Más de 400 campesinos de Las Naves llevan a los tribunales el temor a la contaminación de sus ríos y denuncian no haber sido consultados antes de que el proyecto minero Curipamba-El Domo avanzara.
Cientos de plantas de cacao rodean la casa de Elba Arteaga. “El futuro de nosotros es aquí, en nuestras tierras. De aquí comemos legumbres, este plátano, todo”, dice mientras desayuna pescado con plátano verde cocido. Durante generaciones, los habitantes de Las Naves, un cantón tropical del noroccidente de Ecuador, han vivido de la agricultura. En especial de la llamada pepa dorada: el cacao. Pero en 2003, con la entrega de las primeras concesiones mineras en Jerusalén, un recinto rural del cantón, todo cambió. Desde entonces, las reuniones del pueblo se han convertido en asambleas para frenar el avance del proyecto minero Curipamba-El Domo. En ellas se repite la misma preocupación: la contaminación de sus sembríos y sus fuentes de agua. Ese riesgo está hoy en el centro de la disputa y la lucha de toda una comunidad.

“¿Y si se contaminan nuestros cultivos? No vamos a tener para comer ni nosotros ni las grandes ciudades”, reflexiona Artega, de 57 años, que vive a unos cuatro kilómetros del proyecto minero. Para ella y los vecinos de Jerusalén, la preocupación aumenta con el paso de los días y el avance de la construcción de esta mina a cielo abierto, cuya área de concesión abarca 1.468 hectáreas, una superficie equivalente a 4,2 veces el Central Park de Nueva York. La mina producirá 24.000 toneladas anuales de cobre, oro, plata y otros metales. Su construcción ya ha alterado el paisaje del lugar.
Daniel Sisa, líder de la comunidad de Jerusalén, recuerda que cuando se enteró de la llegada de la minera, lo primero que pensó fue en el despojo forzado. No por la militarización, sino por algo más básico: la falta de agua. “En el momento en que no tengamos agua, que nuestra tierra no produzca, ¿qué nos toca hacer?”, se pregunta. “Salir”, se responde a sí mismo. Sisa conoce de memoria el camino hacia la mina. Mientras avanza por la carretera empedrada, dice que en esas mismas tierras salía con su madre a pescar, cosechar y hasta bañarse en el río Naves Chico, uno de los cauces que serían afectados por la minería.
A medida que el camino asciende hacia la mina, el paisaje de las plantaciones cacaoteras se desdibuja por completo. La vegetación verde de la montaña se ha transformado en un cerro partido a pedazos, con enormes cráteres en forma de escalones. Una decena de camiones que van y vienen cargados de tierra, mientras las retroexcavadoras remueven capas de suelo para construir la mina.
Sobre esta mina se asienta El Domo, conocido por los habitantes del lugar como Piedra Negra. La zona es un punto clave para el abastecimiento de agua de Jerusalén y otros recintos. Un informe del Ministerio de Ambiente, Agua y Transición Ecológica de 2023 señala que el área tiene una importancia hídrica muy alta y que el caudal “nace a la altura de donde se proyecta construir el proyecto”. Las quebradas de El Silencio y Naves Chico también estarían afectadas. Ambas funcionan como cauces naturales, que recogen, canalizan y transportan el agua. Y que también abastecen a las comunidades cercanas.
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