Catalina Gil Pinzón

Nunca es deseable que en una democracia un gobierno civil promueva con tanta frecuencia gestos y lenguaje militar como identidad política. La militarización del relato político es un riesgo silencioso para la democracia.

Si algo dejó claro desde la campaña electoral el presidente Abelardo de la Espriella es que el lenguaje y el simbolismo militar serían centrales en su gobierno. Todos sus trinos, videos o apariciones en medios terminaban con el ya famoso “¡Firmes por la Patria!”, acompañado del saludo militar, ya fuera haciéndolo él mismo o con el emoji que evoca ese gesto. Además, todo esto lo acompañaba de un discurso con un aparente apoyo irrestricto a la Fuerza Pública.

Mientras estaba en campaña, ese lenguaje podía sonar a lo que muchos buscaban: patriotismo, un discurso de fuerza y orden frente a la inseguridad, un presidente que habla duro. Incluso ahora, que apenas empieza su Gobierno, todo esto puede seguir pareciendo inofensivo y trivial frente a tantas otras cosas urgentes que pasan en el país. Pero no olvidemos que nunca es deseable que en una democracia un gobierno civil promueva con tanta frecuencia gestos y lenguaje militar como identidad política, y, mucho menos, que se venda como el defensor irrestricto de la Fuerza Pública. La militarización del simbolismo y el relato político es un riesgo silencioso para la democracia, así se disfrace de patriotismo.

Repasemos lo que hemos visto hasta ahora para entender mejor el porqué de esta alerta. En su discurso del 20 de julio, confirmó que se posesionaría en una guarnición militar para honrar a policías y militares, los verdaderos héroes de la patria. Afirmó que sería el primer defensor de ellos, que nunca estarían solos y que no volverían a temer por hacer cumplir la ley. Algo en la misma línea repitió en su discurso de posesión, celebrado en el Cantón Militar Pichincha: pidió a policías y militares tener la certeza de que su gobierno los protegería como se debe hacer con los héroes de Colombia, y les brindaría todas las garantías jurídicas para que no sean perseguidos por cumplir con su deber. Les prometió un defensor “de todas las horas”, y afirmó que en sus manos está una parte esencial de la construcción de la “patria milagro”.

Todo esto puede sonar muy patriota y, aparentemente, necesario para enfrentar la inseguridad y sostener la democracia. Pero no lo es. En una democracia como la colombiana, el presidente es el comandante en jefe de las Fuerzas Militares y la Policía: alguien que da dirección, ejerce mando y también supervisa y exige rendición de cuentas. Eso es muy distinto a ser su defensor o su abogado. Las fuerzas de seguridad no son instituciones privadas y no necesitan defensores acérrimos. Eso, de hecho, es peligroso. No olvidemos que son cuerpos uniformados, armados, jerárquicos, con formación castrense y precisamente por eso deben tener clarísimos sus límites y las consecuencias cuando los incumplen, al menos en una democracia. Y ponerlas como pieza esencial en la construcción de “la patria milagro”, el proyecto personal de este presidente, es igual de problemático porque convierte a una institución que debe ser neutral frente a cualquier gobierno en una pieza al servicio de un relato individual.

Honrar y respaldar a la Fuerza Pública no es una competencia por ver quién las quiere más, quién las defiende con más fervor, quién es más permisivo o usa más prendas militares. Honrarlas y respaldarlas es buscar mejores salarios, mejores condiciones laborales, un mejor funcionamiento institucional, junto con veeduría, controles y consecuencias claras cuando hay abusos. Ese equilibrio, no la devoción incondicional, es uno de los ingredientes de una democracia sólida.

Y a ese relato discursivo se suma un uso, y abuso, del saludo militar. A veces puede parecer inocuo, incluso gracioso o poco relevante, pero no lo es. Y no hablo solo de su foto oficial, la que hoy cuelga en oficinas, embajadas y su cuenta de X, con la banda presidencial y el saludo militar. Hablo también de la foto con la que presentó a su gabinete y de la que se compartió desde la cuenta del Ministerio de Defensa anunciando nombramientos. Ministerio que, nuevamente, vuelve a estar liderado por un militar retirado, opacando el liderazgo civil en seguridad.

Todo esto puede ser un buen show, una provocación calculada, una forma de mostrarse como el mayor aliado de la Fuerza Pública. Pero sea cual sea la razón, esto se puede salir de las manos. Esas imágenes, esos gestos diarios, deberían incomodar más de lo que incomodan. Sospecho que sí lo hacen, a puerta cerrada, en privado, incluso entre quienes lo votaron, pero pocos lo dicen en voz alta. Posiblemente por no parecer del otro bando, que es justo lo que alimenta la polarización extrema, y lo que necesita esa identidad militar: un adversario para existir.

Ojalá esto se desgaste solo, y no se normalice, ni se replique, ni se comience a exigir como estándar. Porque a medida que callamos o ignoramos esta identidad político-militar que va adquiriendo el gobierno, se nos hará más normal, y esa lógica terminará pesando más que la civil. Y eso, difuminar la línea entre lo civil y lo militar, es algo que ninguna democracia se puede permitir.

Con información de El País


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