En el 90 aniversario de su muerte, expertos e investigadores alertan del riesgo de diluir su memoria en un mero «icono» vacío y exigen leer su obra sin esconder las ideas y la identidad sexual que la atraviesan.

En la madrugada del 18 de agosto de 1936, un mes después del estallido de la Guerra Civil, Federico García Lorca fue fusilado entre Víznar y Alfacar. Había regresado a Granada para pasar unas semanas con su familia y celebrar su santo, el mismo que el de su padre. El golpe de Estado le pudo haber sorprendido en Madrid, ciudad en la que vivió varios años, o en México, adonde pretendía viajar ese mismo año. Pero fue en su provincia natal donde, en cuestión de días, los sublevados se hicieron con el control y sembraron un estado de terror.

Tanto la localidad donde encontró la muerte como el Madrid en el que pasó parte de sus últimos años recuerdan un agosto más al poeta de Fuente Vaqueros. Se suman a estos dos enclaves decenas de actos institucionales y homenajes. En la capital, coincidiendo con la fecha redonda de los noventa años de su asesinato, se ha decidido recrear una «saca nocturna», paseando una escultura suya en una especie de procesión teatralizada.

Era poeta, dramaturgo, músico, republicano afín al Frente Popular, homosexual… Aunque nunca se le acusó formalmente de nada, reunía muchos motivos para estar en la diana de los sublevados. Su muerte, a los 38 años, cortó en seco el estreno de La casa de Bernarda Alba o la publicación de Poeta en Nueva York, dos de sus obras más reconocidas. 

Lea mas en Público.es

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *