Una batería a punto de agotarse, quedarse sin internet o simplemente no saber dónde está el teléfono puede provocar una inquietud difícil de ignorar. El celular pasó de ser una herramienta para comunicarnos a ocupar buena parte de nuestra vida cotidiana. ¿En qué momento estar desconectados comenzó a generarnos ansiedad?
Por Katherine Alcívar, docente de Psicología Clínica de UIDE Campus Guayaquil

Los dispositivos electrónicos llegaron para resolver una necesidad fundamental: comunicarnos. El teléfono de cable fue quedando progresivamente en el pasado y los celulares abrieron un universo de posibilidades que hizo sentir que el futuro había llegado al presente.
Las nuevas generaciones ni siquiera tuvieron que adaptarse a esa transformación: nacieron con la tecnología prácticamente en la palma de sus manos.
Pero algo cambió en el camino. El celular dejó de ser únicamente un teléfono.
Ahora es despertador, agenda, cámara, mapa, billetera, oficina, centro de entretenimiento y puerta de entrada permanente a las redes sociales. La vida digital y la vida cotidiana comenzaron a mezclarse hasta hacer cada vez más difícil establecer dónde termina una y empieza la otra.
Nomofobia: cuando quedarse sin celular genera ansiedad
Esta dependencia funcional permite comprender por qué situaciones aparentemente simples —quedarse sin batería, perder el teléfono o no disponer de conexión— pueden producir inquietud.
El término nomofobia se utiliza para describir el miedo o malestar relacionado con no poder acceder al teléfono móvil.
No se trata actualmente de un diagnóstico clínico independiente. Sin embargo, investigaciones científicas han encontrado asociaciones entre mayores niveles de nomofobia y ansiedad, uso problemático del smartphone e insomnio.
Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2023, que examinó 16 estudios, encontró asociaciones positivas de la nomofobia con ansiedad, adicción al smartphone e insomnio.
El fenómeno no es menor: otra revisión global publicada posteriormente, basada en 43 estudios y 36.656 participantes de 18 países, encontró síntomas autoinformados de nomofobia en distintos grados, aunque los investigadores advierten que esos resultados no equivalen a diagnósticos clínicos.
Conectados con todos, pero ¿desconectados de quien tenemos enfrente?
Quizás uno de los fenómenos más llamativos aparece cuando sí tenemos el teléfono en nuestras manos.
Vivimos una especie de conexión permanente que puede hacernos sentir que, mientras más conectados estamos, más informados y cercanos permanecemos a la realidad.
En segundos podemos conocer qué sucede al otro lado del planeta, qué hacen nuestros amigos y de qué están hablando miles de personas.
Pero estar actualizado no necesariamente significa estar presente.
Podemos saber lo que hace alguien a miles de kilómetros mientras dejamos de escuchar a la persona sentada frente a nosotros.
Fotografiamos la comida antes de probarla. Grabamos un concierto mientras observamos al artista a través de una pantalla. Revisamos una notificación mientras alguien intenta contarnos algo importante.
La paradoja es evidente: nunca habíamos tenido tantas herramientas para conectarnos y, al mismo tiempo, el celular puede interrumpir nuestras conexiones más cercanas.
“Phubbing”: cuando el celular desplaza a la persona que está frente a nosotros
Incluso existe un término para describir una conducta cada vez más cotidiana: phubbing.
Se refiere al acto de ignorar a una persona presente para concentrar la atención en el teléfono.
La investigación científica ha estudiado sus consecuencias sobre las relaciones interpersonales. Una revisión sistemática y metaanálisis publicada en 2024 analizó la relación entre este comportamiento y el denominado fear of missing out (FOMO), o miedo a perderse algo.
El teléfono, por tanto, no solo ocupa nuestro tiempo. También puede competir directamente por nuestra atención.
El problema no es el celular: es perder la capacidad de elegir
La respuesta no consiste en demonizar la tecnología, eliminar todas las aplicaciones de un día para otro o regresar a teléfonos que únicamente permitan hacer llamadas.
La tecnología forma parte de nuestra vida y muchas de sus funciones son necesarias.
El desafío está en diferenciar qué uso es indispensable, cuál elegimos conscientemente y cuál se ha convertido en automático.
Especialmente cuando ese comportamiento comienza a interferir con experiencias que merecen nuestra atención completa.
Quizás la pregunta que deberíamos hacernos no sea únicamente:
“¿Cuánto tiempo uso mi celular?”
Sino una mucho más incómoda:
“¿Qué experiencias de mi vida está interrumpiendo?”
Recuperar pequeños momentos sin una pantalla
Dejar el celular a un lado durante una comida, silenciar notificaciones innecesarias, escuchar a alguien sin mirar la pantalla o vivir determinados momentos sin sentir la obligación de fotografiarlos pueden parecer acciones pequeñas.
Pero también representan una manera de recuperar nuestra capacidad de decidir cuándo queremos estar conectados.
Porque desconectarnos durante algunos momentos no necesariamente significa alejarnos de la realidad.
Quizás sea, precisamente, una oportunidad para volver a ella.
Fuente: UIDE Campus Guayaquil
Contenido elaborado con apoyo de inteligencia artificial, a partir de información proporcionada y verificada por la redacción.
