Personal médico de primera línea es señalado por el ministro de Salud

“Estos son mis principios. Si no le gustan tengo otros”

Groucho Marx

Decía Santo Tomás que la autoridad debe confiarse a quien excede en virtud e inteligencia y probidad sobre el común de los mortales. Un Gobierno digno de tal nombre y que respete a sus ciudadanos siempre reconoce y encumbra a quien sobresale entre los demás. Encumbrar lo que es de naturaleza cínica, hipócrita, mediocre e inferior es siempre una monstruosidad.

Hipocresía proviene de las voces griegas “hipo” que significa “por debajo”, y “krisnein” igual a “juzgar”. El hipócrita “juzga por debajo”: mientras proclama un principio ante los demás, en el subterráneo de su conciencia, niega aquello que proclama.

La Constitución en los artículos 83 y 226 manda en la responsabilidad de administrar honradamente y con apego irrestricto a la ley el patrimonio público y que los servidores públicos ejercerán solamente las competencias y facultades que les sean atribuidas en la Constitución y la ley:

“No solo un familiar, sino varios familiares”: el funcionario hipócrita engaña a los demás para obtener solo su propio beneficio, ventajero siempre se fija en su conveniencia y la de sus cercanos sin importarle las consecuencias y mucho menos los demás. Si hay apenas 4000 vacunas para el personal de salud de primera línea, solo se cambia de mandil, se pone uno de un hospital cinco estrellas y deja de ser funcionario público. Ya desdoblado, arma un operativo -pero con plata de los ecuatorianos- para vacunar a sus amigos pudientes y ya que está, también a sus familiares alojados en unas suites de lujo aquí en frente, nomás.

Código Orgánico Integral Penal: artículo 285. Tráfico de influencias:

Agarrado in fraganti expone ya sin disimulo el resto de sus “virtudes”. Es una persona falsa, mentirosa, embustera. Sí en un principio dijo que casi pasaba por ahí y por coincidencia vio una brigada de vacunación. Ahora admite que todo “obedece a un plan” (que no muestra), “que la lista es confidencial” (¿). Su cumplimiento frente a la Ley Orgánica de Transparencia y Acceso a la Información Pública es de cero sobre cien. Sin embargo, no para de hablar con su peculiar estilo discursivo entremezclando tópicos y deseos de imprecisa conexión. Un poco más y está casi a punto de decir: tranquilos, ya vamos a ir a vacunar a esos viejos pobres y los médicos y enfermeras de los hospitales públicos y del IESS. ¡Qué fastidio!

Luego del papelón el servidor público desaparece -como siempre- y parecería que esa Cartera de Estado no existiese (en la práctica todo su periodo ha sido así), pero sucede lo impensable. Entrevistada la Señora de la Secretaría de Comunicación -como experta taurina que es- le pica en el morrillo al moribundo funcionario para despertarlo y cuando el complaciente periodista le pregunta sobre las vacunas, en medio de una risotada dice: “no sé cuándo llegarán al Ecuador, yo estoy en Washington” jajaja, “el doctor tiene el 100% de apoyo del Presidente y todo el Gabinete”. Es la apología de la sinrazón. El muestrario de las hilachas de indignidad e inmoralidad que cuelgan en Carondelet por suerte por poco tiempo más.

El Código Orgánico de la Administración Pública regula el ejercicio de la función administrativa del sector público:

Otra lógica del hipócrita es la de ser narcisista. Resucitado y maquillado finalmente aparece, pero en video y con mandil esta vez del ministerio. Construye un relato fantasioso, histriónico sobre la vacunación, una imagen de grandiosidad, lo exagera y lo exhibe con el fin de ser  observado y aplaudido: “lo hice  en mi calidad de ministro, en mi calidad de doctor y en mi calidad de hijo” (le faltó lo de “científico”). Y anunció que “no saldrá por la puerta de atrás” porque el país lo necesita. El efecto es contrario: repugnante. “Si alguien desearía que dentro de este proceso hubiera dejado fuera a mi madre debo decirles que difiero”. De dignidad tampoco sabe. ¡Hágase un favor, difiera su cantinflada!

La ignorancia de la ley no exime a nadie de su cumplimiento:

“No soy político, no entiendo de política”: el funcionario construye un “yo social” que está divorciado de su “yo privado” el cual seguramente le angustia. En realidad por su medianía sufre de ignorancia política al asegurar que todos los políticos son sinvergüenzas. Está convencido que esa muletilla justifica que, como autoridad, se saltara la ley y le perdonen los abusos y su ineptitud. Bueno, aquí si lo hacen. Empezando por el Comité de Transparencia nombrado por el Presidente que obvio ya salieron a defender lo indefendible. Y unos pocos que por su mamita y amigos, también violarían la ley. La Fiscalía, Contraloría y la Asamblea: un misterio.

 La política y la salud: En salud pública lo primero que nos machacaban el Dr. Breilh y el Dr. Edmundo Granda (+) brillantes maestros pioneros de la epidemiologia crítica (más reconocidos afuera que aquí), que la Salud Pública es una disciplina política por excelencia por su campo de acción y su relación con los determinantes sociales, biológicos, económicos, laborales, culturales, ambientales. Ahí, con enormes presupuestos se debaten las desigualdades sociales, el acceso inequitativo a salud, la esperanza de vida, el dolor de las enfermedades, la lucha por curarse y hasta una muerte con dignidad: política pura y dura.

La autoridad en salud entonces, debe ser ejercida con transparencia, responsabilidad y ética por hombres y mujeres con dignidad, honestidad, con conocimiento de políticas públicas de salud y apegados a la ley y no por elitistas descarados, improvisados, inmunes ante la vergüenza,  ante las críticas y que cínicamente se vacunan primero en nombre de los médicos muertos en la pandemia.  Y que más que inmunes quedarán impunes.

Artículo firmado por Pablo Izquierdo Pinos

- Publicidad InText -