Artículo escrito por Raúl Vallejo Corral

 ¿Por qué no se escucha el canto de las sirenas en la película? Por nuestro propio bien. Le dice Circe a Odiseo en el libro de Homero: «Con su aguda canción las Sirenas lo atraen y le dejan para siempre en sus prados; la playa está llena de huesos y de cuerpos marchitos con piel agostada».[1] ¿Acaso no veis cómo se retuerce Odiseo atado al mástil de la embarcación en la película de Nolan? Nolan ha tenido piedad de nosotros, igual que Homero la tuvo con sus lectores: ni en la película ni en el libro se escucha ni describe, respectivamente, el canto de las Sirenas. Y, sin embargo, hay quienes le reclaman a Nolan que no nos dejara escucharlo. ¿Qué decía la canción? Odiseo, en la película, después de escuchar el canto de las Sirenas, comparte su experiencia: «Todo lo que querías ser y todo lo que deseabas no haber deseado jamás […] Una picazón deliciosa que se volvió insoportable […] Te decía que lo que más deseas es lo que menos puedes tener, y que lo que menos puedes tener es lo que ya tuviste y perdiste. Era una canción sobre todas las promesas que no cumplí. Y me decía que en realidad no quería volver a casa».

¡Advertencia: en este comentario destriparé la película!

Christopher Nolan no le es fiel en todo a Homero, lo que no significa que lo irrespete. Nolan reinterpreta, con pasión e inteligencia, un clásico que, como todo clásico, admite diferentes lecturas a lo largo del tiempo.[2]Italo Calvino nos enseñó que los clásicos nos llegan con las lecturas que han precedido a la nuestra y con las huellas que han impregnado en las culturas, en su lenguaje y costumbres: «Si leo la Odisea leo el texto de Homero, pero no puedo olvidar todo lo que las aventuras de Ulises han llegado a significar a través de los siglos, y no puedo dejar de preguntarme si esos significados estaban implícitos en el texto o si son incrustaciones o deformaciones o dilataciones».[3] El Ulises, de James Joyce, por ejemplo, es una lectura de la Odisea desde una mirada sin dioses, pero atravesada por la culpa católica, que encuentra la heroicidad del guerrero en los avatares del paseante que vagabundea durante un día en su camino de regreso a casa: Leopoldo Blum, Stephen Dedalus y Molly Bloom son Ulises, Telémaco y Penélope, revisitados y transformados en héroes de lo cotidiano.

La Odisea, dirigida por Christopher Nolan es una espectacular película de aventuras, tecnológicamente impecable y asombrosa —Nolan ha desdeñado el facilismo de la IA y el CGI (Computer Generated Imagery o imágenes generadas por computadora), que usa como último recurso, para optar por lo análogo—; de una fotografía bellísima a cargo de Hoyte van Hoytema que retrata al mar en tonos oscuros, tenebrosos, como una amenaza permanente; una banda sonora sugerente, sin orquesta, compuesta por Ludwig Göransson, que nos acompaña en cada escena con la sencillez musical de instrumentos orgánicos y arcaicos; y una versión libre de la caracterización del héroe de la Odisea, de Homero, aunque, en lo sustancial, recoge las mortificaciones y el cansancio del Odiseo homérico.[4] Nolan respeta la estructura narrativa y el espíritu de las aventuras, aunque modifica sustancialmente el sentido homérico de la gloria y lo transforma en una mirada contemporánea sobre al horror de la guerra y remordimiento del héroe, cuya redención está en su regreso al hogar junto al amor de Penélope y Telémaco y, más tarde, en la honra de sus compañeros muertos.

Al igual que Homero, Nolan narra el viaje del héroe en el que Odiseo realiza el retorno a casa y el reencuentro consigo mismo, después de haber perdido ambos rumbos en medio de la crueldad de la guerra. Sin embargo, el Odiseo de Nolan no está sujeto a la voluntad de los dioses, aunque Poseidón se la tiene jurada y siempre lo empuja para que se cumpla su destino cruel (el phatos). La presencia de Atenea (¡qué bien que la interpresa Zendaya!), más que la de una diosa, parece la voz de la conciencia de Odiseo ya que, simbólicamente, es la imagen de la mujer asesinada en Troya por las huestes griegas.

El Odiseo de Nolan es un héroe que carga con el remordimiento de sus crímenes de guerra, de sus mentiras y el orgullo al desafiar a Poseidón, lo que conduce a sus compañeros a la muerte durante el viaje de retorno a Ítaca. Odiseo, como los soldados de la antiheroica guerra de los Estados Unidos contra Vietnam, se define como un «veterano de la guerra de Troya». Un veterano que, en términos contemporáneos parece sufrir de PTSD (Post Traumatic Stress Disorder) causado por la guerra. Esta denominación anacrónica es la que, por supuesto, ha enojado a los puristas de la literatura griega (en el buen sentido de quienes quieren leer los clásicos como monumentos inmortales, aunque estáticos) y los Señores de la Guerra, esos guerreristas como Elon Musk y los trumpistas que, como Antínoo (en la versión cinematográfica), siempre evitarán ir a la guerra y harán que otros vayan en su lugar (en el peor de los sentidos: alborotados porque la lectura de Nolan desnuda el horror contemporáneo de las guerras sin heroicidad). En este contexto, la alusión a los «Pueblos del Mar» (que no aparecen en la Odisea, de Homero) es un acierto de lectura contemporánea en la medida en que sugiere que la destrucción de una civilización reside en la violencia que genera desde sí, pues el enemigo que imagina, ese Otro siempre bárbaro, es la misma civilización convertida en su enemigo, pero inventándose un peligro para justificar su propio mal.

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