El discurso pronunciado por Vladímir Putin en el Club Valdái el 1 de octubre de 2026 remite inevitablemente a su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich de febrero de 2007. Han pasado casi veinte años y varias de las ideas centrales planteadas entonces reaparecen, pero en un escenario internacional profundamente distinto.

En Múnich, Putin hablaba de un orden internacional que consideraba desequilibrado, pero todavía susceptible de ser corregido. En Valdái parte de una realidad diferente: ese orden está dejando de existir y el problema ya no es cómo reformarlo, sino sobre qué principios construir el que habrá de sustituirlo.

Vladímir Putin durante su intervención en la Conferencia de Seguridad de Múnich, 10 de febrero de 2007. Foto: Alexandra Beier / Reuters.

En 2007 Putin cuestionaba la unipolaridad. Sostenía que la comunidad internacional no podía funcionar alrededor de un único centro de poder, decisión y fuerza y afirmaba que ese modelo no solo era inaceptable para muchos países, sino imposible de sostener. Vinculaba esa concentración de poder con el unilateralismo, el recurso a la fuerza y el debilitamiento del derecho internacional.

Casi veinte años después, la unipolaridad aparece como una etapa histórica que está quedando atrás. En 2007 Putin intenta demostrar que un mundo dominado por un solo centro de poder no puede perdurar. En 2026 considera que la redistribución del poder mundial es ya un hecho y que la multipolaridad se está imponiendo independientemente de que Occidente la acepte o no.

La cuestión cambia, por tanto, de naturaleza. En Múnich se discutía la viabilidad del orden unipolar; en Valdái, cómo establecer los equilibrios y las reglas de un mundo multipolar.

La cuestión del derecho internacional muestra esta evolución. En Múnich, Putin defendía las instituciones existentes frente al unilateralismo, criticaba el uso de la fuerza al margen de los mecanismos internacionales y reivindicaba el papel de las Naciones Unidas. En Valdái sostiene que esas instituciones continúan siendo necesarias, pero ya no reflejan adecuadamente la distribución actual del poder mundial. Defiende la ONU, pero plantea su reforma y una representación mayor de Asia, África, América Latina y Oriente Medio.

La OTAN constituye otra línea directa entre ambos discursos. En Múnich, Putin cuestionó su expansión hacia el Este. Advertía que el avance de una alianza militar hacia las fronteras rusas podía generar nuevas líneas de división y destruir la confianza construida después de la Guerra Fría.

En Valdái incorpora esa expansión a su interpretación de lo que posteriormente ocurrió. Durante el diálogo con Fiódor Lukiánov reconstruye el período posterior a la desaparición de la URSS como una oportunidad perdida para establecer un sistema europeo de seguridad diferente y recupera las advertencias de Egon Bahr sobre una Europa organizada alrededor de bloques militares.

Vladimir Putin participó en la 23.ª Reunión Anual del Club de Debate Valdái, titulada «Responsabilidad por el futuro: ¿límites de lo posible o posibilidades ilimitadas?». La sesión plenaria estuvo moderada por Fyodor Lukyanov, director de Investigación del Club Valdái.

La diferencia temporal es importante: en Múnich Putin advierte sobre las posibles consecuencias de determinadas decisiones; en Valdái vuelve sobre esas mismas decisiones para explicar la evolución posterior de la seguridad europea.

Ucrania ocupa un lugar central en esta reinterpretación. Putin sitúa el conflicto dentro de una secuencia que comienza con la desaparición de la Unión Soviética y continúa con la ampliación de la OTAN, Yugoslavia, el deterioro de la arquitectura europea de seguridad, los acontecimientos de 2014 y los Acuerdos de Minsk, hasta llegar a la guerra actual.

Desde esta perspectiva, el problema ucraniano forma parte de un proceso más amplio de expansión del espacio estratégico occidental hacia las fronteras de Rusia, en el que Putin atribuye al nacionalismo ucraniano un papel importante. La cuestión de fondo vuelve a ser la planteada en Múnich: qué ocurre cuando una potencia o un bloque amplía su espacio estratégico sin tomar en cuenta los intereses de seguridad de los demás.

La idea de la seguridad indivisible es, por ello, clave. En ambos discursos Putin sostiene que ningún Estado puede construir indefinidamente su propia seguridad a costa de la inseguridad de otro. En 2007 el argumento está dirigido principalmente a la arquitectura de seguridad europea; en 2026 adquiere una dimensión más amplia como uno de los principios sobre los cuales debería construirse el futuro orden internacional.

También permanece la crítica a la excepcionalidad. En Múnich, Putin cuestionaba que un único centro de poder pudiera establecer normas para los demás. En Valdái rechaza la pretensión de determinados países de atribuirse una superioridad política, económica, militar y moral. En un sistema multipolar, ningún centro de poder puede reclamar para sí derechos que niega a los demás.

También ha cambiado la geografía política. En 2007, el discurso está centrado en la relación de Rusia con Estados Unidos y Europa. En 2026, Putin sitúa a Rusia en un mundo donde Asia, África y América Latina han adquirido mayor peso y donde los BRICS expresan la aparición de nuevos centros de poder económico y político. Aparece también el concepto de «mayoría mundial».

Eurasia ocupa un lugar particular en este escenario como ámbito de cooperación económica, logística, tecnológica y de seguridad. En 2007 Rusia todavía reclama un lugar dentro de una arquitectura internacional dominada por Occidente y cuestiona las reglas que este impone. En 2026 el planteamiento ya no consiste principalmente en obtener un lugar más equilibrado dentro de aquel sistema, sino en participar en la construcción de otro.

Existe además una dimensión ausente en Múnich y central en Valdái: el cambio tecnológico. Inteligencia artificial, automatización de los sistemas militares, biotecnología y manipulación genética introducen problemas que desbordan la rivalidad tradicional entre Estados.

La preocupación es evidente cuando Putin aborda la inteligencia artificial aplicada al ámbito militar. El ejemplo de Stanislav Petrov —el oficial soviético que en 1983 decidió no interpretar automáticamente como verdadero un aviso de ataque nuclear— sirve para plantear una cuestión nueva: qué ocurre cuando decisiones de consecuencias irreversibles dejan de depender exclusivamente del juicio humano.

En 2007 el peligro procedía del desequilibrio del poder internacional. En 2026 se suma el poder de tecnologías capaces de transformar la guerra, acelerar la toma de decisiones y reducir el espacio para la intervención humana. Su regulación pasa a formar parte de las responsabilidades compartidas del nuevo orden.

Al hablar de la desaparición de la Unión Soviética, Putin no atribuye el proceso exclusivamente a la presión occidental. Reconoce desequilibrios internos acumulados y errores de distintas generaciones de dirigentes soviéticos, a lo que añade su crítica a la forma en que Occidente actuó después de 1991.

El mundo que describe no puede regresar ni a la bipolaridad soviético-estadounidense ni a la unipolaridad posterior a la desaparición de la URSS. La nueva configuración se basa en la existencia de varios centros de poder con intereses, culturas y modelos de desarrollo diferentes.

Ahí está el cambio fundamental entre Múnich y Valdái. Múnich 2007 es, esencialmente, una crítica a un sistema basado en la concentración del poder. Valdái 2026 intenta definir los principios sobre los cuales debería organizarse un sistema basado en su distribución entre varios centros.

La multipolaridad, en el planteamiento de Putin, no significa simplemente la existencia de varias grandes potencias. Para convertirse en un orden estable necesita equilibrio, reglas y reconocimiento mutuo de intereses. Ningún Estado o grupo de Estados puede atribuirse el derecho de establecer unilateralmente las normas para los demás, y la seguridad de unos no puede construirse a costa de la seguridad de otros.

De ahí se desprenden varias condiciones para la construcción de ese nuevo orden: igualdad soberana entre los Estados, seguridad igual e indivisible, respeto de los intereses legítimos de los demás, vigencia del derecho internacional y fortalecimiento de la ONU, pero también reforma de las instituciones para que representen mejor la distribución actual del poder mundial.

Los BRICS y los proyectos de cooperación euroasiática aparecen en Valdái como espacios en los que Estados diferentes pueden coordinar intereses sin renunciar a su soberanía ni a sus particularidades políticas y culturales.

Pero el equilibrio no depende únicamente de las instituciones. Putin introduce también una dimensión política y ética: reconocer límites, cumplir los acuerdos, abandonar la pretensión de excepcionalidad y aceptar que en un mundo diverso ninguna potencia puede obtener todo lo que desea. La negociación y el compromiso dejan de ser concesiones y se convierten en condiciones de funcionamiento de la multipolaridad.

Finalmente, la seguridad nuclear, las nuevas tecnologías, el medioambiente, la pobreza y la desigualdad requieren acuerdos que trasciendan las rivalidades geopolíticas.

En Múnich, Putin advertía que un mundo organizado alrededor de un único centro de poder no podía ser estable. En Valdái, debilitado ese predominio y surgidos otros centros de poder, la cuestión es cómo convertir esa diversidad en un sistema internacional equilibrado.

La pregunta ya no es, por tanto, si el mundo será multipolar. Para Putin, ese proceso está en marcha. La cuestión es cómo darle forma para que la multipolaridad no sea únicamente una nueva distribución del poder, sino la base de un orden internacional sustentado en el equilibrio, la soberanía, el respeto mutuo y la responsabilidad compartida.


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