Subir a redes sociales la fotografía de una niña o un niño estrenando uniforme, celebrando un cumpleaños o disfrutando de unas vacaciones suele ser un gesto cotidiano que nace del cariño. En segundos aparecen las reacciones de familiares y amigos, pero pocas veces surge una pregunta previa. ¿La niña o el niño quería que ese contenido fuera publicado?
Esta práctica tiene un nombre. Se conoce como sharenting y describe la publicación que hacen los adultos de fotografías, videos o información de niñas, niños y adolescentes en entornos digitales. No se limita a madres y padres. Abuelos, tíos, hermanos mayores, tutores y cuidadores también pueden contribuir a construir una identidad digital de alguien que todavía no ha decidido qué quiere mostrar de sí mismo.

Para Karla Reyes, docente de la Escuela de Comunicación de la Universidad Internacional del Ecuador (UIDE), el problema no está necesariamente en compartir un recuerdo familiar, sino en comprender el alcance que puede adquirir una publicación. Un contenido enviado a un grupo privado no tiene la misma exposición que aquel disponible en un perfil abierto y accesible para personas desconocidas.
Esta diferencia también aparece en la regulación ecuatoriana. En enero de 2026, la Superintendencia de Protección de Datos Personales explicó que el entorno digital doméstico comprende espacios donde la información se comparte dentro de un círculo reducido de familiares, amigos o personas de confianza. Cuando los datos quedan disponibles para un número indeterminado de personas, la situación deja de tener el mismo carácter doméstico y debe analizarse según las circunstancias.
La legislación ecuatoriana también protege la imagen y la intimidad de niñas, niños y adolescentes. El Código de la Niñez y Adolescencia establece condiciones para la utilización pública de su imagen. En menores de 15 años interviene la autorización de su representante legal, siempre que su uso no perjudique sus derechos, mientras que desde los 15 años se requiere la autorización expresa del propio adolescente.
Sin embargo, contar con una autorización no significa que desaparezcan los posibles riesgos de una publicación. El contenido puede revelar mucho más de lo que parece. Un uniforme permite identificar una institución educativa, una ubicación puede mostrar dónde se encuentra una persona y determinados detalles de una rutina pueden ofrecer información sobre los lugares y horarios que frecuenta.
Los riesgos tampoco terminan cuando se elimina una publicación. Estudios sobre sharenting han advertido sobre posibles afectaciones relacionadas con la privacidad, el robo de identidad, el ciberacoso y la explotación de imágenes. Antes de compartir contenido puede resultar útil observarlo desde la perspectiva de alguien ajeno a la familia y preguntarse qué información podría obtener una persona desconocida a partir de él.
Existe además una consecuencia menos visible. A medida que las publicaciones se acumulan, también construyen una historia digital. Una fotografía de los primeros años de vida, un video de una rabieta o una situación que en su momento pareció graciosa pueden permanecer disponibles cuando esa persona llegue a la adolescencia o adultez. Lo que individualmente parecía un recuerdo termina formando parte de una identidad que comenzó a construirse antes de que pudiera decidir sobre ella.
Para Reyes, compartir recuerdos no tiene por qué desaparecer de la vida familiar, pero sí puede hacerse de manera más consciente. Revisar quién tendrá acceso a una publicación, evitar información que permita identificar lugares y rutinas y consultar a niñas, niños y adolescentes cuando tienen la capacidad de expresar su opinión son decisiones sencillas que ayudan a proteger su privacidad.
Los álbumes familiares siempre han existido. La diferencia es que antes permanecían principalmente dentro de casa y hoy el contenido puede llegar a personas que nunca conoceremos y permanecer disponible durante años. La responsabilidad digital también implica reconocer que la infancia pertenece primero a quien la vive. Antes de compartir una parte de su historia, vale la pena pensar qué recuerdos queremos mostrar nosotros y cuáles deberían quedar en sus manos para que algún día decidan si quieren contarlos.
Fuente: Universidad Internacional del Ecuador (UIDE)
