El ecuatoriano anotó el gol agónico del Xeneize contra Defensa y Justicia.Celebró la hazaña con una dedicatoria a su hija y elogiando al público.»Sabía que venía al mejor club de Sudamérica y que en la cancha iba a vivir cosas así», declaró.
Cuando Enner Valencia caminó hacia la tarima para recibir su medalla de campeón, desde las tribunas de La Bombonera bajó un rugido unánime: «¡Negro, negro!». Es el sonido del reconocimiento absoluto, el bautismo definitivo para un jugador que llegó entre cuestionamientos y miradas de reojo y terminó tocado por una varita mágica.
Enner apenas suma cinco goles desde su llegada a Boca, pero cuatro de ellos ya le garantizaron un lugar eterno en el panteón de las épicas xeneizes. Si aquel inolvidable hat-trick para remontar la serie ante Racing había sido su carta de presentación, el destino le tenía guardado el capítulo más glorioso: el tanto del título de liga contra Defensa y Justicia en el último minuto de partido.

Valencia demostró tener la cualidad más codiciada y escasa en el fútbol: la de aparecer cuando las papas queman, la de ser el héroe destinado a cambiar la historia. El reloj marcaba el quinto minuto de adición y el empate ahogaba el grito de campeón en Brandsen 805. Fue entonces cuando la profecía del goleador se cumplió. Rodolfo Arruabarrena lo había mandado a la cancha a los 30′ del complemento con una instrucción: «El Vasco me dijo que trate de estar cerca de Miguel (Merentiel). Sabía que una iba a quedar y, por suerte, ocurrió», revelaría después, ya siendo rodeado de desconocidos que dentro del campo le agradecían por la inmensa alegría.
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