La cumbre en Washington escenifica un vuelco en la relación de poder como consecuencia de errores propios de Estados Unidos.

Desde la escalerilla misma del avión, toda la puesta en escena de la visita de Estado de Xi Jinping a Estados Unidos se ha convertido en un reto semiótico global. Cada gesto y cada palabra del presidente chino y de su anfitrión, Donald Trump, son interpretados en términos de la relación de poder entre las dos grandes superpotencias del siglo XXI. Las conclusiones no son buenas para Trump.

El presidente estadounidense esperó a Xi el miércoles por la noche en la pista de aterrizaje de una base militar, en un gesto muy poco habitual de la diplomacia de Washington y que dejó claro desde el primer minuto que el líder chino no es un dirigente extranjero más, sino un actor cuyas decisiones pueden alterar la trayectoria de cualquier conflicto. Es la clase de recepción que Trump reservó también para Vladímir Putin en Alaska. 

EE UU tiene un presidente que profesa admiración a los hombres con poder absoluto. Resulta coherente con esa aspiración que durante la visita de Estado hubiera tres grandes medios de comunicación norteamericanos vetados en la Casa Blanca, por capricho de Trump.

En sus primeras horas en Washington, Xi dijo esperar una “cooperación sincera” entre los dos países y una competencia “sana”. Trump habló de “una relación comercial más equilibrada”. Este ha sido el principal foco de tensión entre los dos países desde que China plantó cara a los aranceles caprichosos de Trump y desnudó su debilidad.

La escalada se resolvió con una tregua que caduca en noviembre. Se espera de la visita una extensión de ese respiro, que es bienvenido. El mundo no necesita otro shock económico más. La supervivencia política de Trump ahora mismo depende del precio de los carburantes, que dependen de la situación en Irán, que depende en buena parte de los movimientos de China. Esta debilidad es, además, autoinfligida.

Es una mala noticia que no se vislumbre ningún diálogo sustancial alrededor de la inteligencia artificial, donde se multiplican los riesgos. Trump lo ve como una competición existencial y China no va a dar el primer paso de una regulación. En esta carrera llena de recelos mutuos, EE UU es el que da la impresión de temer a China, no al revés.

No hay agenda a priori sobre el control de armas o una arquitectura de paz internacional. Trump ha debilitado también las alianzas tradicionales de EE UU en Asia-Pacífico, para satisfacción de Xi. Taiwán ya no figura en los discursos de Washington y en cualquier momento puede estar en el menú de la cena de gala. La cumbre se presenta así como una réplica de la celebrada en Pekín el pasado mayo: una escenificación de deshielo y cortesía, pero sin contenido que permita al mundo intuir con qué reglas se van a comportar estas dos superpotencias en los próximos años.

Desde la vuelta de Trump, todos los gestos internacionales, incluido el de esta semana, han apuntalado la idea de que China habla a EE UU en condiciones de igualdad. Xi no ha cedido ni un milímetro en cuestiones comerciales o geopolíticas, mientras Trump evidencia una dependencia cada vez mayor de la neutralidad de Pekín, a la que ya no se puede permitir incomodar de ninguna manera.

El aforismo “habla suave y lleva un palo grande” inspiró la doctrina diplomática de Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. La frase se suele citar como una forma de comportarse ganadora en el largo plazo. Un siglo después, esa diplomacia la dirige un charlatán que deja en evidencia los límites de su poder cada vez que actúa, como en Irán o en la guerra arancelaria. El que habla suave y lleva un palo grande, cada vez más, es el presidente de China.

Fuente: Editorial El País


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