Por Kristin Palitza (dpa)
Gaborone (Botsuana), 11 sep (dpa) – El alemán Valentin Grüner descorre el cerrojo y abre una puerta enrejada en medio de una elevada valla. Apenas logra dar un paso hacia atrás cuando una leona adulta se abalanza sobre él y lo derriba.
Sin embargo, pronto queda claro que no se trata de un ataque, sino de una «muestra de cariño». El felino de 180 kilos de peso frota su cabeza contra la de Grüner. Sus patas delanteras rodean su cuello, con unas garras casi tan grandes como su cabeza.

Este inusual encuentro entre el alemán de 39 años y la leona Sirga puede verse en vídeos en las redes sociales. Seguidores de todo el mundo presencian en Instagram y TikTok la amistad entre el hombre y el animal.
En estas imágenes se ve a Grüner descalzo, en pantalones cortos y camiseta, recorriendo junto a Sirga el desierto del Kalahari en Botsuana. Por momentos se enredan en juegos sobre el suelo polvoriento o le acaricia el imponente cuello; en otros, sale con Sirga a cazar o descansan a la sombra bajo un arbusto de espinas.
¿Cómo nació esta amistad?
Sirga no es una leona domesticada: vive en estado salvaje, pero fue criada por Grüner. Él cuenta que por eso la leona lo considera parte de su manada.
Grüner refiere que hace 14 años encontró a una cachorra de león abandonada por su madre. En aquel momento trabajaba en una reserva privada de fauna silvestre en Botsuana, en el sur de África. La cría tenía solo dos semanas de vida y yacía casi inmóvil bajo un arbusto. Grüner decidió rescatarla y la bautizó Sirga.
Aunque crió a la leona a biberón, para Grüner estuvo claro desde el principio que no quería domar a Sirga, sino permitirle una vida lo más salvaje posible. «Nunca la entrené ni le enseñé nada», explica.
Del Lago de Costanza hasta África
Ya desde pequeño, Grüner tenía el sueño de ser conservacionista en África. A los 21 años Grüner voló a Namibia para trabajar en un centro de rescate de animales. Un año después se trasladó a la vecina Botsuana, que le llamaba la atención por sus grandes reservas naturales y allí se formó como guardabosques de fauna silvestre y guía de safari.
Tras haber rescatado a la cría de león, Grüner caminaba a diario con ella por la sabana. Sirga lo seguía a tropezones como si fuera una madre leona, cuenta Grüner. El animal aprendió a cazar de forma instintiva. Dado que la leona no es completamente salvaje, Grüner le da de vez en cuando un trozo de carne.
Sirga vive en un área de 20 kilómetros cuadrados en el Kalahari, aproximadamente del tamaño de la isla de Amrum, en el mar del Norte, en la que puede desplazarse libremente. Un collar con rastreador GPS indica dónde se encuentra en cada momento.
El territorio de Sirga forma parte de la reserva natural de 170 kilómetros cuadrados arrendada por Grüner en una de las zonas más remotas de Botsuana. Hoy en día, no solo trabaja en favor de Sirga, sino en beneficio de todo el ecosistema del Kalahari.
Aunque Grüner dirige un pequeño campamento de huéspedes para turistas de safari, su objetivo principal es la conservación de la naturaleza.
Siempre persiste algún riesgo
Ahora que Sirga ya es adulta, Grüner pasa un día a la semana con ella en la sabana. «Simplemente voy hasta allí, miro dónde está y luego nos pasamos todo el día corriendo», cuenta.
Hay algo de lo que siempre es consciente, dice: su vínculo especial con Sirga no le hace invulnerable. Dado su peso y su fuerza, los accidentes pueden ocurrir fácilmente, sobre todo con los potentes saltos de bienvenida de Sirga.
«Una vez me rompió una costilla. De vez en cuando me tienen que dar unos puntos cuando se le resbala la garra. Pero siempre es sin querer», cuenta Grüner. Descarta que la leona le haga daño a propósito.
Durante la pandemia de coronavirus, Grüner escribió el libro «Löwenland», en el que narra su vida con Sirga en la naturaleza, y este mes se publica la versión para niños. En enero, emprenderá una gira de conferencias de varias semanas por Alemania y Suiza.
Y considera importante que la gente no solo vea cómo se relaciona cariñosamente con una leona, sino que conozca y entienda el contexto. «Yo no vine aquí para tener un león, sino todo lo contrario», afirma Grüner.
