Por Christoph Driessen (dpa)

Berlín/Colonia, 27 ago (dpa) – Durante mucho tiempo, los alemanes solían alegrarse por las comodidades de las que gozaban en su país al volver de sus vacaciones en el exterior, pero este sentimiento parece estar cambiando.

Ya sea en términos de infraestructura, digitalización o servicios, el extranjero se ha puesto al día, y eso cambia notablemente la experiencia de viaje cuando «afuera» las cosas funcionan mejor.

ARCHIVO – «Hola, alemanes: decir que Mallorca es su 17º estado federado resulta ofensivo», reza en inglés un cartel que se exhibe en una playa de Mallorca como protesta contra el turismo de masas en esta isla de las Baleares. Foto: Clara Margais/dpa

Metros con aire acondicionado y conexión perfecta a Internet

Quien entra al estado federado de Renania del Norte-Westfalia desde los Países Bajos, por ejemplo, no necesita ningún cartel para saber cuándo ha vuelto a pisar suelo alemán: en la autopista, el automóvil comienza a hacer más ruido enseguida debido al asfalto en peor estado. Si se llega en tren, se nota por el deterioro de las estaciones. 

En muchos otros países, los alemanes tienen experiencias similares y al regresar cuentan que han viajado en cómodos trenes regionales franceses, en metros con aire acondicionado en España o con conexiones a Internet perfectas en Suecia. Otra observación compartida a gran escala: en Londres o en Escandinavia, los pagos se realizan desde hace tiempo de forma electrónica. Sacar efectivo para pagar es considerado casi una extravagancia. 

«¡Aquí funciona todo!», exclamó entusiasmado el actor alemán Sky DuMont durante una entrevista, en una reciente visita a Austria. «Hay Internet, se puede hablar por teléfono», afirmó. Ante la mirada complacida de la periodista austríaca, el actor, de 79 años, contó que en el exclusivo barrio de Hamburg-Blankenese, donde vive, muchas veces no tiene cobertura.  

«En Alemania todo es mejor»

El psicólogo alemán Ulrich Schmidt-Denter, entre cuyas áreas de investigación figura el desarrollo de la identidad en la comparación intercultural, señala que en el extranjero la gente tiende en general a establecer comparaciones.

«La reafirmación personal desempeña un papel fundamental en esto», explicó a dpa el profesor emérito de Colonia. Muchos estudios demuestran que los alemanes no se caracterizan precisamente por una imagen de sí mismos serena y consolidada, sino más bien insegura. «Al encontrarse con lo extranjero, como sucede en las vacaciones, esto se pone aún más a prueba», dijo.

Durante mucho tiempo han predominado dos tendencias distintas. Por un lado, un sentimiento de orgullo por el hecho de que otros países no pudieran competir con la fortaleza económica y la eficiencia alemanas. Era el «volvemos a ser alguien» de los años del milagro económico.

En vacaciones, los alemanes miraban por encima del hombro a los «caóticos italianos», donde al parecer nada funcionaba, relata el historiador y sociólogo Hasso Spode, autor de una historia del turismo titulada «Traum Zeit Reise» (Sueño tiempo viaje).

Ese sentimiento de superioridad adoptó a veces formas desagradables. «Que Dios nos libre de la tormenta, del viento y de los alemanes en el extranjero», se decía por aquel entonces. En los Países Bajos, los turistas alemanes eran conocidos por la frase: «En Alemania todo es mejor».

Pasar inadvertidos

Sin embargo, según Schmidt-Denter, ese sentimiento de superioridad también «contribuyó sustancialmente a la estabilización política y a la aceptación de la democracia en Alemania». Por ello, el hecho de que esa sensación ya no se produzca en las vacaciones de verano entraña, a su juicio, un peligro que no debe subestimarse.

«La percepción de que muchos países de destino nos han superado muestra a los alemanes que la habitual historia de éxito ha llegado a su fin», afirmó Schmidt-Denter. «Cabe suponer que esto contribuye a una imagen colectiva negativa de sí mismos. Quizá esto pueda incluso delegitimar el sistema político en Alemania», aventuró.

Sin embargo, también existió siempre otro sentimiento, casi opuesto, entre los alemanes que cruzaban la frontera: la vergüenza. «En las clases educadas, sobre todo en el espectro de la izquierda, no se quería dar bajo ningún concepto una mala impresión», destacó Spode. «Ahí se juntaban el sentimiento de culpa por el pasado reciente y un rechazo elitista hacia el turismo de masas», añadió.

Muchos viajeros preferían pasar inadvertidos como alemanes. Lo mejor que les podía pasar es que los confundieran con lugareños. 

Sin embargo, Spode aportó una buena noticia. «Existen estudios internacionales sobre quiénes son los turistas más apreciados, y en el primer puesto están los japoneses y ya en el segundo los alemanes. Así que -subrayó- no estamos tan mal posicionados».

Con información de Agencia DPA

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