Cada 10 de agosto Ecuador recuerda una de las fechas más poderosas de su historia: el levantamiento de Quito de 1809, tradicionalmente denominado Primer Grito de Independencia. Pero existe un detalle que desafía la versión aprendida durante generaciones: los revolucionarios no proclamaron la separación de España y reconocieron a Fernando VII como monarca legítimo. Entonces, ¿qué se celebra realmente y por qué aquel episodio convirtió a Quito en símbolo del proceso emancipador?
La respuesta exige separar el mito de la trascendencia histórica. El 10 de agosto de 1809 no nació Ecuador como República ni se declaró formalmente la independencia, pero comenzó una transformación política que terminaría conduciendo hacia la ruptura con el dominio español.
En el camino quedarían otros acontecimientos fundamentales: el Estado de Quito de 1811-1812, la Independencia de Guayaquil del 9 de octubre de 1820 y la Batalla de Pichincha del 24 de mayo de 1822.
¿Qué se celebra el 10 de Agosto en Ecuador?
La fecha recuerda la Revolución de Quito, cuando un grupo de criollos desplazó a las autoridades de la Presidencia o Real Audiencia de Quito y constituyó una Junta de Gobierno.
El movimiento había sido preparado por intelectuales, aristócratas y dirigentes quiteños que cuestionaban el orden político existente.
La noche del 9 de agosto, una reunión realizada en la casa de Manuela Cañizares, cerca de El Sagrario, terminó convirtiéndose en uno de los momentos decisivos de la conspiración.
Horas después llegó la ruptura.
El presidente Manuel Urriés, conde Ruiz de Castilla, fue apartado del poder y sustituido por una Junta encabezada por Juan Pío Montúfar, como presidente, y José Cuero y Caicedo, como vicepresidente.
Juan de Dios Morales asumió responsabilidades relacionadas con Negocios Extranjeros y Guerra; Manuel Rodríguez de Quiroga, las de Gracia y Justicia; y Juan Larrea, Hacienda.
Por primera vez, los protagonistas del movimiento asumían directamente el gobierno del territorio.
El gran mito: ¿Quito declaró su independencia de España?
No.
Y este es probablemente el dato que más sorprende cuando se revisa el 10 de agosto de 1809 desde los documentos históricos y no únicamente desde la tradición cívica.
La Junta no proclamó una República independiente.
Por el contrario, declaró que gobernaría provisionalmente en nombre del rey español Fernando VII.
El monarca se encontraba fuera del poder después de la invasión napoleónica de España y de la crisis de la monarquía española.
Napoleón Bonaparte había colocado a su hermano José Bonaparte en el trono, provocando una crisis política que atravesó el Atlántico y llegó a los territorios americanos.
¿Por qué rebelarse contra España y defender al mismo tiempo a su rey?
Esa aparente contradicción es fundamental para comprender lo sucedido.
Los revolucionarios quiteños defendían la legitimidad de Fernando VII, pero al mismo tiempo reivindicaban el derecho de los habitantes del territorio a organizar su propio gobierno ante la ausencia del monarca.
El movimiento tenía, por tanto, un fuerte componente autonomista.
Los criollos —descendientes de españoles nacidos en América— buscaban asumir espacios de poder tradicionalmente controlados por funcionarios peninsulares.
Aquello podía no ser todavía una declaración de independencia, pero para las autoridades realistas representaba un precedente extremadamente peligroso.
Si Quito podía formar su propio gobierno, otros territorios podían intentar lo mismo.
La reacción española fue implacable
La experiencia de la Junta fue breve.
Las autoridades realistas reaccionaron y comenzaron a movilizar fuerzas desde diferentes puntos para recuperar el control de Quito.
Guayaquil, Popayán y Pasto estuvieron entre los territorios desde donde se organizaron acciones contra los revolucionarios.
El movimiento tampoco consiguió el respaldo regional que necesitaba para sobrevivir.
La Junta terminó derrotada y varios de sus protagonistas fueron encarcelados.
Pero el intento de terminar con la revolución tendría una consecuencia todavía más sangrienta.
Del 10 de Agosto a la masacre de los próceres
Menos de un año después, el 2 de agosto de 1810, Quito vivió una jornada de violencia que quedó marcada en su historia.
Un intento por liberar a los dirigentes revolucionarios encarcelados provocó la reacción de las tropas realistas.
Varios de los protagonistas del movimiento de 1809 fueron asesinados y la violencia se extendió por las calles de la ciudad.
La represión buscaba acabar con la rebelión.
Sin embargo, terminó fortaleciendo su significado político.
La Revolución Quiteña había fracasado militarmente, pero las ideas que había puesto en circulación ya eran mucho más difíciles de eliminar.
¿Por qué Quito es llamada “Luz de América”?
La tradición histórica terminó asociando la Revolución del 10 de Agosto con el calificativo de “Quito, Luz de América”, por su papel como uno de los focos tempranos de transformación política en la América española.
Pero también aquí es necesario introducir un matiz.
Quito no protagonizó la primera independencia del continente: Haití había alcanzado su independencia en 1804, cinco años antes del levantamiento quiteño.
La importancia de Quito se encuentra principalmente en el contexto de las revoluciones políticas que comenzaron a extenderse por la América española durante la crisis de la monarquía.
Eugenio Espejo y las ideas que precedieron al 10 de Agosto
La Revolución Quiteña tampoco apareció de la nada.
Décadas antes habían comenzado a circular ideas ilustradas y cuestionamientos sobre la situación política, económica y social de la Audiencia de Quito.
Una figura fundamental fue Eugenio Espejo, médico, escritor, periodista y pensador ilustrado.
A través de espacios intelectuales como la Sociedad Patriótica de Amigos del País de Quito, Espejo y otros ilustrados promovieron discusiones sobre educación, economía, ciencia y los problemas que enfrentaba el territorio.
Aunque Espejo murió en 1795, esas ideas contribuyeron al ambiente intelectual en el que años después actuarían varios protagonistas del movimiento revolucionario.
José Cuero y Caicedo, una figura clave que suele quedar en segundo plano
Entre los personajes cuya participación suele recibir menor atención está José Cuero y Caicedo.
El religioso y político ocupó la vicepresidencia de la Junta de 1809 y posteriormente tendría una participación todavía más relevante en el proceso político quiteño.
Su presencia demuestra que la revolución no estuvo protagonizada exclusivamente por militares o aristócratas. Sectores de la Iglesia, intelectuales y miembros de las élites criollas también participaron en las discusiones sobre autonomía y gobierno.
Entonces, ¿fue o no el Primer Grito de Independencia?
Depende de qué se entienda por independencia.
Si se busca una declaración formal de ruptura con España, el 10 de agosto de 1809 no lo fue.
Los propios revolucionarios reconocieron a Fernando VII.
Pero si se analiza como el comienzo de un proceso político que cuestionó quién tenía derecho a ejercer el poder, su trascendencia resulta indiscutible.
Los criollos de Quito destituyeron a la máxima autoridad colonial, organizaron una Junta y asumieron funciones de gobierno.
Ese paso alteró las reglas políticas.
Del 10 de agosto de 1809 al 24 de mayo de 1822
La independencia no llegó en un solo día.
Fue un proceso largo, marcado por avances, derrotas, ejecuciones, nuevas revoluciones y enfrentamientos militares.
El levantamiento de 1809 fue seguido por nuevos intentos políticos en Quito. Después llegó la Independencia de Guayaquil en 1820 y finalmente la victoria independentista en la Batalla de Pichincha de 1822.
Casi 13 años separaron el 10 de agosto de 1809 del 24 de mayo de 1822.
Por eso, detrás de la celebración existe una historia mucho más compleja que la denominación tradicional de “Primer Grito de Independencia”.
El 10 de Agosto en Ecuador no conmemora el día en que nació formalmente un país independiente. Recuerda el momento en que Quito desafió el orden político establecido, formó un gobierno propio y abrió una grieta que, con el paso de los años, terminaría convirtiéndose en ruptura.
Ese es quizá el verdadero poder histórico de la fecha. Fin
