Inés Ortiz V
Las ruinas de la memoria rara vez aparecen en el encuadre de la guerra.
Mientras las cámaras siguen los movimientos militares y los discursos justifican decisiones políticas, la devastación del patrimonio cultural de la humanidad suele quedar reducida a una nota marginal, a un dato reservado para especialistas o arqueólogos.

Gran Mezquita de Isfahán, Isfahan, Irán / Foto: Wikimedia Commons / Autor: Diego Delso
Eso es lo que está ocurriendo hoy en Irán.
Los ataques iniciados el 28 de febrero por Israel y Estados Unidos han vuelto a poner en evidencia una dimensión de la guerra que rara vez ocupa titulares: la destrucción del patrimonio cultural de la humanidad.
Irán es uno de los países con mayor densidad patrimonial del planeta. Con 29 sitios inscritos en la lista del Patrimonio Mundial de la UNESCO, concentra una parte extraordinaria de la memoria histórica de la humanidad.
Según denuncias iraníes difundidas por la agencia EFE, al menos 59 monumentos y lugares históricos han sido afectados por ataques directos o por las ondas expansivas de las explosiones.
Tuve el privilegio de visitar Irán hace exactamente un año. Las emociones que me dejaron los sitios históricos que recorrí siguen todavía muy frescas. Quizá por eso me duele aún más la destrucción que hoy golpea a esos lugares.
En el corazón de Teherán se levanta el Palacio de Golestán, uno de los conjuntos más refinados de la arquitectura persa y Patrimonio Mundial de la UNESCO. Sus salones, famosos por los mosaicos de espejos que multiplican la luz en miles de reflejos, presentan hoy daños en ventanas, arcos y decoraciones.
En Isfahán, la plaza Naqsh-e Jahan —uno de los conjuntos urbanos más extraordinarios del mundo islámico— también ha sufrido los efectos de explosiones cercanas. Allí se encuentran monumentos como el Palacio Chehel Sotoun, el Palacio Ali Qapu y la Mezquita del Viernes, con más de mil años de evolución arquitectónica.
Más al oeste, en los montes Zagros, también se han reportado daños en paisajes arqueológicos milenarios. En el valle de Khorramabad, en la provincia de Lorestan, cuevas prehistóricas que documentan asentamientos humanos de más de 60 mil años y el castillo histórico de Falak-ol-Aflak han registrado afectaciones en su entorno.
Lo que ocurre hoy en Irán no es un hecho aislado. En las últimas décadas varias guerras en Oriente Medio han dejado una huella profunda en el patrimonio cultural de la humanidad.
Más de doce mil sitios arqueológicos fueron saqueados o destruidos tras la invasión de Irak por parte de Estados Unidos en 2003. Muchos de ellos corresponden a ciudades antiquísimas, cunas de la humanidad como Sumeria, Babilonia y Asiria. El ejército estadounidense incluso instaló una base militar en Babilonia, causando daños a uno de los sitios arqueológicos más importantes del mundo.
La devastación alcanzó también a los principales espacios de conservación histórica. En el Museo Nacional de Irak desaparecieron alrededor de quince mil piezas que custodiaban milenios de historia, y en Mosul más de veinte mil edificios del casco antiguo resultaron dañados o destruidos.
Mesopotamia —la tierra donde surgieron algunas de las primeras ciudades, donde se inventó la escritura y se formularon los primeros códigos de ley— quedó abierta como un campo sin guardianes.
Siria y Afganistán ofrecen también ejemplos dramáticos. En Siria cerca de mil sitios arqueológicos resultaron dañados o saqueados durante la guerra civil, entre ellos ciudades históricas como Damasco, Alepo, Palmira o Bosra. En Afganistán, la destrucción de los Budas de Bamiyán en 2001 quedó grabada como símbolo universal de barbarie.
Sin embargo, esa condena revela también una doble moral. Cuando la destrucción del patrimonio se produce en nombre de una ideología religiosa, el mundo la reconoce inmediatamente como barbarie. Pero cuando ocurre en guerras modernas justificadas por razones geopolíticas, el daño cultural suele diluirse en la narrativa de la seguridad o la estabilidad internacional.
Cuando un monumento milenario resulta dañado no se pierde únicamente un edificio: se fractura una parte de la memoria colectiva que conecta el presente con los siglos que lo precedieron.
Cuando esas huellas desaparecen, no se empobrece solo un país: se empobrece la memoria misma de la humanidad.
Porque allí donde se destruyen las huellas de la civilización, se empobrece también el futuro común de la humanidad.
Artículo escrito por Inés Ortiz V
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