que se encontraron, dos días antes de su muerte, ya en el hospital. “¿Ves?”, le dijo “Ahora ya sé en qué se fundan nuestros juicios de valor más elementales: en la compasión, en nuestro sentimiento por el dolor de los otros”.

Con información de El País

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