No entierran el libro, sino el último lugar donde los intelectuales cotizaban por encima de su salario, opina el politólogo Gleb Kuznetsov.

El politólogo Gleb Kuznetsov aborda en un artículo para Vzglyad.ru la destrucción de cientos de miles de libros que conlleva el proceso de entrenamiento de la inteligencia artificial (IA).

Según Kuznetsov, el modelo puede ser «alimentado» con un libro en formato papel de dos formas. La primera, cortando el lomo, pasando las hojas por un escáner de alimentación, y enviando los restos al reciclaje: rápido y barato. La segunda consiste en abrir cada doble página bajo una cámara, lo que resulta lento y costoso. Curiosamente, ambas opciones las ofrece un mismo proveedor, el contratista que utilizó Anthropic, quien en su propuesta distingue explícitamente entre escaneo «destructivo» y «no destructivo» de grandes volúmenes.

Anthropic eligió la segunda opción. En cierto punto, un grupo de autores estadounidenses, liderado por Andrea Bartz, Charles Graeber y Kirk Wallace Johnson, interpuso una demanda contra la empresa, a la que posteriormente se adhirieron centenares de otros escritores y casas editoriales, como Bloomsbury. Los autores acusaron a los creadores de IA de haber descargado sin permiso más de 7 millones de libros de «bibliotecas fantasma» piratas (como LibGen) para entrenar a su red neuronal Claude.

El tribunal dictaminó que el entrenamiento de la IA en sí mismo constituye un «uso justo», aunque la descarga y el almacenamiento de copias pirateadas violan la ley.

En julio de 2026, el tribunal confirmó definitivamente el acuerdo conciliatorio por 1.500 millones de dólares. Anthropic se comprometió a pagar indemnizaciones (unos 3.000 dólares por cada libro) y a destruir todas las copias descargadas ilegalmente de sus bases de datos. Kuznetsov opina que todas las partes quedaron satisfechas con la decisión: los editores y autores afectados recibieron una compensación considerable, y la empresa Anthropic consolidó el principio de que comprar libros legalmente, procesarlos y entrenar el modelo con ellos constituye un uso legítimo.

El politólogo subraya que los conocimientos se «adquirían» antes a lo largo de mucho tiempo, almacenándose el resultado en la cabeza, donde ningún abogado puede alcanzarlo. Eso los convertía en el peor de los activos desde el punto de vista del capital: inalienables, no heredables, ilíquidos.

Ahora los conocimientos se adquieren en sentido literal, con albarán.

En la entrada: un objeto de 300 gramos, el sello de una biblioteca ya desmantelada, alguna anotación a lápiz. Cuchilla hidráulica, escáner, destrucción. En la salida: un desplazamiento en la distribución de probabilidades dentro del producto de una persona jurídica.

Un librero de viejo especializado en literatura técnica cuenta en un reportaje televisivo que desde abril vende miles de libros a la semana, en lugar de las docenas que vendía antes. El principal rasgo de sus compradores es la total indiferencia hacia el precio. «Es la seña de la empresa de IA: tienen mucho dinero», resume.

En el mismo reportaje se explica el origen del excedente de mercancía. Antes esos libros los adquirían escuelas y bibliotecas, pero las compras han caído por los recortes presupuestarios y las bibliotecas universitarias ya no adquieren nada. Se trata del mismo corpus de monografías especializadas. El instituto que las compraba para que la gente leyera está en bancarrota. Sin embargo, el instituto que las compra para que la gente deje de leer, paga.

El politólogo concluye que, durante siglos, el capital cultural fue el único activo en el que el intelectual tenía ventaja sobre el capital. Leer más, recordar con mayor precisión, distinguir ediciones, saber dónde buscar y con qué propósito. Hoy, ese activo se ha comprado al precio del papel para reciclar, se ha clasificado por código de barras y se ha puesto en el balance. De ahí la intensidad de las emociones: no entierran el libro, sino el último lugar donde los intelectuales cotizaban por encima de su salario. Esa página ya se ha cerrado. El librero de viejo del reportaje dio en el clavo: «El dinero es bueno, el almacén se vacía, pero el final de los libros es bastante malo».

Con información de – RT

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *