Ganó Boric y no lo hizo vendiendo pomadas, metarrelatos ni discursos utópicos. Ganó siendo auténtico, reconociendo errores y ejercitando la humildad: “Hay cosas que son indiscutibles, pero pienso que la izquierda ha dudado muy poco y es uno de los motivos por los que terminan yéndose a la mierda los procesos. Hay que ser crítico, es fundamental".

Dicen que el pinochetismo murió dos veces en una semana, no estoy seguro. Ganó Boric, sobrado, sacándole más de once puntos de diferencia a Kast, una cifra contundente a prueba de almagrismos. ¡Más de 4 millones y medio de votos, weón! Los analistas del lunes -día en que todos son más listos- sugieren que la “alta” participación electoral (55,6% del padrón) benefició a Gabriel, es probable. La verdad es que fue emocionante observar por la tele a oleadas de cabros acudiendo a sufragar –aún con el anticuado papel y pluma- para impedir el ascenso a La Moneda de un facho que encontraba antipático hablar de cambio climático, feminismo o justicia intergeneracional. Todo un dinosaurio. La elección se ganó con autoridad, es cierto, pero sería un error subestimar los apoyos conseguidos por el Bolsonarito de Santiago, convertido ya en el candidato derrotado con más votos de la historia de Chile (44.1% = 3’640.000 votos). Que el principal opositor político del presidente electo esté a la derecha de Piñera y sea un pinochetista sin complejos, no es un tema baladí. 

¡Pero ganó Boric, cabrones! con sus 35 años, y eso es lo que importa ahora mismo. Importa porque su juventud le imprime nuevos y necesarios registros a la disputa política en la región. “Refrescar”, es el verbo que se conjuga alrededor de su triunfo. Importa porque Boric representa una izquierda renovada que no le tiene miedo a hablar distinto, que no cede a chantajes ideológicos –fuck the check lists– que han terminado por convertir el rótulo en un vulgar fetiche. El millenial encarna un proyecto auténtico, “con sabor a empanadas y vino tinto” pero del siglo XXI, con música de Los Prisioneros, con la polera de La Roja y un emoticon [] para representar –y problematizar- conceptos de calado como la “libertad (sí, la libertad) y los mundos que queremos conseguir”, lo que significa encarar con decisión los desafíos civilizatorios de la contemporaneidad. 

Importa porque ha ganado sin miedo a definirse “feminista, ecologista y regionalista”, ¡toda una declaración de intenciones! No solo eso, se comprometió a ampliar el papel del Estado hacia un modelo de bienestar que no discrimine entre ricos y pobres “igualando hacia arriba”, a subir impuestos a las grandes (y obscenas) fortunas, a reducir la jornada laboral de 40 horas, a invertir el 5% del PIB en proyectos sociales, a fomentar la cultura, la ciencia y tecnología, a cuidar integralmente la salud de los chilenos (incluyendo la salud mental) y a propiciar un amplio Diálogo Social para reformar, entre otras cosas, el cuestionado Sistema de Pensiones (bye bye AFPs). En resumen: una gran expansión de los derechos sociales sobre la base de un reconocimiento de las personas como sujetos políticos, no como objetos de políticas y compasión. 

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Importa también esta victoria porque nos permite tomar apuntes en la mitad del mundo. Quien diría que del primer laboratorio del neoliberalismo planetario se arrojasen pistas para la articulación de un bloque histórico de identidad plebeya. El estallido social de octubre de 2019 fue una de las claves. Ecuador también tuvo su octubre, pero con muy malos traductores. Lo que en Chile devino germen de un movimiento transformador que cristalizó en una fase constituyente- catapulta de la candidatura de Gabriel-, en Ecuador significó la profundización de una grieta que dejó en la orfandad de representantes políticos a un nutrido segmento de compatriotas. En el octubre chileno ganó la calle, en el octubre ecuatoriano fue Moreno quien se salió con la suya. Tampoco se entiende el triunfo de Lasso sin la dispersión del campo popular. Simplemente no habría Pandoris en Carondelet con un octubre victorioso. Por supuesto, no todo se puede comparar, la variable lawfare, por ejemplo,introduce en la coyuntura nacional elementos extraños para la política chilena. La brutal persecución que ha sufrido la principal fuerza política del país no ha tenido hasta ahora ningún gesto de solidaridad democrática de parte de los principales partidos políticos y liderazgos del progresismo. Fue la unidad sin mezquindades la que permitió a los chilenos celebrar el triunfo de la esperanza sobre el odio. Unidad programática construida desde abajo, construyendo tejido y con proyección de futuro; no unidad coyuntural decidida desde arriba, enumerando electores y con proyección “hasta que aguante”.

Ganó Boric y no lo hizo vendiendo pomadas, metarrelatos ni discursos utópicos. Ganó siendo auténtico, reconociendo errores y ejercitando la humildad: “Hay cosas que son indiscutibles, pero pienso que la izquierda ha dudado muy poco y es uno de los motivos por los que terminan yéndose a la mierda los procesos. Hay que ser crítico, es fundamental”. Ganó apostándole a un discurso transversal –los coleccionistas de estampitas de Stalin le dicen “reformista”, o sea que todo belén-, sin sectarismos ni sobreactuaciones. Ganó el panita que de pelado tuvo una banda que tocaba covers de Nirvana, Korn, el primer Blink… “Yo era vocalista… ¡un vocalista como el hoyo! Y me echaron sin avisarme. La clásica: llamé a la casa de uno de mis amigos y caché que estaban ensayando sin mí”. Ganó el combativo dirigente estudiantil, tan asiduo de los libros de Camus como de Dragon Ball Z, quien no dudó en comparar a su contendiente con Majin Boo: “Creo que a figuras como Kast hay que enfrentarlas en el terreno de las ideas. Para mí, lo mejor sería de forma no confrontacional, sino que a partir de ideas propias. Si no, creo que se entra en un debate permanente con él. Es como Majin Boo: Mientras más le pegas, más crece”. Más claro ganó siendo él mismo, poniéndole toda la cabeza, toda la perseverancia y toda la pasión a la lucha, practicando la coherencia como integrante de una generación distinta a la de sus padres. El domingo les habló a todos los chilenos y la cantó muy clara (no doy fe del saludo en mapuche, rapanui y aymara):

“Me siento heredero de una trayectoria histórica, quienes desde diferentes posiciones han buscado justicia, la defensa de derechos humanos y las libertades. Seré el presidente de todos los chilenos”

Nada está dicho aun, apenas se ha conseguido “lo más fácil”, el asalto del Palacio de Invierno… lo más difícil se viene ahora, la recogida de basura de la mañana siguiente. Pero es que las palabras también son una forma de intervención en la realidad, y lo que dibuja Boric es un horizonte que ilusiona mucho. Las condiciones son propicias para lograr una transformación cultural y subjetiva que no solo aguarde por el inminente recambio generacional. Si en octubre de 2019 se abrió una ventana para darle un nuevo significado político a los dolores cotidianos de la gente decente –la mayoría-, el triunfo del magallánico podría solidificar un nuevo sentido común donde la injusticia no vuelva a ser parte del paisaje. Quien sabe y en ese mismo Chile que parió el “no hay alternativa” y practicó el “sálvese quien pueda (o tenga)”, haya comenzado a gestarse una hegemonía alternativa para la región más desigual del planeta; un nuevo orden de cosas donde la dignidad se haga costumbre.

¡Tanto que aprender, mi paisito al revés…! Tenemos el deber de ponernos de acuerdo antes de que se nos vaya la ola: Colombia y Brasil ya se alistan para vencer (anótenlo), y también será hermoso.

Artículo firmado por Abraham Verduga Sánchez

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