Hemos dado el paso de querer que los animales entiendan lenguaje humano, a querer entender cómo se comunican entre ellos, ¿Estamos dispuestos a escuchar lo que tengan que decir?

Comunicarnos con las otras especies de forma precisa es el sueño de muchas personas desde que empezamos a mirar al resto de compañeros de planeta con curiosidad científica. Darwin defendió que el lenguaje era “mitad arte, mitad instinto” y que el uso de sonidos organizados para expresar sentimientos y ser comprendido por otros no era una actividad de uso exclusivamente humano. Entender a los otros animales fue una de las prioridades de la ciencia el siglo pasado. Sin embargo, estos estudios pretendían enseñar el lenguaje humano a delfines, loros, ratones, perros, chimpancés o gorilas.

Lou Herman en 1984 enseñó a los delfines Akeakami y Phoenix un sistema gramatical complejo; Allan y Beatrix Gardner de la Universidad de Nevada enseñaron a Washoe, un chimpancé hembra, lenguaje de signos. Irene Pepperberg, en la Universidad Brandeis, demostró al mundo que su loro africano, Alex, tenía una competencia lingüística equivalente a la de un infante de dos años y capacidades cognitivas equivalentes a las de uno de seis.

El primer error que cometimos al entender las capacidades lingüísticas de los otros animales es antropocéntrico: medir la destreza comunicativa de otras especies con un baremo humano. Aunque en todas estas investigaciones se consiguió estrechar la línea que nos separaba tanto en habilidades cognitivas como en capacidad comunicativa, en estos estudios se evaluaba cuál es la capacidad de otras especies para entendernos a nosotros.

Desde Earth Species Project, una ONG dedicada a estudiar cómo se comunican los animales desarrollando modelos de IA, explican que el reto ahora es otro: “En lugar de preguntarnos si los animales se comunican como los humanos, nos preguntamos cómo se comunican en sus propios términos”.

Para conseguirlo, han desarrollado el primer modelo lingüístico de audio del mundo, NatureLM-audio (código abierto), diseñado para sonidos de animales. Lo han entrenado con datos que abarcan desde el habla humana a la música y la bioacústica. Es su forma de contribuir, con tecnología, al campo de la lingüística animal. Holly Brewer, portavoz de Earth Species Project, asegura que “la IA permite procesar millones de vocalizaciones, identificar patrones, comparar señales entre contextos y conectar la comunicación con funciones conductuales y sociales a una escala antes imposible”.

Uno de los interrogantes es saber hasta qué punto conceptos como fonología, sintaxis o semántica se podrían aplicar a otras especies. “Hay más pruebas de que algunos animales combinan señales de forma estructurada y utilizan la comunicación de manera flexible según el contexto, la audiencia o las relaciones sociales”, explica Brewer.

Esto no quiere decir que tengamos ya la clave de su lenguaje. “Cuando la IA identifica patrones, lo primero que revela es la estructura, no el significado”, dice Brewer. “Podemos descubrir que ciertas señales ocurren de manera constante en contextos sociales, conductuales o ambientales, pero comprender qué se está transmitiendo requiere muchas más pruebas”, finaliza.

Uno de los estudios más recientes, en colaboración con la Universidad de León, se fijó en las cornejas negras que viven en esa zona de España y tienen un comportamiento más colaborativo. “Cartografíamos el repertorio vocal completo de esta población y descubrimos que alrededor del 60% de sus vocalizaciones son llamadas suaves y de baja amplitud que los humanos rara vez escuchamos”, explica Brewer. Los resultados aún son preliminares, pero estamos un paso más cerca de saber qué hay detrás de su característico graznido.

Uno de los principales obstáculos, explicaba el doctor Frans de Waal en su libro ¿Tenemos suficiente inteligencia como para saber cómo de inteligentes son los animales?, es que es “difícil evaluar estas capacidades si nunca se tiene acceso a los datos en bruto”. Se refiere a los sesgos de los cuidadores, que recogían y analizaban los datos sin que pudieran ser contrastados. Este sesgo se ataja con esta tecnología, que recoge, analiza y procesa grandes cantidades de datos sin cansarse y con más precisión.

También se puede estudiar la información que los investigadores descartaban porque no distinguían bien qué animal, en el caso de ballenas en libertad, estaba emitiendo ese sonido. “La IA no sustituye la interpretación científica. Ayuda a identificar patrones y generar hipótesis, pero los investigadores deben validar los hallazgos mediante observación, experimentación y colaboración interdisciplinar”, aclaran desde Earth Species Project. Jeff Sebo, profesor de la Universidad de Nueva York y doctor en filosofía, cree que aún se necesita mucha más investigación y traducciones que puedan predecir el comportamiento y pide más pruebas convergentes.

Esta disciplina puede enseñarnos cosas sobre nuestra propia comunicación. Sebo recuerda que también “la comunicación y señales humanas constituyen un proceso encarnado, multisensorial y en parte subconsciente”. Quizá nos ayude a entender por qué nos cuesta reconocernos como parte del reino animal. “Parte de la sociedad cree en el excepcionalismo humano: la idea de que somos independientes y superiores al resto de la naturaleza”, asegura Brewer. El reto es desafiar esa premisa para conseguir que tengamos una mejor relación con las otras especies.

A pesar de los avances científicos, tanto desde Earth Species Project como desde el Centro para la Protección Ambiental y Animal de la Universidad de Nueva York, piden precaución tanto si se consigue decodificar la comunicación de forma exitosa como si malinterpretamos sus resultados. En el primer caso, es un arma de doble filo, dice Sebo: “útil para ayudarlos, pero también para interferir”. Y si la decodificación no es fiable, continúa, “podría dar una falsa confianza sobre lo que los animales piensan, sienten o intentan hacer, que llevaría a tomar malas decisiones sobre cómo tratarlos”.

La comunicación es, de forma simple, la transmisión de información. Podríamos poner en peligro a millones de animales si se consiguen avances que se popularicen y no se regulen las tecnologías que nazcan de aquí, como una app que traduzca en tiempo real lo que dicen los animales en época de cría. Sebo, experto en ética animal, no duda: “Estas prácticas pueden transmitirse culturalmente y ser esenciales para la supervivencia, como el apareamiento, la crianza, la búsqueda de alimento y la migración.

El riesgo es que alteremos sus culturas y debilitemos las capacidades que les permiten sobrevivir”. Las líneas rojas están trazadas: no a la investigación invasiva, no a la intervención perjudicial de forma individual o en comunidades, y no al uso comercial que provoque más manipulación y explotación. “Si comprender su comunicación otorga a los humanos más poder sobre otras especies, habremos fracasado en nuestra misión”, concluye Brewer.

Con información de EL PAÍS

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