Este es el relato de una isla caribeña de 156.000 habitantes que ha encontrado en el balompié un motivo más de alegría. Se ha convertido en el país más pequeño en jugar un Mundial

El ritmo, la cadencia hipnotizan. El sol vespertino ayuda: las escamas que saltan de la piel de los animales forman una ventisca plateada y estival. Tres muchachos alimentan el más suave de los mecanismos, pescado, cuchillo, vísceras, ¡chop, chop! El día se afloja en el muelle y Curazao, esta pequeña isla árida frente a la costa norte de Venezuela, parte de las viejas Antillas holandesas, se eleva ahora mismo como una de las mejores ideas concebidas desde el Big Bang; a ratos, parecerá también lo contrario, un parque temático del Caribe para europeos y estadounidenses. Pero no ahora, reino del bienestar corporal, refugio del sosiego, alma del mundo lento. Vísceras, escamas, agua salada, sol lechoso, ritmo, ritmo, ritmo.

Un joven juega al fútbol en la ciudad de Barber.Chelo Camacho

De los tres muchachos, el más grandullón trabaja con las piernas metidas en el mar, transparente como en los cuentos, pese al caldillo de hígados, gónadas e intestinos que chorrea de los peces. “Desde que soy pequeño me gusta pescar. También hago carpintería, pero lo que más me gusta es esto”, dice. A sus 25 años, Ango Beers es una paradoja de escala planetaria. Mientras el mundo acelera y ambiciona, él juguetea con la luz y el cuchillo. Pudo estudiar en Róterdam o La Haya, como tantos de sus compatriotas, pero se quedó con los peces, sus amigos y los atardeceres. Y el fútbol, su otra pasión. “Este año somos de los mejores del torneo. La semana pasada ganamos 3-1”, dice, feliz.

Beers juega de defensa central en el Willemstad CF, uno de los 10 equipos de la primera división isleña, también uno de los más antiguos —87 años—, parte de un ecosistema sorprendentemente rico. Curazao, que este verano mandará por primera vez a su selección de fútbol al Mundial, tiene 30 equipos entre sus tres divisiones, uno por cada 5.000 habitantes, uno por cada 15 kilómetros cuadrados. En eterna competencia con el béisbol, el fútbol se reivindica al calor de la gran cita global. Todo son récords: la selección del país más pequeño en ir a una Copa del Mundo, el debut más disparejo de los mundiales (Curazao empieza contra Alemania), la clasificación más agónica de la historia de la región…

Todos en el Willemstad se acuerdan del ya célebre martes 18 de noviembre del año pasado, cuando la selección, algo mermada sin su gran estrella, Tahith Chong, del Sheffield United, se jugaba su entrada en la historia. Era una oportunidad inmejorable. Su federación, la Concacaf, contaba, cosa rara, con seis cupos para un mundial ampliado, de 36 a 48 equipos. Descontados los de México, Estados Unidos y Canadá, organizadores, el Caribe y Centroamérica pelearían por los otros tres. Había huesos en el camino y su rival, Jamaica, era uno de ellos. Curazao tenía una misión: no perder.

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