• Orla Guerin
  • Título del autor,Corresponsal internacional sénior en Ecuador

En la ciudad ecuatoriana de Durán, plagada de drogas y bandas rivales, el capitán de policía Jean Carlos Bustamante sabe exactamente a qué se enfrenta: no solo a los criminales que matan y a veces descuartizan a sus rivales, sino también al enemigo interno.

«Tenemos muchísima gente mala dentro de nuestra unidad, dentro del Estado, dentro de la política», dice. «Tenemos muchísimos tipos corruptos. Están a sueldo de las pandillas».

Según él, los únicos policías en los que puede confiar son los que están a su lado: los miembros de su equipo selecto. A sus 34 años, el capitán Bustamante es el mayor del grupo y se mueve como el oficial de fuerzas especiales que fue.

Al atardecer, guía a su equipo hacia un barrio marginal donde las ventanas están protegidas con rejas metálicas y el miedo se apodera de todos. Este es el corazón del mundo de las pandillas, controlado por un grupo llamado Los Águilas.

Pregunto qué sucede si los lugareños denuncian a las pandillas. «Los matan», responde el capitán. «Por eso nunca dicen nada».

Se dirige a una casa abandonada donde cree que esconden armas (los pistoleros no guardan sus armas en sus casas). Él y su equipo se alinean, pegados a la pared, fuertemente armados y muy juntos. Un ariete les permite abrir la puerta.

Encuentran dos pistolas —una oxidada, pero la otra lista para disparar— y munición para un rifle de asalto.

El capitán afirma estar satisfecho con el resultado. «La primera razón es que estamos a salvo», dice. «La segunda es que hay dos armas menos para las pandillas».

Pero esta es una pequeña victoria en una guerra de desgaste. Admite que las bandas tienen «muchas armas y mucho más dinero que el Estado».

Él conoce muy bien los riesgos, pues perdió a tres amigos cercanos luchando contra las pandillas. También dice que perdió el miedo hace años, pero sus padres no.

«Mi madre me dice: ‘Ten cuidado, podrías morir ahí'», me cuenta. «Mi padre llama todo el tiempo y pregunta: ‘Hijo, ¿estás bien? Dime que estás bien'».

Se puede trazar una línea —en dólares y en vidas destrozadas— desde las calles de Durán hasta los focos de la droga en Londres y otras capitales. Alrededor del 70% de la cocaína que llega a Europa y Estados Unidos proviene de Ecuador, según el presidente del país, Daniel Noboa.

¿Cómo hemos llegado a esto?

Violencia que no para

La droga llega a raudales desde la vecina Colombia y Perú, los dos mayores productores del mundo. Poderosas bandas locales, con vínculos con carteles mexicanos y grupos mafiosos albaneses, ayudan a contrabandear la cocaína. Se aprovechan de la debilidad de los controles fronterizos de Ecuador, la escasez de fondos para sus fuerzas de seguridad y su extensa costa del Pacífico.

En el proceso, lo que era un tranquilo paraíso turístico en Sudamérica se ha convertido, en menos de una década, en un campo de muerte.

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