Esta semana, empresarios alemanes y chinos se reunieron en Düsseldorf para hablar sobre comercio e inversiones. Pero, durante las pausas, otro asunto dominó las conversaciones: el aparentemente interminable conflicto comercial entre Estados Unidos y China. Las negociaciones no han producido resultados tangibles y está claro que la disputa entre las dos mayores economías del mundo trasciende el intercambio de mercancías: tiene una dimensión geopolítica.
«La coyuntura china es débil. Las empresas temen por sus negocios y necesitan urgentemente abrir mercados exteriores», comenta a DW un participante chino que dirigió durante décadas la filial europea de un consorcio estatal y prefiere permanecer en el anonimato. A su juicio, las restricciones estadounidenses y europeas responden también a razones ideológicas: «Mientras Estados Unidos esté enfrentado con China, la Unión Europea difícilmente estará dispuesta a cooperar con nosotros contra sus propios intereses».

En China, la UE es percibida cada vez más como seguidora de Washington. Un ejemplo es la electromovilidad. Bruselas quiere acelerar la transición hacia los autos eléctricos, pero ha impuesto gravámenes adicionales a los vehículos chinos por considerar que se benefician de subvenciones estatales. Pekín lo niega. Por su parte,VW y BMW rechazan que se impongan aranceles a los autos chinos por temor a represalias, mientras que Mercedes-Benz advierte que no deben tomarse decisiones precipitadas.
Washington adopta una posición todavía más dura. «Cero autos eléctricos chinos», declaró Donald Trump, quien asegura haber mantenido esos vehículos fuera del mercado estadounidense mediante aranceles de entre el 100 y el 150 %.
Europa intenta encontrar un equilibrio entre la alianza transatlántica, esencial para su seguridad dentro de la OTAN, y sus relaciones con China. Pero lo cierto es que tanto Pekín como Washington son percibidos como socios difíciles.
La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, sostiene que Europa ya está sufriendo un segundo «shock procedente de China». El primero llegó tras la entrada del gigante asiático en la Organización Mundial del Comercio, cuando los productos baratos inundaron los mercados. El segundo surge de su avance tecnológico y liderazgo industrial en sectores como las baterías y las comunicaciones. «Vemos las consecuencias en las personas y las fábricas de toda nuestra Unión. Esto conduce a la desindustrialización de los centros industriales de Europa. Es insoportable», afirmó von der Leyen.
Bruselas quiere reducir tanto su déficit comercial con China, estimado en unos 1.000 millones de euros diarios, como su dependencia de materias primas críticas. «Las palabras están bien, los hechos son mejores», ha advertido la presidenta de la Comisión.
«Ante la continua escalada de la rivalidad estratégica entre Estados Unidos y China, Washington presiona constantemente a sus aliados para que endurezcan las restricciones contra China en tecnología, cadenas de suministro y seguridad», comenta a DW Yang Xiepu, directora del Centro de Cooperación Chino-Alemana de la Academia China de Ciencias Sociales.
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