Reconstrucción de la remontada digital de un presidente sin celular que terminó liderando una guerrilla masiva de internautas.

“La gente me tiene harto. Janja [mi esposa] se levanta todos los días con un ‘va, hazte un selfi”. A punto de cumplir 81 años, Luiz Inácio Lula da Silva nunca había tenido celular y no terminaba de entender a la generación que vive con el dedo pegado a la pantalla. Pero su rival, Flávio Bolsonaro, llevaba meses hablando a Brasil con el teléfono en la mano y acababa de derrotarlo en la primera vuelta de las elecciones. El presidente le vio las orejas al lobo y apenas tres días después dio un paso simbólico pero decisivo para su victoria. “No me gusta. Pero hoy decidí hacerlo”, anunció el pasado 7 de octubre.

Usaron el celular de Janja. “Se lo pusimos en la mano y le enseñamos cómo apretar el botoncito para empezar a grabar, aunque tuvimos que ayudarle porque no podía hacerlo todo a la vez”, cuenta Pedro Rousseff, diputado electo de 26 años y uno de los impulsores de la campaña en redes que logró un cuarto mandato para el presidente de Brasil. Le explicaron hasta que tenía que mirar a la cámara. “Vamos, gente, a la calle”, dijo el presidente. Esa mañana del 7 de octubre, Lula cambió su forma de hablar con los brasileños para siempre.

Menos de tres semanas después, Lula se convirtió en el primer candidato que pierde la primera vuelta y gana la elección en Brasil, con el 51,7% de los votos frente al 48,2% de Flávio.

Entre aquel primer selfiy la victoria del 25 de octubre hubo una sacudida, una reunión con jóvenes diputados, un canal de WhatsApp que pasó de 53.000 a 10,5 millones de seguidores, manifestaciones históricas, un pulso con el tribunal electoral, con Meta —a quien la justicia obligó a tratar las publicaciones de ambos candidatos por igual— y cientos de clubes de fans de Taylor Swift y BTS haciendo campaña.

Todos los que vivieron esa campaña desde dentro coinciden en algo: si Lula no hubiese perdido la primera vuelta, nunca habría ganado la segunda. “Si hubiéramos llegado dos puntos por delante en vez de dos por detrás, esto no habría pasado. Fue un susto”, resume una de las figuras de esta estrategia digital que prefiere mantenerse en el anonimato.

El equipo de Lula no estaba preparado para ese golpe. En los días siguientes, cada publicación de Flávio sumaba de media 448.000 interacciones, mientras que las de Lula se quedaban en 102.000, según la consultora Bites. Ni siquiera las redes del presidente tenían un mando único, cada una la llevaba un equipo distinto. “El único lugar donde la izquierda perdió fue en las redes”, diría días después Ana Elisa Santos, de 21 años, la diputada más joven del país.

Para muchos de los diputados jóvenes e influencers que entrarían en la campaña, el problema no era Lula sino una vieja guardia del Partido de los Trabajadores, mayoritariamente paulista, que durante años les había cerrado la puerta. “La izquierda trató durante mucho tiempo la comunicación digital como una extensión de la comunicación institucional”, dice Bianca Borges, presidenta de la Unión Nacional de Estudiantes (UNE), que coordinó la movilización estudiantil por todo el país tras la primera vuelta. “La extrema derecha entendió muy pronto que las redes no sirven solo para difundir información, sino para construir identidad, pertenencia y movilización”.

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