Todavía lo veo como la figura más representativa de lo que siento por el fútbol. No sé si entiende. Dejame tratar de explicar. En México 86 yo tenía 12 años, y había jugado a la pelota con mis amigos en las plazas y en las canchitas del barrio toda mi vida. Incluso hay una foto mía de chiquito tratando de dar mis primeros pasos, y aparentemente lo primero que hice fue patear una pelota, jaja.

La última vez que escuché la voz de Diego fue a principios del año pasado, cuando yo había vuelto a Argentina después de haberme ido del Pachuca, el equipo que estaba dirigiendo en México.   

Cuando me sonó el teléfono y vi quién era, honestamente me sorprendió, porque no pensé que Diego tuviera el tiempo para hacer ese tipo de llamados en ese momento.   

O sea, sólo el hecho de ser Diego Maradona implicaba hacer un trabajo de 24 horas los 7 días de la semana, ¿no? Los hinchas y los periodistas lo siguieron a todas partes toda su vida. Debe haber sido agotador. Pero encima ahora estaba dirigiendo a Gimnasia, en la Primera División argentina.  

Así que aunque siempre supe que Diego tenía un gran corazón, de verdad pensaba que ya tenía suficiente de lo que ocuparse. 

Pero me equivoqué. De algún modo encontró el momento como para llamarme. Éramos muy cercanos, lo habíamos sido por un largo tiempo, pero no habíamos trabajado juntos en casi una década. Pero por supuesto, como siempre, con Diego nunca era sobre trabajo. Con él siempre fue algo personal.  

Me dijo, “¿Qué hacés, Martín, cómo estás? ¿Cómo está la familia? ¿Cuándo te venís a comer un asado?”

Y, bueno, así era Diego. Sabía que su presencia era importante para todos los que estuvieran cerca de él, y sólo quería mostrar que estaba presente y disponible para lo que necesitara. Siempre fue así, siempre cuidándote, preguntándote cómo estabas. Y siempre se aparecía cuando menos te lo esperabas.  

Pero una cosa que tenés que entender sobre Maradona es que no era así sólo conmigo. No, no. Diego era así con cada uno que de verdad le importara.  La manera en la que te hacía sentir… tenía una calidez especial que era increíble.  

Y es por eso que todavía no pude asimilar el hecho de que ya no esté.  

Pasaron tres meses desde que Diego nos dejó. Cuando escuché la noticia, inmediatamente le mandé un mensaje a un periodista amigo que sabía que era cercano a él. “¿Es verdad?”. Me respondió: “Sí…”. Y en ese momento, uno no… no puede creerlo. O sea… uno se acuerda la cantidad de veces que Diego estuvo en situaciones parecidas, en las que estaba en el hospital y se multiplicaban rumores sobre su muerte, y entonces pensaba: “No, no puede ser, solamente es lo que están diciendo. Probablemente no sea nada”. Y al final realmente no era nada. Maradona siempre se recupera. Maradona siempre sobrevive. Había pasado tantas veces. Entonces pensás Esta es sólo una más. 

Pero después la noticia sobre su recuperación nunca llega.  

Me agarró mucha ansiedad a medida que seguía esperando. Incluso le mandé un mensaje a Claudia, su ex mujer, para saber si era cierto. Dijo que sí. Y aún así no lo terminás de creer. Tu mente se rehúsa a aceptarlo. Para mí, Diego siempre iba a estar ahí. Estaba seguro de que iba a llegar a los 100 años.  

Y ahora, mientras los días siguen pasando, todavía tengo esa sensación de que no es cierto.  

Diego sigue ahí, más vale.  

Probablemente te lo cruces en algún momento. 

Sé que hablo por muchos argentinos cuando digo que todavía me cuesta imaginarme un mundo sin Maradona. Desde que era un chico él siempre había estado presente, siempre intocable. Cuando lo vi en el Mundial 86, me di cuenta de lo que significaba para el mundo, y de lo que significaba para nosotros. Diego cambió mi percepción de lo que era el fútbol.   

Todavía lo veo como la figura más representativa de lo que siento por el fútbol. No sé si entiende. Dejame tratar de explicar. En México 86 yo tenía 12 años, y había jugado a la pelota con mis amigos en las plazas y en las canchitas del barrio toda mi vida. Incluso hay una foto mía de chiquito tratando de dar mis primeros pasos, y aparentemente lo primero que hice fue patear una pelota, jaja. Pero siempre fui muy reservado. Con mi papá no hablaba mucho de fútbol, o de casi nada, la verdad. Yo volvía de un partido y él me preguntaba: “¿Y? ¿Cómo te fue?”.  

Y yo le decía: “Bien, ganamos 2-0”.  

Y él: “Bien. Metiste algún gol?” 

Y yo: “Ah, sí, hice uno”.

Y eso era todo. No es que entraba al living y me tiraba de rodillas gritando “¡¡¡GANAMOOOOS!!! ¡Y CON UN GOL MÍO!”. Me lo guardaba para mí mismo.  

Y sí, ojo, yo aun así sentía todas estas lindas emociones cuando jugaba al fútbol. Y cuando vi a Maradona en el 86, esas emociones se agrandaron. Viendo los partidos en el living de mi casa con mis padres y con mi hermano, vi a Diego llevar al fútbol a una dimensión que nunca había pensado que fuera posible. Los goles, la gloria, la pasión.El fútbol era eso. Cuando salimos a festejar el título en la calle, entendí que esta era la mayor expresión de satisfacción, de alegría, que el fútbol podía traer. Y el origen de toda esa emoción era Maradona.  

Artículo tomado de The Players Tribune – lea más

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