Hay momentos en la historia en los que el orden internacional deja de ser suficiente para explicar el mundo que pretende gobernar. El actual parece ser uno de ellos. Las guerras, el proteccionismo, las sanciones unilaterales, la fragmentación económica y los nuevos desafíos tecnológicos evidencian que la arquitectura global necesita algo más que declaraciones: necesita reglas legítimas, representación y capacidad real de respuesta. En ese contexto, la propuesta china de una Iniciativa de Gobernanza Global merece ser observada sin prejuicios y, sobre todo, sin la comodidad de reducirla a una disputa entre potencias.
El Libro Blanco “Una gobernanza global más justa y equitativa”, publicado por China en junio de 2026, plantea una premisa difícil de ignorar: “el sistema internacional no debe ser destruido, sino reformado”. Su propuesta se apoya en cinco pilares: igualdad soberana, Estado de derecho internacional, multilateralismo, un enfoque centrado en las personas y acción concreta. No se trata, al menos en su formulación, de sustituir a las Naciones Unidas por una arquitectura china, sino de fortalecer el sistema multilateral y corregir los desequilibrios que han dejado a buena parte del Sur Global con una representación inferior a su peso demográfico y económico.

Aquí aparece uno de los elementos más interesantes de la posición de Beijing. La gobernanza global no puede ser verdaderamente global si las decisiones que afectan a todos continúan concentradas en pocos actores. La defensa de una mayor representación de América Latina, África y Asia en las instituciones internacionales, así como la reforma de organismos financieros y políticos, plantea una discusión que trasciende a China: ¿puede existir justicia internacional sin una distribución más democrática del poder internacional?
La respuesta china propone avanzar hacia un mundo multipolar, pero no necesariamente hacia un mundo de bloques. Esa distinción es fundamental. La multipolaridad puede significar que ningún Estado tenga capacidad para imponer unilateralmente su voluntad y que las grandes decisiones se adopten mediante consulta, negociación y cooperación. Cosa que hemos evidenciado en la historia inmediata respecto del pretendido monopolio global que maneja EEUU en su agenda. En esa perspectiva, el multilateralismo deja de ser una palabra diplomática y se convierte en una condición de supervivencia frente a problemas que ningún país puede resolver solo: cambio climático, seguridad alimentaria y energética, inteligencia artificial, pandemias, delincuencia transnacional o gobernanza digital.
También resulta relevante la insistencia china en que las ideas deben traducirse en resultados. Su experiencia de cooperación económica, infraestructura, comercio, salud, desarrollo y mecanismos Sur-Sur constituye, más allá de cualquier valoración política, una oferta concreta de relacionamiento internacional. La Franja y la Ruta, el Nuevo Banco de Desarrollo y otros mecanismos de cooperación muestran que el poder global del siglo XXI no se construye exclusivamente con bases militares o alianzas estratégicas; también se construye conectando economías, financiando infraestructura, transfiriendo capacidades y generando interdependencias. Ahí entra con fuerza y estrategia la propuesta de China que supone un cambio de paradigma del desarrollo.
La concentración del poder sin duda es identificada por China como un riesgo para el progreso pero también para la convivencia social, económica y politica armónica. Las lógicas de administración del poder a nivel global deben reconocer la existencia de reglas y límites, así como la conciencia plena de que la multipolaridad debe entenderse como una necesidad imperiosa para alcanzar esa armonía, sin perder de vista los objetivos y retos a corto, mediano y largo plazo para el Sur Global.
No se trata de idealizar a China, la idea de involucrarse en el análisis y provocar pensamiento respecto de la propuesta china, parte de la necesidad de entender que sus planteamientos deben ser sometidos al mismo escrutinio que a Estados Unidos, Europa, Rusia o cualquier otro actor global. El punto no es escoger una potencia tutelar, pues caeríamos en los mismos errores que se quieren superar, lo que se debe consolidar es, construir relaciones internacionales en las que los países puedan negociar desde sus propios intereses y con mayor autonomía.
Para América Latina, esta discusión es especialmente importante. La región no necesita reemplazar una dependencia por otra. Necesita diversificar sus vínculos, ampliar sus opciones y convertir su soberanía en capacidad de negociación. Una relación inteligente con China puede significar acceso a mercados, infraestructura, tecnología, financiamiento, cooperación sanitaria y nuevas oportunidades de desarrollo, siempre que exista planificación nacional, transparencia contractual y una visión estratégica de largo plazo. Lo que efectivamente la hace falta a la goberznanza ecuatoriana y ahí nacen las preocupaciones.
Ecuador debería entenderlo con especial claridad. Una política exterior atrapada en una relación cuasi subordinada a Estados Unidos y que, al mismo tiempo, se aproxima a China parcial y principalmente para capitalizar políticamente, corre el riesgo de convertir una relación estratégica en una herramienta coyuntural. El acercamiento a Beijing no debería ser una fotografía política ni una respuesta episódica a las necesidades del gobierno de turno. Debe responder a una política de Estado que defina qué necesita Ecuador, qué puede ofrecer y qué condiciones está dispuesto a negociar desde el absoluto respeto a su soberanía.
Sin duda todos los caminos conducen a China, pero debemos ser capaces de hacerlo de manera inteligente y estratégica, con una agenda geopolítica clara y sobre la base de una agenda de desarrollo. Debemos dirigir nuestra brújula hacia una mayor autonomía, más alternativas y una gobernanza internacional en la que el Sur Global tenga voz efectiva. El verdadero desafío para Ecuador y América Latina no es elegir entre Washington y Beijing; es dejar de pensar que el progreso depende de elegir o someterse a un “protectorado. El progreso comienza cuando un país es capaz de relacionarse inteligentemente con todos, sin renunciar a su soberanía, y convertir la multipolaridad en una oportunidad para construir un futuro propio.
Por: Ernesto Pazmiño – Analista y consultor político, asesor legislativo
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