La conversación pública sobre la economía ecuatoriana suele moverse en extremos: o se la narra desde una angustia fiscal casi permanente o desde la esperanza de que “un buen ciclo” llegue a equilibrar lo que más de una década de déficit dejó profundamente alterado.
En medio de esa tensión, el análisis del presidente del Círculo de Economía de Guayaquil, Larry Yumibanda, introduce un matiz clave: el mayor acierto económico de los últimos dos años ha sido la puesta en vigencia del acuerdo comercial con China. No es una afirmación menor. Tampoco es un gesto meramente diplomático. Es, más bien, una radiografía de las necesidades estructurales del país.
Para Yumibanda, activar los acuerdos comerciales—especialmente el suscrito con China—representa la decisión estratégica más relevante que ha tomado el Ecuador en este ciclo político. “Lo más importante que ha hecho este año”, dice sin rodeos.
Su afirmación, lejos de ser una consigna, es un recordatorio de que el país necesita insertarse en cadenas globales de demanda, inversión y financiamiento para no seguir dependiendo únicamente del petróleo, el FMI o los vaivenes internos. China, en ese sentido, aparece no solo como un socio comercial, sino como un actor dispuesto a sostener un tipo de relación que Ecuador requiere con urgencia: financiamiento estable, apertura de mercados y cooperación en infraestructura crítica.

Hoy, Ecuador enfrenta un déficit crónico, la presión fiscal es demasiado alta y en este contexto, la opción de diversificar fuentes de financiamiento deja de ser una alternativa ideológica para convertirse en una necesidad de supervivencia macroeconómica. Yuminanda lo formula de manera clara: Ecuador necesitaba “un nuevo acreedor”, y ese puente se ha tendido con China.
El valor de esta relación no es únicamente financiero. La economía ecuatoriana necesita crecer para sostener sus compromisos y recuperar la capacidad de invertir en infraestructura, servicios públicos, seguridad energética y empleo. Ninguno de esos objetivos puede alcanzarse sin inyección de recursos y sin condiciones que permitan dinamizar el aparato productivo. En esa ecuación, China no es un riesgo, como en ocasiones intentan presentarlo ciertos sectores, sino una oportunidad estratégica.
Hablar de cooperación China–Ecuador sin mencionar Coca Codo Sinclair sería ignorar el mayor ejemplo de articulación entre ambos países en materia de infraestructura estratégica, Coca Codo Sinclair se ha convertido en una de las columnas vertebrales del sistema eléctrico ecuatoriano. Su potencia instalada es vital para enfrentar los momentos de alta demanda y para sostener un sistema que, en crisis energéticas recientes, mostró fragilidades estructurales que no pueden negarse.
La central permitió reducir la dependencia inmediata de generación térmica costosa, ha aportado estabilidad al despacho nacional y continúa siendo el eje alrededor del cual se planifica buena parte de la arquitectura energética del país. Esta obra, financiada y construida con cooperación china, demuestra que la relación bilateral puede materializarse en proyectos capaces de transformar la infraestructura de un país.
En un momento en el que Ecuador discutía cómo enfrentar los estragos de los estiajes, fortalecer su matriz renovable y recuperar su capacidad de planificación energética, Coca Codo Sinclair fue una muestra de que las alianzas estratégicas construyen obras y condiciones de resiliencia. Y esa resiliencia, hoy, vale más que nunca.
La inversión china ha dejado de ser un fenómeno aislado para convertirse en un componente estructural de la política exterior económica del país. No se trata únicamente de financiamiento: es acceso a tecnología, a mercados, a infraestructura y a una visión de largo plazo que Ecuador ha tenido dificultades para sostener internamente.
Mientras el país busca recuperarse de la caída de ingresos petroleros, la desaceleración económica regional y la urgencia de renovar su infraestructura crítica, China sigue siendo un socio capaz de acompañar procesos de recuperación y expansión económica.
El mensaje de fondo es claro: Ecuador no puede darse el lujo de cerrar puertas cuando más necesita abrirlas. Y la relación con China, se consolida como una herramienta estratégica para enfrentar un presente complejo y preparar un futuro que exige estabilidad, inversión y visión de largo plazo. Fin
