Conocí la obra de Jesús en abril de 2007, en la exposición Espacios significantes. Desde entonces me interesó esa reflexión sobre la vida que atraviesa sus esculturas y que se transforma con sus propias búsquedas e inquietudes. En aquellos años exploraba especialmente la relación entre el vacío y el espacio. En una entrevista expresó que «el vacío deja de ser simplemente el espacio que rodea a la escultura y pasa a formar parte de la propia obra». El vacío adquiere presencia y el espacio, significado.
En ese momento predominaban en su trabajo el acero, la lava volcánica, la madera, el mármol, el hierro y las resinas. Me sedujo el manejo de las formas en todos estos materiales. Hay en ellas una maestría extraordinaria: son sencillas, exactas y tienen un movimiento natural; evocan la naturaleza, mientras un toque de color cambia la perspectiva y la manera de percibirlas.
Una amiga rusa me preguntó hoy qué significaba una obra determinada. Le respondí: «Siéntela primero y luego reflexiona sobre lo que te transmite». Para mí, valorar una obra de arte siempre empieza por sentirla. No siempre podemos expresar con palabras las sensaciones que nos provoca un cuadro o una escultura.
Así fue también mi relación con Cosmos, una escultura que adquirí en aquella exposición y que desde entonces forma parte de la identidad de mi casa. Primero estuvo lo que me hizo sentir: fuerza, resistencia, fortaleza e ímpetu y, al mismo tiempo, delicadeza, armonía y una leve fragilidad. Después vino la reflexión. No veo en ella una abstracción del cosmos, sino un juego de relaciones entre masa y vacío, vertical y horizontal, curva y recta, materia natural y materia industrial. La lava volcánica aporta algo terrestre, primigenio; el acero inoxidable, la geometría construida por el hombre, mientras el vacío articula ambos elementos. El espacio entre las formas deja de ser ausencia y se convierte también en parte de la escultura.

La amistad con Jesús se fue desarrollando a partir de aquella exposición. He asistido a sus exposiciones posteriores, hemos celebrado algunos cumpleaños juntos —nacimos el mismo día— y he podido apreciar su constante exploración de nuevas formas y materiales. No ha perdido la curiosidad por el conocimiento ni el deseo de aprender y desarrollar nuevas habilidades. Jesús presta especial atención a los detalles, y eso se aprecia también en la manera de presentar sus exposiciones. Sus catálogos son un ejemplo: de alta calidad tanto en la forma como en el contenido, acompañan y complementan su trabajo como escultor.
La exposición de 2016 no dejó una huella particular en mis emociones. Recuerdo animales y formas de gran tamaño.
Ya en la «vejez», Jesús se obligó a aprender a tocar el violín. Siempre fue amante de la música y trabajó con empeño hasta lograr sacarle notas al instrumento. El trino es una de sus referencias musicales: vive rodeado de pájaros y naturaleza, y encuentra en sus sonidos una fuente de inspiración.
El 1 de agosto de 2026, inauguró la que ha llamado «su última exposición», titulada La Música. En unas palabras breves y sentidas recordó y agradeció a aquel maestro que le puso la nota que le faltaba, precisamente en escultura, para poder aplicar a una beca en Italia. Ante un pedido tan poco común, Jesús se comprometió a consagrar su vida a la escultura para merecer aquella nota que el maestro había decidido darle. También señaló que «no hará más escultura; que hace un año fue a la Isla de Pascua para agradecer a los moáis esta hermosa vida de escultor y entregar la posta al siguiente». Jesús se despide así de la escultura, agradecido por una vida entera dedicada a ella, cerrando una etapa que lo acompañó y definió durante décadas. No parece una despedida triste, sino la serenidad de quien siente que ha cumplido su camino y puede entregar la posta.
En el recorrido por las dos salas donde están expuestas las 18 piezas, hemos sentido la música a través de las formas físicas. Hay razón, pero también emoción y sentido. Como escribe el propio Jesús: «La serie La Música es, ante todo, el resultado del pleno ejercicio de mi libertad como escultor y mi pequeño aporte a la inconmensurable experiencia creativa humana».
Me gustó particularmente Rapsodia en azul. La atención se concentra en un gran círculo metálico atravesado por líneas verticales y horizontales. Los círculos azules, de diferentes tamaños, dan ritmo y movimiento a la obra. Todos son distintos en tamaño, forma, profundidad y contenido. Pareciera que estás escuchando una composición musical: un mismo motivo, como una nota, aparece, cambia y vuelve a encontrarse. Hay un contraste entre la geometría del gran círculo y la irregularidad de las formas y texturas de su interior. Los espacios vacíos quedan contenidos dentro de los círculos y entre las líneas, creando una integración armónica. Si las condiciones de mi vida fueran otras, adquiriría esta obra. Me imagino las distintas sensaciones que podría generar al formar parte de una casa y de su vida cotidiana.

Jesús es un hombre de profunda humanidad, y esa humanidad se refleja tanto en su trabajo como en su forma de mirar la vida. Un poco gruñón, sí, pero estudioso, inquieto y especialmente sensible a la realidad que vivimos. Intolerante con las injusticias, le preocupan los conflictos y el sufrimiento humano. Es curioso por naturaleza; sigue lo que pasa en este convulso mundo, en el fin de una era y el nacimiento de algo que aún no podemos definir. Busca entenderlo, reflexiona y pregunta. Esa inquietud permanente se refleja también en su trabajo: siempre está buscando nuevas formas y maneras de expresarse, aun desde materiales que lo han acompañado durante años, como el acero.
A lo largo de estos años hemos compartido conversaciones, sabores y nos hemos deleitado con su música. Siempre le envío fotografías de mis visitas a los museos rusos y de otros lugares que voy conociendo; las últimas fueron de Zacatecas. Es una manera de compartir con él aquello que me interesa, me sorprende o me emociona, sabiendo que siempre encontrará algo que mirar, comentar o descubrir. A sus años sigue aprendiendo, experimentando y buscando. Detrás del rigor de las formas y de la dureza de la piedra y el metal está siempre su sensibilidad y su manera de mirar la vida.
El contenido y los criterios expuestos en este artículo son responsabilidad exclusiva del autor y no comprometen la línea editorial ni la postura institucional del medio.
