En este momento, 17 de los 32 países de la región mantienen alguna clase de relación financiera con el organismo.
Tras cerca de dos décadas de alejamiento relativo derivado de las hondas heridas sociales que dejó el ciclo neoliberal que atravesó a la región entre las décadas de 1980 y 1990, así como de la llegada de gobiernos progresistas, el Fondo Monetario Internacional (FMI) ha reafirmado su presencia en los países de América Latina por medio de renovados programas de endeudamiento.

De acuerdo con un análisis elaborado por el académico argentino Martín Abeles para Tomorrow’s Affairs, ese regreso de la entidad, expresado en que 17 de los 32 países de la región mantienen una relación financiera con el FMI –el número podría subir a 19, si se cierran los acuerdos con Bolivia y Colombia–, no es fruto de una crisis generalizada, sino que responde a razones de orden económico estructural, así como a intereses geopolíticos de EE.UU.
Según su reconstrucción, el Fondo se expandió nuevamente en la región en dos fases bien diferenciadas: la primera tuvo lugar durante la pandemia, cuando 21 países de la región suscribieron acuerdos de financiación; la segunda tuvo lugar tras el inicio de la operación militar especial rusa en el marco del conflicto ucraniano. Entonces, 10 países firmaron 14 acuerdos adicionales.
Expansión y dependencia
En sus palabras, las naciones latinoamericanas y caribeñas reciben el 44 % del financiamiento total del FMI, aunque Argentina y Ecuador lideran con diferencia el rubro, al acumular en conjunto 68.000 millones de dólares de los 74.000 millones de dólares que destina esa institución para la región.
A ese respecto, Abeles puntualiza que «una proporción sorprendentemente grande de los países de América Latina y el Caribe sigue sujeta a algún tipo de condicionalidad del FMI, ya sea a través de programas activos, requisitos previos de los mecanismos de préstamos preventivos o una deuda pendiente significativa».
Esa situación, si bien no se ha expresado en términos de una crisis económica, sí ha derivado en lo que denomina como una situación de «estancamiento débil y dependiente», en razón de una relentización sostenida del crecimiento económico desde 2014. Solo en la última década, esta variable se ha mantenido por debajo del 2 %.
El endeudamiento externo
A ello se suma un alza significativa en los niveles de endeudamiento externo, lo que ha empujado a los países a adoptar políticas conservadoras para mantener la confianza de los inversionistas en el mercado.
México y Chile son ejemplo claro de esto: mantienen líneas de crédito flexible con el Fondo, disponibles solo para países políticamente muy estables y que, en la práctica, resultan todavía más restrictivas desde el punto de vista macroeconómico que los tradicionales paquetes del ente. No obstante, han pagado un precio por ello: no han tenido un desempeño económico sobresaliente en la última década.
En otro costado están las naciones que han optado por la así llamada «austeridad autoimpuesta»; es decir, que sin tener programas activos con el FMI, han adoptado su filosofía de disciplina fiscal y reducción del gasto público. Cuando esas medidas se han mostrado insuficientes, invariablemente el Fondo ha intervenido.
El papel de la geopolítica
Albares llama a recordar que las prioridades de préstamo de la entidad financiera internacional han estado condicionadas a los intereses de los países que dominan sus estructuras de gobernanza, especialmente de EE.UU.
Así, en el presente, cuando el control sobre América Latina y el Caribe ha sido definido como una prioridad estratégica de Washington, no es casual que se produzcan movimientos en el ámbito financiero que se compadezcan con esa directriz de política exterior.
Un ejemplo de ello sería Venezuela, que tras ser bombardeada en enero pasado por tropas estadounidenses en una acción que terminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro, sus autoridades han anunciado conversaciones con el FMI destinadas a recuperar el acceso sobre sus derechos especiales de giro, un activo de reserva de esa institución, en aras de atender a las víctimas del doblete sísmico que sacudió el centronorte del país en junio pasado.
Otro indicio en esa dirección lo representa el Escudo de las Américas, toda vez que los países que hacen parte de la coalición militar impulsada por la Casa Blanca con la finalidad declarada de luchar contra los cárteles y otras entidades del crimen organizado, también mantienen nexos de algún tipo con el Fondo.
En ese contexto, el analista se preguntó si «la intervención del FMI es simplemente una respuesta técnica a las fragilidades macroeconómicas» o, por lo contrario, la región está entrando «en una nueva fase en la que la dependencia financiera y la alineación geopolítica se entrelazan cada vez más».
Sin ofrecer una respuesta definitiva, su valoración concluye en que se trata de «una pregunta relevante», toda vez que «los minerales estratégicos, los recursos energéticos, los corredores logísticos y la infraestructura esencial se han convertido en campos de batalla clave en un panorama geopolítico cada vez más fragmentado».
Con información de – RT
