La protesta de La Tri abre un debate incómodo: cómo llegan realmente los futbolistas después de horas de avión, rutinas alteradas y recuperación incompleta.
Nueve horas de viaje para recorrer un trayecto previsto de poco más de tres. La denuncia de Ecuador ha puesto palabras a un problema que muchas selecciones ya estaban gestionando en silencio. En un Mundial repartido entre Estados Unidos, México y Canadá, la competición obliga a las selecciones a convivir con las horas de espera, los vuelos largos y una recuperación que se pierde por el camino.
La fatiga del viaje puede aparecer tras varias horas sentado en un avión, dormir peor, alterar rutinas o acumular estrés físico y mental durante el desplazamiento
El combinado dirigido por Beccacece, que sufrió un gran retraso en el desplazamiento hacia Ciudad de México, estalló antes del partido: “Hemos demorado tres horas más de lo que estaba establecido, no sabemos por qué… Un vuelo de tres horas y media, más la hora y 20 de traslado hacia el hotel, terminó siendo un vuelo de nueve horas”, denunció. Y la Federación Ecuatoriana elevó un reclamo formal al considerar que lo sucedido “dista mucho de los principios de juego limpio, equidad y unidad que un Mundial de fútbol debería representar”. La Tri calificó los hechos como “antideportivos” antes de una eliminatoria en la que acabaron cayendo 2-0.
El enemigo invisible del Mundial
La pregunta, más allá de la protesta, es evidente: ¿puede un viaje condicionar un partido? Para Julio Caballero, fisioterapeuta y doctor en Biomedicina y Ciencias de la Salud, la respuesta no admite demasiadas dudas. “A veces, una eliminatoria no solo se juega en el césped, también se decide en el camino entre un partido y el siguiente”, explica a MARCA.
El cambio respecto a Qatar es enorme. Ahora, el mapa es otro. Las distancias obligan a volar, a alterar rutinas y a convertir la logística en una parte más de la preparación. “Venimos de un Mundial como el de Qatar, donde las selecciones vivían prácticamente en una misma sede. Los desplazamientos eran mínimos y la recuperación estaba mucho más controlada. En Qatar, la distancia entre estadios se medía en minutos y los trayectos eran en autobús; en este Mundial hablamos de horas de vuelo entre partidos decisivos”, explica Caballero, cuya trayectoria combina 7 años de práctica especializada en la Clínica CEMTRO (Madrid) con experiencia clínica internacional en Miami.
El peaje de seguir vivo… y un fenómeno infravalorado
Ese es el punto clave. El viaje ya no es un trámite. En una fase eliminatoria, donde cada partido puede ser el último, cada hora cuenta. Dormir peor, cenar más tarde, llegar con menos margen al hotel o pasar demasiado tiempo sentado no son detalles menores cuando el cuerpo viene de competir al límite y tiene apenas unos días para volver a hacerlo. “La fatiga del viaje puede aparecer tras varias horas sentado en un avión, dormir peor, alterar rutinas o acumular estrés físico y mental durante el desplazamiento”, apunta Caballero. Y añade una idea que ayuda a entender el problema: “Este fenómeno está todavía infravalorado en el deporte de élite y puede afectar al rendimiento incluso cuando no existe cambio horario relevante”.
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