Héctor Rodríguez Chávez

La idea de una “comunidad de destino compartido para la humanidad” (CDC) ocupa hoy el centro de la política exterior china. No es simplemente una consigna diplomática ni una formulación retórica sobre cooperación. Es una propuesta de arquitectura internacional: parte de la premisa de que la interdependencia económica, tecnológica, ambiental y financiera ha alcanzado un nivel tal que ningún Estado puede garantizar por sí solo su desarrollo o su seguridad. Frente a ello, China plantea reemplazar la lógica de bloques, la confrontación de suma cero y la imposición unilateral por un sistema basado —según su formulación oficial— en autodeterminación de cada nación, coexistencia entre distintos modelos políticos, desarrollo compartido, seguridad común y gobernanza multilateral. Esa es la idea central que el debate occidental suele reducir o directamente omitir. 

El concepto fue formulado por Xi Jinping en 2013 en el Instituto Estatal de Relaciones Internacionales de Moscú. Una década después, Beijing lo convirtió en la doctrina articuladora de su política exterior. El objetivo es construir un mundo “abierto, inclusivo y limpio”, caracterizado por paz duradera, seguridad universal y prosperidad común; el método es una gobernanza basada en consulta amplia, contribución conjunta y beneficios compartidos; y los instrumentos son la Iniciativa de Desarrollo Global, la Iniciativa de Seguridad Global, la Iniciativa de Civilización Global y la Franja y la Ruta. 

Esta precisión es importante porque permite entender qué propone realmente China. No plantea abolir el Estado nacional ni construir un gobierno mundial. Tampoco exige que otros países adopten el modelo político chino. Su propuesta parte de que los Estados con sistemas sociales, ideologías, culturas y niveles de desarrollo diferentes deben poder coexistir dentro de un mismo orden internacional. El Libro Blanco publicado por el Consejo de Estado en 2023 afirma explícitamente que la CDC no pretende sustituir una civilización o un sistema por otro, sino construir un mundo mejor a partir de intereses, derechos y responsabilidades compartidos entre sociedades diferentes. 

Aquí existe una ruptura conceptual importante con la etapa unipolar posterior a la Guerra Fría. Durante buena parte de ese período, la expansión de la democracia liberal y de la economía de mercado fue presentada desde Occidente como una tendencia prácticamente universal. China plantea otra lectura: la modernización no tiene una única forma política y la legitimidad del sistema internacional no puede depender de la capacidad de un grupo reducido de potencias para establecer qué modelos son aceptables.

La raíz diplomática de esa posición se encuentra en los Cinco Principios de Coexistencia Pacífica establecidos por China en la década de 1950: respeto mutuo a la soberanía e integridad territorial, no agresión, no intervención en asuntos internos, igualdad y beneficio mutuo, y coexistencia pacífica. Y son el fundamento de la propuesta china. 

Pero la CDC agrega algo nuevo: sostiene que la soberanía ya no basta para enfrentar problemas cuya naturaleza es transnacional. Cambio climático, pandemias, crisis financieras, seguridad energética, inteligencia artificial o cadenas de suministro producen riesgos compartidos. De ahí la aparente paradoja de la propuesta china: defender fuertemente la soberanía nacional y, al mismo tiempo, sostener que los Estados necesitan cooperar mucho más estrechamente.

De la hegemonía a la interdependencia organizada

La dimensión geopolítica aparece cuando esta doctrina se traduce en poder material. China no renuncia al poder. Lo ejerce sin dominación directa a través de conectividad, comercio, infraestructura, crédito, tecnología y cadenas productivas: “quien conecta, organiza”. 

La Franja y la Ruta es su expresión más evidente. Beijing la define como la plataforma práctica de la CDC y la sustenta en tres principios: consulta, construcción conjunta y beneficios compartidos. Puertos, ferrocarriles, redes eléctricas, corredores logísticos e infraestructura digital no son simplemente obras. Crean interdependencias duraderas y reorganizan flujos comerciales y expanden la base de un mercado más amplio, pues si se transforman comunidades pobres (hoy desechadas del “radar de Amazon”) en consumidores con capacidad adquisitiva, se incrementa el universo del mercado cautivo (para Temu o Alibaba).

Aquí resulta útil Susan Strange y su concepto de poder estructural: el poder más profundo no consiste únicamente en obligar directamente a otro actor, sino en influir sobre las estructuras dentro de las cuales los demás deben decidir. Cuando China financia infraestructura, proporciona tecnología, compra materias primas o abre un mercado de 1.400 millones de consumidores, está generando precisamente ese tipo de capacidad.

La diferencia respecto de la hegemonía estadounidense no consiste entonces en que China carezca de intereses geopolíticos. Consiste en que su principal instrumento de proyección internacional ha sido hasta ahora económico antes que militar. Estados Unidos conserva alrededor de 750 instalaciones militares en el exterior; China mantiene una presencia militar internacional muchísimo menor y una única base reconocida oficialmente en Yibuti. Esto no demuestra ausencia de ambición estratégica china, pero sí evidencia modelos diferentes de proyección del poder. 

Un proyecto también dirigido al Sur Global

La CDC adquiere especial significado para los países en desarrollo porque cuestiona una estructura internacional cuya distribución de poder continúa reflejando en gran medida el mundo de los ganadores de la Segunda Guerra Mundial. Beijing insiste en una mayor representación del Sur Global en organismos internacionales, especialmente en la gobernanza de la arquitectura económica y financiera, y defiende que las reglas internacionales sean elaboradas colectivamente en lugar de determinadas por “pequeños círculos”. Esa posición ha pasado de la retórica bilateral al debate formal dentro de Naciones Unidas. 

Por eso BRICS, el Banco Asiático de Inversión en Infraestructura, la Organización de Cooperación de Shanghái y la Franja y la Ruta deben leerse como partes de un mismo proceso: crear capacidad institucional adicional fuera de los centros tradicionales del poder occidental.

No constituyen todavía un orden alternativo coherente y tampoco eliminan las instituciones existentes. China, de hecho, insiste oficialmente en preservar a Naciones Unidas como núcleo del sistema internacional. Su estrategia parece orientarse menos a destruir el orden vigente que a redistribuir poder dentro de él y construir instituciones complementarias allí donde considera insuficiente la arquitectura existente

La gran oportunidad —y la advertencia— para América Latina

Aquí la propuesta adquiere una relevancia concreta. En 2024 el comercio entre China y América Latina superó los USD 500.000 millones, 40 veces más que hace 20 años. Beijing se ha convertido en el principal socio comercial de varios países sudamericanos y en una fuente relevante de financiamiento, inversión e infraestructura. 

Pero la multipolaridad no garantiza automáticamente autonomía. Boston University calcula que América Latina exportó hacia China alrededor de USD 190.900 millones en 2024, mayoritariamente concentrados en bienes primarios, e importó USD 286.700 millones con mayor proporción de bienes industriales y tecnológicos. Ese patrón reproduce una vieja vulnerabilidad latinoamericana: exportar naturaleza e importar conocimiento incorporado.

Por eso, interpretar la comunidad de destino compartido desde América Latina exige evitar dos simplificaciones. La primera es aceptar la lectura estadounidense según la cual cualquier expansión china constituye una amenaza. La segunda sería asumir que todo vínculo con China produce automáticamente desarrollo.

China ofrece algo objetivamente importante: alternativas. Y las alternativas incrementan capacidad negociadora. Pero convertirlas en autonomía requiere política industrial regional, transferencia tecnológica, integración y capacidad estatal para condicionar la inversión externa. La diferencia es decisiva: sustituir una dependencia por otra no es multipolaridad; es cambiar de centro.

Una disputa sobre qué significa gobernar el mundo

La CDC debe entenderse, finalmente, como la respuesta china a una pregunta fundamental: ¿cómo organizar un mundo en el que el poder ya no está concentrado en Occidente pero tampoco existe una potencia capaz de sustituirlo completamente?

La respuesta de Beijing combina soberanía, pluralidad civilizatoria, desarrollo, seguridad colectiva e interdependencia. Su formulación oficial propone que las reglas globales sean construidas mediante “consulta amplia, contribución conjunta y beneficios compartidos” y que países con modelos diferentes puedan coexistir sin intentar transformarse mutuamente. 

Naturalmente, China seguirá siendo una gran potencia que persigue sus propios intereses, y la distancia entre sus principios declarados y su comportamiento concreto debe evaluarse caso por caso. La propia literatura advierte que esta doctrina es simultáneamente una propuesta cooperativa y un instrumento mediante el cual Beijing busca aumentar su influencia sobre las normas internacionales.  Pero reducirla por ello a “propaganda china” impediría comprender una transformación mayor.

China no está proponiendo simplemente ocupar el lugar de Estados Unidos. Está discutiendo la gramática de la geopolítica de este siglo.

Ese es el verdadero alcance de la CDC: pasar de un sistema en el que una potencia organiza y los demás se adaptan, hacia otro —al menos en su formulación— donde diferentes Estados y civilizaciones negocian las reglas de una interdependencia que ninguno puede controlar completamente.

Para América Latina, esa discusión es particularmente importante. La multipolaridad no asegura nuestro desarrollo, pero sí puede devolvernos algo que el momento unipolar redujo considerablemente: margen para decidir, negociar y construir una estrategia propia. Y allí está quizá la dimensión más potente de la propuesta china: el desarrollo del otro no tiene por qué ser concebido como una amenaza; puede convertirse en la condición para una estabilidad compartida. Esa es, precisamente, la ruptura intelectual que Beijing intenta colocar en el centro del debate sobre el orden mundial. (O)


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