La identificación de los restos de uno de los empleados de la cafetería del Palacio de Justicia entrelaza las historias de los Echeverry y los Beltrán, marcados por el asalto del M-19.

La familia Echeverry, formada por Teresa Isaza y sus tres hijas, Cristina, Laura y Juliana, visitó por 30 años una tumba que resguardaba los restos equivocados. Cristina, de 49 años y la mayor de la casa, solía presentarse con flores en el cementerio Jardines de Paz de Manizales y conversaba con quien pensaba que era su difunto padre: el magistrado auxiliar Jorge Alberto Echeverry. Un manizalita recio y elegante, que trabajaba en el despacho de Fanny González en Bogotá, la primera magistrada de la Corte Suprema de Justicia.

Era un hombre de avanzada que llevaba en su puesto dos meses y que, como era costumbre, se dirigió a trabajar al Palacio de Justicia el 6 de noviembre de 1985. “Su máximo deseo era llegar a la Corte Suprema. Estudiaba francés, inglés, sabía de contabilidad, era un hombre muy inquieto, culto”, recuerda su entonces esposa, Teresa Isaza, quien hoy tiene 70 años.

Durante las mismas tres décadas, la enfermera Sandra Beltrán, que en noviembre de 1985 tenía 20 años, buscó hasta el cansancio a su hermano Bernardo Beltrán. Había trabajado durante los mismos dos meses que Echeverry en el Palacio, pero como mesero de la cafetería, tras terminar sus prácticas en el Hotel Hilton de Bogotá. “Nacimos en un hogar de gente trabajadora. La relación fue bonita, pero muy corta”, reflexiona. El 6 de noviembre, lo vio despedirse con el brazo alzado en el aire y una sonrisa. Recuerda que se fue bien desayunado después de terminar su rutina de ejercicio.

Ese día, hace 41 años, un comando de la guerrilla del M-19 entró al Palacio de Justicia a las 11.30 con el fin de tomarse las altas cortes y someter al entonces presidente, Belisario Betancur, a un juicio político por haber incumplido los acuerdos de paz que había firmado con la guerrilla en Corinto, Cauca. Las fuerzas armadas respondieron al secuestro con la intromisión de tanques del ejército y armas de fuego en un operativo casi bélico, que se extendió hasta el 7 de noviembre y que dejó el Palacio en cenizas.

El saldo fue de 11 desaparecidos y casi un centenar de muertos entre magistrados, guerrilleros, visitantes ocasionales, auxiliares de la justicia y personal de la cafetería. La familia Echeverry recibió, sumida en el dolor de la pérdida, los supuestos restos del magistrado, que enterraron en la capital caldense. Sandra Beltrán no recibió ni la sombra de Bernardo, al igual que la mayoría de familiares del personal de la cafetería, que fueron tachados por el ejército de ser colaboradores de la guerrilla.

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