Cierra una trayectoria de 53 años de ejercicio periodístico con todos los gobiernos, porque esa es precisamente la esencia del periodismo.
Hace unos días escribí en X (antes Twitter) que el colapso de EXPRESO no se explica únicamente por los afanes antidemocráticos del Gobierno, sino por el acojonamiento del sector empresarial, que prefiere guardar silencio sobre los atropellos a los principios de la democracia y comprar indulgencias retirando la pauta de los medios independientes y colocándola en aquellas empresas mediáticas que el Gobierno ha comprado o cooptado.

A mi mensaje respondió un empresario quiteño con este comentario: “Yo dejé de leer Expreso hace más de un año, cuando los editorialistas estrella se dedicaron a hacer periodismo político de oposición, cero imparcialidad. Nada que ver con intervención del Gobierno. Mala estrategia del periódico, pensó que ponerse en la oposición le daba más ventas, ¿no?”.
Lo primero que pensé al leer este comentario fue: este señor no tiene idea de lo que es periodismo. Y se lo dije. Para él, criticar es hacer oposición, cuando la oposición es un ejercicio en el cual una persona o un grupo pretende tomar el poder. En el periodismo, la crítica se hace sin ese propósito: se critica o se disiente, dos verbos que, junto al de la tolerancia, son pilares básicos de cualquier sistema democrático con el fin de enriquecer el debate público.
En el comentario que le hice le mencioné el caso del Wall Street Journal, que, siendo un medio de derecha que no tiene el más mínimo interés en derrocar a Donald Trump, es profundamente crítico con el presidente de los EE. UU. También mencioné a The New York Times, considerado más de izquierda. ¿A qué demócrata se le puede ocurrir la peregrina idea de que el WSJ o el NYT le hacen oposición a Trump?
Terreno fértil para el poder de turno
Luego de responder, sin embargo, llegué a otra conclusión: en el razonamiento de este empresario se evidencia que mentes como la suya resultaron ser el terreno más fértil para la germinación y crecimiento de la doctrina de Rafael Correa, según la cual el periodista crítico, es decir el que hace su trabajo, es opositor y busca su derrocamiento: el viejo y manido recurso de los populistas del tercer mundo según el cual o estás con el poder o estás en contra de la patria. Correa lo repitió cientos de veces y, como se ve, sus palabras no cayeron en balde, sino en tierra fértil.
Pero, pasadas las horas, me asaltó un nuevo razonamiento, del que estoy convencido: el factor que terminó por aniquilar a EXPRESO es que varios empresarios como este no creen en la democracia. Dicen ser demócratas y defender los principios de la democracia cuando el caudillo de turno pone en riesgo sus bolsillos, y se pasan por el forro esos principios (entre los que está la libertad de expresión) cuando el caudillo es uno de los suyos. No son demócratas ni por asomo, porque en la democracia liberal tienen que competir para ser los mejores y el caudillo mercantilista, el que les gusta, es parte de su tribu y ayuda a sus negocios.
Este es el factor que, a más del hostigamiento del gobierno, terminó por aniquilar a EXPRESO. Empresarios que pautaban en el periódico, entre otras razones porque decían creer en la democracia liberal, que no existiría sin periodismo crítico, prefirieron comprar indulgencias del caudillo mercantilista y retiraron su pauta del diario. Algunos, incluso, precisamente para comprar más indulgencias, pasaron esas pautas a medios que han sido comprados por el Gobierno (con fondos reservados o quién sabe con qué otros recursos) para congraciarse con los dueños del poder.
Ellos saben, los supuestamente muy demócratas, que ayudando a capitalizar esos medios fraudulentos, cuyos ingresos Dios sabrá a dónde van, se ganarán las simpatías de las superintendencias y del Servicio de Rentas Internas. En otras palabras, sobornan con caché y sin pasar por el Código Penal.
Expreso cierra un capítulo
EXPRESO cierra hoy una trayectoria impecable de ejercicio periodístico en su edición impresa: ha sido crítico durante 53 años con todos los gobiernos porque esa es, precisamente, la esencia del periodismo. Muchos de esos gobiernos habrían querido verlo en su situación actual. El autoritarismo cleptocrático del correísmo habría estado feliz de llegar a este punto, pero su perversidad no alcanzó.
Ahora resulta que el autoritarismo cleptocrático del Nuevo Ecuador fue más eficiente y usó las más inverosímiles estrategias para su decapitación. Desde el deshonesto lanzamiento de acusaciones, sin prueba alguna, de evasión tributaria y lavado de activos, hasta la intervención de una Superintendencia de Compañías de bolsillo que, gracias a piruetas ilegales, llegó al no-va-más de la perversidad y bloqueó los pagos a los abogados que debían defenderlo del acoso; hasta la prohibición de la venta de un terreno que le habría dado, al menos, algo de oxígeno.
El Gobierno de Daniel Noboa no solo quiso ver silenciado a EXPRESO por ser un medio por donde circula el pensamiento crítico. Lo destruye porque sabe que, sin el periodismo que ejerce, no volverán a salir a la luz los negociados que ha destapado el periodismo que no está comprado. Sin un periodismo libre y auténtico, ahora el Gobierno no estaría sufriendo por casos de corrupción como Progen, o no habría temblado por el de Healthbird.
Y qué decir del caso Porsche, las ventas chuecas de tierras en la Península, el proyecto inmobiliario de su familia en Olón, la aparente evaporación de las deudas tributarias del grupo Noboa o incluso el asesinato de Mónika Silva, que su ministro estrella quiso, canallescamente, hacer pasar por un suicidio.
EXPRESO ha sido castigado por hacer su trabajo. Ese fue su gran pecado, pero también es su mayor legado.
Con información de Expreso
