Chile desbordó hacia el lado bueno del Río. Algo completamente desacostumbrado en nuestra idiosincrasia. Estábamos acostumbrados a que fueran las chimbas las que se mojarán con la crecida, pero esta vez, el curso de las aguas quiso otra cosa y ahí está, mojándolos a todos.

Tanto así, que las autoridades demoraron menos de 12 horas de conflicto para abdicar en sus responsabilidades y demostrar, de paso, todas sus incapacidades de cuna llamando a los militares para tomar el mando.

Los medios, fascinados con tener por fin una noticia de verdad, se relamían con el rumor que todos dábamos por descontado: junto con la excepción vendrá la regla, es decir, el toque de queda.

Al igual cómo un programa especial de Año Nuevo se especuló, debatió, entrevistaron expertos, voz populi callejero esperando las 22:00. Para ver cómo este día de la purga comenzaba en la capital de lo que fue nuestra república.

Sin embargo, detrás de las columnas de humo de las barricadas mal hechas se erguían como uniformes cactus del desierto la comunidad. Los democráticos, los violentos, los jóvenes, los viejos. Erguidos y sin miedo.

Hay algo que se apareció de pronto en el pueblo de Chile en estos últimos dos días, sutil y algo impávido como desperezándose. Amanecía al atardecer del sábado 19 de octubre un enorme cartel que ondeaba no solo en la calle sino también en las discusiones y posiciones de las personas por todo el país.

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