Mis recuerdos del Día de Difuntos están y estarán siempre ligados a mi padre y a mi abuela.
De niños esperábamos con ilusión las guaguas de pan que preparaba la abuela Inés. Nos daba varias a cada uno de sus nietos, dulces y de sal, con formas de animales: borregos y caballos. No tenían los adornos de colores de ahora; eran sencillamente panes con figuras de animales. Los disfrutábamos con la colada morada, rodeados de nuestros primos. Era una de tantas reuniones familiares que formaban parte de nuestra infancia.
La colada se preparaba en casa, no se compraba hecha. Su elaboración era parte de la celebración, una ocasión para reunirse y compartir. Hoy se vende preparada, incluso con dos meses de anticipación. Me molesta esa comercialización que termina por despojar a la tradición de su magia.

Cuando crecimos, mi padre se encargaba de armar las cajas con las guaguas que seguía preparando la abuela, para repartirlas entre sus nietos y los hijos de sus amigos. Era su manera de mantener viva la costumbre.
Ya no está ninguno de los dos. Quedan los recuerdos, aquellas reuniones desaparecieron. Solamente mi hermana menor continúa preparando la colada morada y repartiéndola entre sus hermanos.
Mis nietas, que viven en Canadá, apenas conocen esta tradición. En la última Feria del Libro de Quito les compré un libro que cuenta la historia de las guaguas de pan. Quisiera que comprendieran que detrás de esos panes y de la colada morada existe una historia mucho más antigua que pertenece a la memoria colectiva de los ecuatorianos.
En la cultura judeocristiana, la muerte suele ser un tema incómodo, casi un tabú. Se evita hablar de ella, como si no formara parte de la vida misma. Somos seres finitos y deberíamos aprender de nuestros ancestros a aceptar esa condición. Seguimos consumiendo colada morada y guaguas de pan, pero ¿conservamos realmente aquella concepción de la muerte como parte de la continuidad de la existencia?
De nuestro padre, Lenin Ortiz, aprendimos a reconocer en nuestras tradiciones las huellas de las creencias ancestrales y su permanencia en nuestra vida cotidiana. Nos enseñó que los pueblos de los Andes septentrionales, pese a su diversidad cultural, compartían una tradición: el culto a los muertos, vinculado a ceremonias de sangre, sacrificios y prácticas destinadas a mantener la relación entre los vivos y sus antepasados.
En Cochasquí, durante un corte realizado en 1934 en la pirámide 9, se encontraron 700 cráneos humanos decapitados. Este hallazgo constituye una evidencia de los antiguos rituales de culto a los muertos. Mi padre plantea que probablemente se trataba de ofrendas destinadas a transmitir fuerza a las ceremonias realizadas sobre las pirámides, para que estas adquirieran energía y conectaran a los sacerdotes con el más allá. Una fotografía de la época documenta el hallazgo.
La veneración de los antepasados estaba profundamente arraigada en los pueblos del actual Ecuador. En distintas regiones existieron prácticas de conservación de restos humanos: las tzantzas de los shuar, los huesos de antepasados conservados en Manabí y los cráneos utilizados como guardianes espirituales en comunidades del Carchi. En Atuntaqui, Milagro, Cañar, Pupo Loma y otros poblados, las pirámides se mantienen hasta hoy como base para cementerios y escenarios de culto a los muertos.
Con la conquista española, estas creencias se transformaron y sobrevivieron mediante el sincretismo religioso. Diversos estudiosos de las tradiciones andinas, entre ellos Lenin Ortiz, han relacionado los antiguos rituales de sangre con la colada morada, preparada con maíz negro, mortiño y otros frutos. Esta continuidad simbólica también se expresa en las representaciones de Cristo ensangrentado en el arte religioso colonial, como el Cristo Sangriento de Miguel de Santiago, del siglo XVII.
La imposición de la religión católica no consiguió borrar las creencias ancestrales. Los pueblos indígenas encontraron formas de preservarlas, adaptando sus rituales y símbolos a las nuevas prácticas religiosas. Así como las antiguas ofrendas a la tierra sobrevivieron transformadas en la colada morada, también elementos de la cosmovisión andina encontraron espacio en las iglesias coloniales de Quito. En San Francisco, La Compañía y otros templos, los artesanos indígenas incorporaron, a manera de «contrabando» cultural, frutos y plantas andinas, rostros con rasgos indígenas y caras con expresiones muy distintas de las representaciones religiosas europeas.
Uno de los ejemplos más curiosos se encuentra en la Catedral de Quito, en una pintura de La Última Cena: sobre la mesa de Jesús y sus apóstoles aparece un cuy, en lugar del tradicional cordero pascual. ¡Un cuy en la Última Cena! Un detalle que probablemente pasa inadvertido para muchos visitantes y que revela cómo los artistas incorporaron elementos de su propio mundo en las escenas más sagradas del cristianismo. Estas huellas de la cosmovisión andina muestran cómo las creencias ancestrales perduraron bajo nuevas formas, conservando sus símbolos y su significado espiritual.
Esa permanencia de las creencias ancestrales también se manifiesta en las prácticas funerarias que han llegado hasta nuestros días. Las guaguas de pan conservan un profundo significado vinculado al culto a los muertos. En Calderón y otras comunidades de la Sierra, los familiares comparten alimentos junto a las tumbas. Una práctica particularmente significativa consiste en separar la cabeza de la guagua de pan, mojarla en colada morada y enterrarla sobre la sepultura, bajo la creencia de que el difunto continúa alimentándose junto a los vivos.
Con el paso de los siglos, la colada morada y las guaguas de pan trascendieron el ámbito de las comunidades indígenas y se convirtieron en una tradición compartida por gran parte de la sociedad ecuatoriana. Las recetas y las formas de celebración varían, pero permanece el vínculo entre los alimentos, la memoria de los muertos y el encuentro familiar.
Hoy, cuando recuerdo a mi abuela preparando las guaguas de pan y a mi padre repartiéndolas, comprendo que aquella tradición tenía también un significado que entonces desconocíamos. No era solamente la colada morada ni el pan que esperábamos con tanta ilusión. Era una manera de reunir a la familia, de transmitir afectos y de mantener vivos los vínculos entre generaciones.
Quizás eso sea lo más profundo de esta tradición: los muertos siguen presentes mientras haya quienes los recuerden.
Artículo firmado por Inés Ortiz V
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